Somos Todos Invitados a la (Misma) Mesa

Siendo una adulta joven y graduada recientemente de la Universidad, yo tenía muy poca experiencia con la comunidad intergeneracional de la iglesia, ya que en toda mi vida he vivido separada en mi grupo de edad. Comencé mi peregrinar de fe en el cuarto de cuna de la iglesia, aprendí acerca de Jesús en la iglesia infantil, fui discipulada en el grupo juvenil, y profundicé mi fe en la comunidad de mi colegio. Ha habido lugares en los que fui desafiada, donde mi voz fue bien recibida, donde mis preguntas fueron atendidas, y donde me sentí en comodidad practicando mi fe de una manera auténtica. Estos han sido casi exclusivamente los lugares en los que fui estimulada a conectarme, a involucrarme, y a liderar.

Hasta que me gradué de la Universidad y me instalé en una nueva ciudad cuando me di cuenta lo difícil y antinatural que era para mí conectarme y crecer en mi fe en un escenario multigeneracional. Comencé a asistir a una iglesia cuya congregación era predominantemente de mayor edad y me encontré inmediatamente, y más de manera desesperada, buscando en la zona un grupo de jóvenes adultos con los que me pudiera unir. Esto era para mí más importante que involucrarme en mi propia iglesia. Las únicas oportunidades que jamás tuve de crecer y liderar era en grupos de personas de mi misma edad, de modo que quería encontrar una comunidad de discipulado, asumí que debía parecerse a lo que siempre había conocido.

A las pocas semanas de asistir a mi nueva iglesia, fui invitada a ser parte de un grupo de escuela dominical. Yo era la persona más joven en ese grupo por al menos 35 años. Me sentí extremadamente fuera de lugar y no sentí ninguna comodidad para alzar mi voz en las discusiones del grupo, ni siquiera en orar en voz alta. La desconexión generacional era tan fuerte que me convertí en una observadora más que en una participante.

Yo no sabía realmente cómo escuchar las perspectivas de las generaciones mayores o compartir las mías con ellas. Yo no sabía cómo involucrarme de una manera auténtica con un punto de vista tan diferente. No sabía cómo hacer las preguntas oportunas a fin de conectar con mi grupo.

En cambio, soy una experta en el arte de sonreír y asentir siempre que alguna persona mayor comparte una perspectiva con la que no estoy de acuerdo, y reservo mi propia perspectiva para las personas de mi generación. Esto refleja una narrativa de cultura eclesiástica que a menudo prioriza preservar la paz por encima de la creación de espacio para una conversación seria.

No son solo los jóvenes los que son separados del resto de la iglesia. Con mucha frecuencia he observado iglesias con servicios específicamente diseñados para generaciones mayores. Ciertamente no es difícil tener grupos designados para edades o etapas específicas de la vida. Pero cuando los únicos espacios para aprender y liderar son separados de otras generaciones, les estamos haciendo a nuestras iglesias un muy flaco favor.

Existe una desconexión estructural dentro de tantas Iglesias que ha creado una cultura en la que las voces de todos son invitadas a la mesa; lo que pasa es que todos estamos sentados en mesas diferentes. Ahora más que nunca es el tiempo de cerrar esta grieta en la comunidad.

Necesitamos espacios intencionados para la conexión intergeneracional en nuestras iglesias. ¿Cuántas clases de escuela dominical o grupos pequeños son multigeneracionales? ¿Con cuánta frecuencia las iglesias les dan espacio a los niños y jóvenes para liderar a personas mayores que ellos? ¿Cómo pueden beneficiarse los jóvenes de programas de mentoría (especialmente en iglesias conectadas con universidades cristianas)? La comunidad intergeneracional no será la misma en cada iglesia, de modo que necesitamos ser creativos y darle a cada grupo de edad una voz y un lugar. Ser la iglesia requiere trabajo en equipo entre generaciones.

La comunidad y la conexión intergeneracional no es una norma en el cristianismo estadounidense. Cada generación ha sido formada por diferentes culturas, diferentes eventos mundiales, diferentes retos e influencias, y estas diferencias crean una separación natural. Para establecer un puente sobre esta grieta se requiere invitar a todos a la misma mesa, y alimentarlos con voces de todos los grupos de edad.

Mientras que hemos escuchado a muchos líderes eclesiásticos enfatizar la importancia de la comunidad multigeneracional, la verdad es que raras veces se practica. Si esto es una prioridad que afirmamos tener, necesitamos pensar en modos de implementarla. Practicar la diversidad que Dios creó no es cosa fácil. Se requerirá que nos enfrentemos con otras perspectivas, salir de nuestras zonas de comodidad, y hacer que crezca este modo de vida. ¿Estamos listos?

Natalie Forney es una recién graduada de la Universidad de Spring Arbor donde obtuvo el título de Bachiller en Artes en psicología y español. Ella asiste a la Iglesia Metodista Libre en Indianápolis donde estará impartiendo clases de inglés para ayudar a los inmigrantes en la comunidad local.

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