Sobreviviendo al Huracán y Sirviendo a la Isla

Puerto Rico es la “Isla del Encanto”. El territorio estadounidense fue transformado, de un paraíso tropical de vacaciones; destino de cruceros; de ser proveedor de café, caña de azúcar y bananos (plátanos), a una vasta tierra de campos desolados, sin vegetación, pero sembrada de árboles caídos, llena de hoteles y playas vacíos—todo en tan solo 48 horas y al paso del Huracán María. La tormenta, que se desarrolló casi sin advertencia después del Huracán Irma, rugiría a través del Caribe—dejando a su paso una devastación que no se había visto por casi una centuria.

Mi pequeño papel en esta historia comenzó una semana antes del rugido de la tormenta en Puerto Rico. Mi madrastra Carmen y otros miembros de la familia viven en el extremo sur de la isla, y estaban trabajando para recuperarse del Huracán Irma. Después de hablar con mi madrastra, hablé con mi esposa, y decidimos que sería buena idea que yo fuera por un par de semanas. Compré mi pasaje y me preparé para viajar el viernes 22.

Yo sabía que el Huracán se dirigía hacia la isla, pero también sabía que era de categoría 1 ó 2 en ese momento. Mi esposa y yo habíamos experimentado dos huracanes mientras vivíamos en Puerto Rico, y yo no estaba preocupado. Después de revisar los pronósticos, decidí irme antes a fin de estar ahí antes de que la tormenta cruzara por la isla. Cambié mis planes y volé a Puerto Rico el domingo 17 de septiembre.

Aterricé en Puerto Rico y me di cuenta que el Huracán había subido a categoría 3. El día siguiente, los preparativos de emergencia comenzaron a desesperarnos. Mi primo que es el alcalde del pueblo donde vive mi familia, celebró una reunión y me encargó trabajar en el refugio después de la tormenta para ayudar a calmar la gente. Ayudé a mi familia a prepararse lo mejor que se pudiera, y nos movimos a una zona más segura. Las siguientes 36 horas fueron las más terroríficas que pueda yo jamás recordar.

Una y otra vez pensé en el pasaje de la Escritura donde los discípulos claman a Jesús mientras dormía en la barca (Mateo 8:23-27, Marcos 4:35-41 y Lucas 8:22-25). Oré sin cesar (2 Tesalonicenses 5:17) por la seguridad de mi familia y de todos los que estuvieran en el camino de la tormenta—en las montañas, en la costa, en casas de madera, en apartamentos, en las ciudades, en pequeños pueblos por toda la isla. Al comenzar a calmarse la tempestad como un día y medio después, comenzamos a ver la enormidad de los daños. Fue demasiado abrumador asimilarlo.

Durante los días siguientes, pasé el tiempo en el refugio escuchando, consolando, orando y dando ánimo a las personas que habían perdido absolutamente todo lo que tenían. También me sentí agradecido por estar allí como una ayuda y apoyo para mi familia durante este tiempo tan difícil. Como capellán que soy, estoy agradecido de poder servir en los lugares y cuando Dios me dé la oportunidad. Puesto que soy bilingüe en inglés y español, pude escuchar las historias de aquellos que necesitaban compartir sus penas y poder ofrecerles una palabra de consuelo y oración.

Tres semanas y media después de la tormenta, estaba en casa con mi esposa en los Estados Unidos. Mi trabajo continúa a la distancia: esparciendo la palabra de las necesidades del momento del pueblo de Puerto Rico, compartiendo las necesidades de aquellos que están tratando de vivir el día a día sin satisfactores básicos como la electricidad y el agua corriente. Estoy agradecido que pude ser las manos y pies de Jesús y servir en Puerto Rico en el asedio de los Huracanes Irma y María.

Charles “Chaz” Maldonado es el capellán de la salud, miembro de la Asociación de Capellanes Metodistas Libres y presbítero ordenado de la Conferencia Keystone.

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