Siguiendo la Diversidad Racial en la Iglesia Local

En esta edición de LUZ Y VIDA, estamos publicando un documento de posición sobre la “Unidad Racial”, respaldado por la Junta de Obispos. El propósito de estos documentos de posición es el de proveer a los pastores e iglesias con declaraciones que expresen claramente nuestras convicciones teológicas y doctrinales sobre cuestiones críticos de nuestro tiempo. Estas declaraciones en particular tienen importancia especial para nosotros como Metodistas Libres a la luz del hecho de que “una de las libertades claves en las que nuestros fundadores se pusieron firmes fue en la libertad de todas las razas, de adorar y vivir juntas”. La introducción de este documento finaliza con una declaración que refleja nuestra realidad actual y seguidamente hace una pregunta crítica:

“Infortunadamente, las tensiones a lo largo de las líneas raciales es una realidad vigente para la iglesia. ¿Cómo nos alineamos con el evangelio para crear una agencia para la igualdad y la inclusión de todas las razas?”

Esa es una pregunta que me he estado haciendo por casi 30 años de ministerio pastoral. Pablo proclama resueltamente: “Porque Cristo es nuestra paz, de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad. … Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz” (Efesios 2:14-15).

Escucho y creo que esta declaración es la verdad absoluta. Jesús hizo posible la unidad racial. Jesús es nuestra paz. Jesús ha destruido la pared divisoria de a hostilidad. Jesús nos ha hecho uno. Sin embargo, en muchas maneras seguirnos luchando como seguidores de Jesús, en vivir de acuerdo a esta verdad en la práctica. Así que, ¿Cómo nos alineamos con el evangelio en lo que tiene que ver con la unidad racial? Aunque es cierto que la respuesta no se limita a una sola respuesta, he llegado a creer que la unidad racial se cultiva mejor en el contexto de una iglesia local racialmente diversa.

Si legislamos, escribimos, o hablamos sobre ella públicamente podría ser posible producir la unidad racial, ya la tendríamos. Claramente no es así. El concepto de la unidad racial no es difícil de entender, pero vivirla es otra historia. El reto es que no podemos empezar a entender cómo vivirla fuera del contexto de la diversidad racial. Así, si los seguidores de Jesús esperamos darnos cuenta de la promesa de la unidad racial y le demostramos al mundo que Jesús es el camino, tenemos que hacerlo en la iglesia local.

Esa convicción ha sido forjada en la fragua de mi propio peregrinaje personal

Mi Historia
Crecí en un pequeño pueblo en el suroeste de Georgia, en el corazón de una zona de granjeros. Sin ninguna duda había racistas declarados entre nosotros, pero mis padres fueron muy cuidadosos en mostrar respeto por todas las personas y demandaban lo mismo de mi parte. Cuando llegó el tiempo de que yo comenzara a ir a la escuela, mis padres decidieron no enviarme a la escuela privada para puros blancos que recién se había abierto en el mismo camino. En lugar de eso me enviaron a la única escuela pública del condado que se acababa de integrar el año anterior.

Como estudiante de primer grado, formando parte de un salón de clase racialmente diverso, para mí no era extraño porque nunca había conocido ninguna otra realidad. Pasaría los siguientes 12 años con muchos de los mismos compañeros de clase, y en gran parte, aprendimos cómo llevarnos bien. En el campo del atletismo, hicimos más que eso. Aprendimos en el calor de la competencia, que todos éramos hermanos en pos de la misma meta. Cuando me gradué de la Escuela Preparatoria del Condado de Calhoun, te diría que no había problemas en la cuestión de las razas. Yo habría justificado ese sentimiento afirmando que la mayoría de mis amigos eran de color, pero ahora que el tiempo ha pasado, es claro para mí que nuestra “amistad” jamás fue más allá de los linderos de la escuela. Nunca nos visitamos unos a los otros. Nunca pasamos tiempo juntos algún fin de semana. Y definitivamente, no asistíamos a la misma iglesia.

Unos años después, me vi sentado en una clase de ética en el Seminario Teológico Asbury discutiendo la maravillosa autobiografía de John Perkins; “Que la Justicia Ruede”. Ese libro me llegó hasta lo profundo. Me di cuenta que había pasado toda mi vida en torno de personas de color, pero no tenía idea lo que era actualmente ser una persona de color en mi propio país. Salí del seminario con una clara convicción de que Dios me estaba llamando algo mucho más profundo que solamente “vivir la vida como viniera”.

Esa convicción inmediatamente fue puesta a prueba en mi primer pastorado (no era en la Iglesia Metodista Libre), Tenía 26 años y pastoreaba una iglesia que no tenía jóvenes, de modo que empecé un ministerio recreativo para tratar de conectarme con los jóvenes locales. Casi de la noche a la mañana tenía una docena de adolescentes viniendo a la iglesia cada semana a jugar basketbol en la cancha detrás de la iglesia. Para no hacer la historia muy larga, cuando los líderes de la iglesia se dieron cuenta que algunos de los muchachos eran de color, insistieron en que les tenía que decir que no debían regresar, y me informaron sobre “nuestras” políticas de que “sólo se permite a nuestros miembros y sus invitados permanecer en nuestra propiedad”. Dejé mi primer pastorado porque no podía estar de acuerdo en esas políticas. Debí haberte dicho que en el tiempo en que decidí hacerme públicamente al lado de la unidad racial a un costo personal era clara evidencia de que estaba haciendo mi parte al hacerme al lado de la unidad racial. Hoy te diría que eso no era sino sólo un paso más en mi peregrinaje de aprender lo que realmente significa la unidad racial.

En 1997, Dios nos llevó a Pam y a mí a la Iglesia Metodista Libre y a una asignación para plantar la Iglesia Comunidad de Cristo, en Columbus, Georgia. Desde el principio, una de nuestras metas era ser una iglesia racialmente diversa. Aunque eso casi ni se mencionaba en nuestra ciudad, yo estaba convencido de que mi trasfondo me había preparado para dirigir una iglesia de ese tipo. Una vez más, yo no tenía idea de cuan compleja sería la siguiente fase de mi peregrinaje, o cuánto tendría Dios que trabajar conmigo. Pero fue allí, mientras comíamos juntos, visitábamos nuestras casas unos de otros, abríamos nuestros corazones y llevábamos unos las cargas de los otros, y nos arriesgábamos a sostener aquellas difíciles conversaciones, cuando experimenté por primera vez el don de la comunidad racial diversa. Sin ninguna duda, cometimos errores y perdimos oportunidades, pero luego fui elegido como superintendente en 2018, Pam y yo dejamos una congregación hermosamente diversa que recibió con gran entusiasmo a un pastor afroamericano como mi sucesor.

Algunos Descubrimientos Sobre la Marcha
Espero que me he explicado muy bien que no he “llegado” a lo que tiene que ver con mi idea y experiencia de la unidad racial. Aún sigo avanzando y aprendiendo todo el tiempo, pero de buena gana compartiré algunos descubrimientos que hemos hecho sobre la marcha (hasta aquí)

Lo primero que aprendimos en la Comunidad de Cristo en lo que tiene que ver con la unidad racial fue el poder de la oración. Honestamente me motiva a admitir que no vimos ningún progreso en la diversidad racial en los primeros dos años a pesar de los esfuerzos intencionados de dirigirnos racialmente a las comunidades diversas. En nuestra frustración, clamamos a Dios en una semana de oración sacrificial, pidiendo específicamente por un arranque en la diversidad racial. Durante los siguientes meses, algunos afro americanos aparecieron para la adoración, la mayoría de ellos diciendo que habían venido “porque Dios me dijo que viniera a esta iglesia”. En algunos casos, ni siquiera ellos sabían en lo que se estaban metiendo cuando entraron por nuestras puertas y descubrieron una congregación abrumadoramente blanca. ¡Dios estaba respondiendo nuestras oraciones!

También aprendimos que el crecimiento en la unidad racial se da mejor en el contexto de la relación. Uno de los dones más grandes de una comunidad diversa es que podemos ayudarnos unos a otros a ver nuestros puntos ciegos, esas áreas de pecado, quebranto, y malos pensamientos que se arraigan tan profundamente que no los podemos ver. Pero al ayudarnos unos a otros a ver nuestros puntos ciegos es sólo un don cuando se ofrece en el contexto de la confianza. Y la única manera de crear confianza es aprender a conocernos unos a otros en un nivel profundo. Los corazones se ablandan y las mentes se abren cuando escuchamos las historias los unos de los otros. Al mismo tiempo, comenzamos a responder los unos a los otros. Poco a poco, nuestros ojos son abiertos, y comenzamos a ver como Dios ve. Es entonces cuando comienza la transformación.

Otro descubrimiento sobre la marcha es que tuvimos que resistir la urgencia de busar la diversidad por la diversidad misma. Para comenzar, las personas quieren ser conocidas y amadas como personas, no como remaches sobre el cinturón de una causa. Lo más importante, a la vez que es correcto y bueno valorar la diversidad, nunca debemos perder de vista el hecho de que nuestra misión es hacer discípulos. Si ponemos el valor en la misión, inevitablemente fallaremos porque Jesús es el Único capaz de librarnos del pecado y hacernos plenos. Pero si guiamos a las almas a Jesús, les ayudamos a entender lo que significa vivir una vida llena del Espíritu, y los enseñamos a obedecer la Palabra de Dios, a amar a los demás—a todos los demás—ese será el fruto.

Una de las cosas más desafiantes que aprendimos es que hacer la diversidad es más poderoso que hablar de diversidad. Es desafiante porque la Palabra de Dios con frecuencia demanda que hablemos proféticamente unos con otros y al mundo, pero estoy convencido de que vemos más fruto cuando lo hacemos que cuando hablamos de ello. Hablar tiende a provocar cosas como la negación (“Debes estar hablando de alguien más”), defensivamente (“No sabes nada acerca de mí”), o la tendencia a minimizar el problema (“¿No es mejor dejar lo pasado en el pasado?). Pero cuando una persona experimenta diversidad de manera inesperada, el mensaje casi siempre se abre camino.

De modo que ¿a qué se parece “practicar la diversidad”? Puede significar la presencia de un ministerio en una comunidad diversa, comenzando grupos pequeños diversos, o compartir historias de vida que sólo se dan para involucrar personas que no se parecen. Sin duda, significa desarrollar y emplear un grupo diverso de líderes. Vimos muy poco crecimiento en diversidad en la Comunidad de Cristo hasta que nuestro escenario, personal y junta de la iglesia reflejaron la diversidad racial. Cuando las personas ingresan en una comunidad y no ven en el liderazgo a nadie que tenga la misma apariencia que ellas, el mensaje que reciben es: “Te damos la bienvenida entre nosotros”. Pero cuando una persona ingresa en una comunidad y ve personas en el liderazgo que tienen la misma apariencia que ella, el mensaje es: “Estamos en esto juntos”.

Por último, yo sería un remiso si me faltara reconocer que cultivar intencionalmente la diversidad racial dentro de una iglesia local es algo muy difícil – no porque los que son diferentes lo hagan difícil, sino porque existe algo en todos nosotros que se aferra a la comodidad y a la familiaridad. Seamos francos: La comunidad racialmente diversa a menudo se siente torpe e incómoda, especialmente en las primeras etapas.

También debo reconocer que hay un retroceso legítimo de algunos que defienden la preservación de culturas raciales diferentes, particularmente cuando se trata de cosas como el estilo de adorar. Para ser justos, cuando Pablo haba de nuestra unidad en Cristo (i. e., Efesios 2:14-15, Gálatas 3:28), él nunca sugiere que un grupo tiene que adoptar la cultura de otro. De hecho, él hace exactamente lo contrario en Hechos 15 cuando defiende los derechos de los gentiles de rechazar la mayor parte de los aspectos de la cultura judía. Sin duda alguna, uno de los problemas más desafiantes que enfrentan las iglesias que adoptarían la diversidad racial tiene que ver con las preferencias en el estilo de adoración. ¿Prefieres una mezcla en estilo que pudiera no conectar a nivel del corazón con otras personas? ¿Es posible adoptar múltiples estilos en una sola comunidad? ¿Podría surgir un nuevo estilo en una comunidad racialmente diversa? Estas son preguntas difíciles que no tienen respuestas fáciles.

¿Por qué Seguirla?
Entonces, ¿por qué tengo que seguir la vereda más difícil de la diversidad racial cuando existe una vereda más fácil? Yo respondería de tres maneras:

Primero: La comunidad racial diversa es un reflejo de la naturaleza de Dios como Creador. Es Dios el que creó diferentes géneros y razas y dijo que eran “buenos”. De una manera similar, Pablo nos recuerda la diversidad de dones que definen el cuerpo de Cristo. Cuando consideramos también el hecho de que no hay dos personas exactamente iguales, se hace evidente que la belleza a los ojos de Dios debe entenderse en términos de diversidad.

Segundo: una iglesia racialmente diversa demuestra el poder del evangelio a un mundo perdido. Estoy convencido que puede considerarse que el hecho de que la iglesia haya perdido gran parte de su influencia en la cultura estadounidense se debe a que hemos fallado en vivir nuestro propio mensaje, especialmente en lo que tiene que ver con la unidad racial. No debemos perder de vista que Jesús oró específicamente que Dios nos hiciera uno “para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17:21). Nuestra unidad como hermanos y hermanas en Cristo es uno de nuestros testimonios más poderosos para la credibilidad del evangelio.

Finalmente: la comunidad racialmente diversa nos prepara para la eternidad.
Cuando Jesús permitió a Juan asomarse al cielo, él vio a 24 ancianos delante del trono de Dios, que cantaban: “Digno eres de recibir el rollo escrito y de romper sus sellos, porque fuiste sacrificado, y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación. (Apocalipsis 5:9-10)

Este es nuestro future. Que sea nuestra realidad cada vez más.

El Obispo Keith Cowart, D.Min, supervisa los ministerios Metodistas Libres a lo largo de la costa del Este, en la parte Sur Central de los Estados Unidos y también en Europa, Medio Oriente y Asia. Fue elegido al obispado de la Iglesia Metodista Libre – USA en la Conferencia General de 2019. Anteriormente sirvió como superintendente de la Región Sureste después de 21 años como el pastor principal fundador de la Iglesia Comunidad de Cristo en Columbus, Georgia.

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