Viendo la Ciudad con los Ojos de Dios

En cualquier verdadera ciudad, caminamos. Pasamos rozando a la demás gente. La gente nos golpea. En la ciudad de Los Ángeles nadie te toca. Siempre estamos detrás de metal y vidrio. Yo creo que extrañamos tanto esos choques, que nos
golpeamos unos con otros solo para sentir algo diferente. — Detective Graham Waters (Don Cheadle), “Crash”

La película “Crash” (2004) es una herramienta muy buena para inspirarnos a dialogar acerca de la diversidad, las realidades dentro de las ciudades de los Estados Unidos y las luchas de sus habitantes. La descripción de Los Ángeles ha llegado a ser la norma estadounidense. Los habitantes de nuestras ciudades son resistentes a los golpes, y desesperadamente solitarios.

Los líderes eclesiásticos urbanos experimentan la ironía de sentirse solos en una existencia saturada. Navegamos en una civilización a la que le falta civilidad — multitudes de seres humanos, sin ninguna conexión unos con los otros. Vivir en una atmósfera tan llena de riesgos reclama su cuota en los ministros que tratan de aprender a ser “astutos como serpientes y sencillos como palomas”
(Mateo 10:16).

El peligro reside dentro de la sinapsis antes que los pensamientos se traduzcan en acción. El poder del Espíritu Santo se necesita constantemente para comprender el dolor, pero a la vez iniciar el bienestar, identifica una amenaza pero a la vez promoviendo la armonía, reconoce las prisas pero a la vez camina en paz. Yo no conozco ningún líder que haya recibido un llamado a la ciudad, que no quiera por instinto escapar de la locura. Al mismo tiempo, cada líder quiere de manera compulsiva descubrir la imagen divina de aquello en lo que Dios quiere que la ciudad se convierta.

Esta dualidad —- esta relación de amor-odio —- con las ciudades en las que servimos me hace recordar la confesión de Pablo por sus coterráneos en la que expresa el deseo de ser “anatema, separado de Cristo” si así pudiera salvar a su propio pueblo (Romanos 9:3-4).

Yo muchas veces me he visto poniéndome a mí mismo y a mi familia en el camino de sufrir daño por salvar a mi pueblo. Los riesgos han incluido mudarme al porche, enviar a mis hijos a la escuela pública y relacion-arme con personas a quienes me he propuesto alcanzar. Esto no es un experimento social. Esta es mi vida, y no tengo más que una oportunidad para vivirla.

Dios se ha mostrado de maneras muy maravillosas. Podría compartir historia tras historia de Su providencia, pero yo algunas veces experimento desafíos que parecen ser grietas en Su plan. Estos problemas me hacen pensar: ¿Vale la pena?

Hay una razón para que muchos se vayan de los áridos terrenos urbanas por lo que ellos consideran los pastos más verdes. No pasa un solo día en el que no sueñe en pastos más verdes, pero mis sueños incluyen que esos pastos se extiendan a la ciudad y pasen por alto las áreas peores.

Una Revelación Helada
El invierno pasado me encontré guiando mi automóvil en un día nevado por una de las partes más malas del Sur de Dallas.

Al ver a mi derredor, me asombré de ver lo hermoso que se veía la ciudad. La nieve cubría las sucias calles y los patios de las casas, y me dio un cuadro de la manera en cómo se vería la ciudad. Recordé las palabras de 1 Pedro 4:8 que dicen que “el amor cubrirá multitud de pecados”. Me causó un gran impacto ver que Dios nos permite ver fotos instantáneas de las gloriosas posibilidades si nosotros nos comprometemos a buscar aquellas áreas que más necesitan Su amor.

Si todo lo que comenzó en un jardín (Génesis 2:8) un día terminará en una ciudad (Apocalipsis 21:10), entonces, ¿cómo recapturamos la definición que Dios hace de una ciudad?

En uno de mis pasajes favoritos (Ezequiel 3:12-27), Ezequiel parece ser enviado en contra de su voluntad a una comunidad de refugiados, y Dios salva a Israel haciendo una obra de transformación en Ezquiel, así como a través de él.

Hacia la Ciudad
Si tú realmente deseas ver que Dios se mueva, ve a donde Él hace más falta. Tenemos qué encarnarnos en nuestra misión o enfrentar la alternativa de convertirnos en poseedores irrelevantes de artefactos religiosos.

Ezequiel fue levantado y transportado a algún lugar aunque hubiera preferido estar muerto antes que ir. El factor decisivo fue la mano de Dios sobre él (v. 14). Como Ezequiel, puede ser que a mí no me guste el lugar en el que estoy, pero si Dios está conmigo ¡puedo tener éxito!

No olvidemos que Aquel que nos llamó está en nosotros. Su mano pesa más mientras más cerca estamos de donde él nos quiere llevar.

En el Momento Preciso
Antes que Ezequiel pudiera hablar con los refugiados, Dios hizo que quedara “temporalmente mudo, y no pudiera reprenderlos” (v. 26).

Tu presencia — estar con aquellos a quienes sirves, en el momento preciso — será mejor que el mejor de los sermones. De hecho, tu presencia es el sermón más grande que jamás hayas predicado.

El Pastor Fred Lynch es el director de la misión urbana para la Conferencia River, y un pionero cristiano que fundó el grupo (PID, Predicadores Disfrazados, por sus siglas en inglés) en 1987.

Convertido en Atalaya
El trabajo de la iglesia no es ser policía de la cultura sino ser un testigo de la verdad de Dios en relación con la cultura. Dios nos eleva al punto en el que cuidamos las almas de las personas a quienes Él ama, no tenemos qué luchar para ser oídos porque Sus ovejas oirán su voz en las voces nuestras.

Al pasar el momento en la presencia del pueblo, Ezequiel recibió el oficio de un atalaya en una muralla (v. 16). Cuando tú eres levantado con un interés en la gente a la que has sido llamado, Dios te da la habilidad para ver cosas desde las perspectivas del cielo. Esta curiosa dinámica nos llega como una visión especial que nos permite ver cuando otros no lo pueden hacer.

Los atalayas no se limitan a observar. También comunican. Comparte lo que ves con aquellos que no pueden ver, a través de los ojos de Dios.

Experimentando Pérdida
¿Por qué no me puedo sacar la lotería y terminar con este pan de todos los días? Si yo ganara la lotería, no podría conectarme con las personas a las que Dios me envía porque ellos nunca la han ganado (aunque las estadísticas muestran que ellos la financian).

La ciudad está llena de unos pocos ganadores y demasiados perdedores.

Como sembrador de Iglesias urbanas, estoy bien familiarizado con las pérdidas. En ocasiones inclusive me he preguntado si he perdido la razón por lanzarme a aventura tan riesgosa. También estoy consciente de los dones más grandes de la poderosa mano de Dios (v. 14) y me dice en voz baja lo que Él va a hacer en la ciudad.

Dios quiere que tú experimentes una verdadera ciudad donde tú camines y toques a la gente que pasa, los que pasan chocan contigo y se tocan unos a otros. Inclusive puedes experimentar un choque y sentirlo

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