Un Brote de Santidad

Imagínate un “brote” de santidad. La Santidad brotando, estableciendo su residencia, y permeando en todas nuestras familias, comunidades, naciones y el mundo. Imagínate un descontrol, una infusión descontrolada de “santidad” que fuera una “amenaza” para toda alma viviente.

¿Eso sería algo Bueno?

De acuerdo con gran parte de la Biblia, esto sería una amenaza, porque Dios es absolutamente santo. A menudo Su santidad se considera asombrosa y peligrosa, particularmente a un mundo caído y pecaminoso. El constante llamado a los que habitan en los cielos es: “Santo, Santo, Santo es el Señor Todopoderoso” (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Este es el Dios quien es el único Creador, Rey y Señor de todo.

Puesto que solo Dios es absolutamente santo, los impíos deben tener cuidado. En gran parte de la historia bíblica, los pueblos y los lugares de hecho tenían qué ser protegidos en contra de la santidad de Dios, en contra de la exposición directa de la presencia de Dios. Cuando Dios aparecía, o incluso un mensajero de Dios, el pueblo temía por su vida. Cuando los líderes, como Moisés, pasaban tiempo en la presencia de Dios, sus rostros brillaban como si hubieran sido expuestos a algún tipo de radiación. Cuando el Arca del Pacto de Dios era trasladada de lugar en lugar, los que la cargaban tenían que seguir un protocolo apropiado para evitar el contacto letal. Cuando fue construido el Tabernáculo de Dios, y más tarde el Templo, el único lugar al que los seres humanos ordinarios no podían penetrar era el llamado Lugar Santísimo. Solo el sumo sacerdote podía entrar, y solo por un día, y solo de cierta manera. Por el contrario, entrar en el Lugar Santísimo era entrar a una muerte segura.

En la presencia de la santidad de Dios, las personas y las cosas impuras estaban en peligro. Por esta razón, la vida del pueblo de Dios era cuidadosamente guardada para prevenir “la muerte por santidad”. Todo un libro de la Biblia, el libro de Levítico, describe las muchas cosas que estaban fuera del límite y contaminaban a las personas que vivían con Dios en el centro de sus vidas. Había alimentos, lugares, situaciones, acciones, reacciones, prácticas y contramedidas que aplicar—cosas que evitar, cosas que observar, sacrificios que ofrecer, lugares a donde ir y lugares a donde huir—para estar seguros en la presencia de Dios quien era absolutamente santo. Sí, en gran parte de la historia bíblica, el gran temor era que el pueblo de Dios evitaba tal contaminación, podía decirse que participaban en la santidad de Dios.

Pero a medida que se desenvuelve la historia bíblica, leemos acerca de un hermoso giro en las respuestas de Dios a la falta de santidad del mundo. En Jesús, el Lugar Santísimo entreó en todos los lugares de contaminación. En Jesús, el absolutamente Santo se ha convertido en un “Extranjero Residente” en el mundo, e incluso se las ha arreglado para conseguir una “tarjeta de residente”.

Cuando fue el tiempo adecuado, Dios envió a Jesús a reclamar al mundo como un lugar santo, para renovar a los seres humanos como portadores de la imagen santa de Dios, y para restaurar la creación como una arena importante para que la belleza de la santidad estuviera en gloriosa exposición. En la predicación y enseñanza de Jesús, El reino eterno de Dios abrió sus puertas para que todos puedan entrar, aún los más quebrantados, contaminados, torcidos y arruinados. En el ministerio de Jesús, los pecados eran perdonados, el mal era desterrado, los cuerpos eran sanados, y los corazones eran expuestos al amor sacrificial del ser que podía transformar los seres humanos. En el ministerio de Jesús, la santidad siguió hacia la ofensa de actuar en contra de todo lo que contamina y para interponer las semillas de la vida santa en todas partes. En la misión que Jesús ha cumplido, el velo que separaba a un Dios santo del pueblo impío fue rasgado, y el amor que echa fuera el temor infectó al pueblo con un contagio santo. Por medio de su pueblo, Dios como extranjero residente “va al trabajo” día tras día. Por medio de Su pueblo — como tú y yo — la santidad ingresa y habita en el mercado.

Así que imagínalo: la invasión de la santidad, habitando e infectando todos los lugares, cada proceso, cada relación y cada persona; la santidad, como un contagio, se adhiere a, y penetra todo y a todos los que toca; la santidad esparciéndose como una enfermedad, o mejor dicho, como la cura para cualquier enfermedad que pueda haber allí.

Imagina la manera asombrosa, amorosa e incomparable como Jesús entra en cada lugar de trabajo. Imagina una pandemia de amabilidad, apertura, cuidado y compasión. Imagina la profunda pena por todo aquello que arruina o daña y el gozo sobre todo lo que sirve de ayuda u honra. Imagina “hacer a otros…” con compañeros de trabajo, con empleados y empleadores, y con hacedores de bienes/servicios y sus patrocinadores.

Imagina solo un portador del virus de la santida, que pudiera pensarse que es la única infectada sin remedio, descubriendo que un Gran Médico ha hecho arreglos para que otros portadores tambén pudieran ser lo que ella es. Imagina el contagio haciéndose viral de tal manera que las personas y las cosas comienzan a sanar.

¡Eso sería algo bueno!

El Obispo David Kendall es un presbítero ordenado en la Conferencia Great Plains quien fue elegido al oficio de obispo Metodista Libre en 2005. Es el autor de “God´´s Call to Be Like Jesus” (El Llamado a Ser como Jesús, fmchr.ch/godscalldk), y coautor de “The Female Pastor: Is There Room for She in Shepherd?” (La Mujer Pastora: ¿Hay Lugar para Ella en el Pastorado?)

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