¿Si Dios Nos “Visita”?

La Iglesia Metodista Libre de “Cierto Lugar” reúne a unas 30-45 personas. La mayoría de ellas de raza blanca, los domingos por la mañana en una comunidad de ancianos, muy diferentes a la mayoría de los miembros de una iglesia. La iglesia tiene un pastor muy comprometido cuya esposa gana lo suficiente para complementar su salario de la iglesia y permitirle servir de tiempo completo. Ocasionalmente aparece algún visitante, y algunos se quedan, por lo menos por un tiempo. En la iglesia todos se conocen bien unos a otros, lo suficiente para evitar conflictos, y están de acuerdo en mantener la paz como testigos, por si alguien estuviera observando.

En la época de la Navidad, la iglesia reúne una ofrenda especial para los necesitados, y además tiene un programa para niños con los nietos de la congregación, complementado con algunos niños de la comunidad. Hace años, la iglesia recibió la donación de un terreno que continúa subsidiando los regalos de la iglesia. Ésta continuará existiendo en el futuro inmediato de la misma manera como está ahora.
Pero yo me pregunto ¿qué pasaría si la iglesia “De Cierto Lugar” experimentara un avivamiento? ¿Qué si Dios se acercara y visitara tan clara y poderosamente como raras veces, o nunca antes ha sido sentido en la experiencia de ninguno de los miembros?

Santa Visitación

Bueno, no es como si nunca hubiera sucedido. Nuestra historia bíblica nos ayuda a visualizar lo que podría suceder si Dios interviniera en nuestra rutina y prácticas tan importantes para muchas iglesias. Consideremos algunas de las marcas de una “Visitación Santa”.

No obstante, para comenzar, recordemos que Dios es santo, lo que significa básicamente que Dios no es como las demás personas y cosas que nos son comunes a nosotros. Dios es único y no tiene parangón. Pero de una manera maravillosa, cuando Dios levanta un pueblo, luego manda que ese pueblo sea un pueblo santo.

“Sean, pues, santos, porque yo soy santo”, dice el Señor Todopoderoso, a mi pueblo escogido, redimido, atraído (Véase Levítico 11:45, 19:2; 1 Pedro 1:15-16). Ser el pueblo de Dios, y auténticamente la iglesia, significa relacionarnos con ese Dios que es santo, a diferencia de cualquier otro, y así, nosotros mismos llegamos a ser santos, un pueblo diferente a los otros. Para descubrir lo que significa esta “diferencia”, veamos cómo surge en la historia bíblica con la pregunta: ¿Qué pasa cuando el Dios que es verdaderamente diferente a cualquier otro aparece y visita a un pueblo ordinario?
Primero: Se sorprende. Moisés no podía creer lo que sus ojos veían cuando la zarza ardía pero no se consumía, y luego menos lo podía creer cuando una voz confirmó que estaba ante la Divina Presencia. Él sólo había estado atendiendo sus propios negocios, sin involucrarse en ninguna actividad “espiritual”, al menos él no lo pensaba así. Más bien, mientras cuidaba aquellas ovejas en el desierto, de repente, Dios estaba ahí (Éxodo 3:1-6).

La experiencia de Isaías es muy parecida, aunque, en este caso, él estaba involucrado en el trabajo “espiritual” mientras cumplía con sus deberes en el Templo (Isaías 6:1-8). De igual manera, Zacarías “se ganó” la lotería con los deberes sacerdotales (Lucas 8:1-9) – y también, el anciano Juan, que estaba en el Espíritu en el Día del Señor (Apocalipsis 1:9-16). Todos ellos se asombraron de ser visitados por Dios. Sea adentro o afuera de un lugar “sagrado”, como el edificio de una iglesia, o llevando a cabo actividades “espirituales”, hay sorpresa cuando viene el Dios Santo.

Creo que esto nos dice algo acerca de Dios, y, por tanto, algo también de cómo los seres humanos podrían experimentar a Dios. Él toma la iniciativa, con frecuencia de maneras inesperadas o poco convencionales, y toma a todos por sorpresa, con la guardia baja. Así, pudiéramos pensar que aquellos que tienen todo calculado, o que creen que el avivamiento sólo puede venir de ciertas maneras son los menos probables de estar en los lugares en los que Dios aparece. Por tanto, sería apropiado preguntarnos a nosotros mismos: ¿Estamos listos para ser sorprendidos? ¿Estamos preparados para lo inesperado?
Segundo: Cuando Dios, el Dios Santo visita un pueblo, éste se humilla. Frecuentemente cayendo postrados al suelo con el rostro en tierra. Josué había sido nombrado como sucesor de Moisés, animado por la promesa de la presencia de Dios, y confiando en el llamado de Dios de no desmayar sino ser valiente y resuelto. Eso explica la razón por qué le preguntó al varón de extraña apariencia y con espada desenvainada si era amigo o enemigo. Pero cuando Josué se dio cuenta que este desconocido era comandante del ejército de Dios el Señor, se postró rostro en tierra y preguntó qué órdenes tenía el comandante para él. La sorprendente respuesta del comandante provocó una respuesta de humilde sumisión de parte de Josué: ¡Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es sagrado” (Josué 5:13-15). Lo mismo sucedió con el anciano Juan. Él vio al Santo y cayó como muerto (Apocalipsis 1:17). Tanto por el Poderoso líder de un pueblo vencedor y por el sobreviviente de un pueblo oprimido cruelmente. Es lo mismo cuando Dios nos visita. Postrarnos rostro en tierra, adorar la majestad, y buscar las delicias del Señor. ¿Estamos listos para humillarnos?

Tercero: Cuando la santa presencia de Dios envuelve a un pueblo, éste la siente y se apropia de su condición de criatura caída. No están juntos, en cambio, están quebrantados y alejados de la unión y la sanidad total que sienten en el Dios Santo. Los deberes sacerdotales de Isaías el profeta fueron turbados por la santa visitación, mientras las huestes celestiales alababan al Rey entronizado sobre todo: “Santo, santo, santo es el Señor Todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3). Aquello hizo clamar a Isaías: “¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡Y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!” (Isaías 6:5).

Siglos después, el Señor Jesús hizo que Pedro pescara con su red una gran cantidad de peces, después de una frustrante noche de no pescar nada. Repentinamente, Pedro supo algo acerca de su Maestro que no había sabido antes y cayó postrado a los pies de Jesús, exclamando: “¡Apártate de mí, Señor; soy un pecador!” (Lucas 5:1-8).

Cuando el Dios Santo nos visita en esplendor y poder. La Luz evidencia nuestras tinieblas. El amor contrasta con nuestra indiferencia, y la Verdad muestra cómo somos en realidad. Nosotros percibimos la necesidad que añora la ayuda que no ha recibido antes en su totalidad. ¿Estamos listos para ser expuestos y vueltos a formar?

Cuarto: Cuando el Dios Santo visita un pueblo, éste descubre lo maravillosa que es Su gracia. Aprende que sin importar cuán profunda es su necesidad, la gracia baja aún más profundamente. Isaías ni siquiera preguntó, simplemente lamentó su condición: “¡Ay de mí!”, y el Santo tomó del altar un carbón encendido y sanador para llenar su necesidad. Cuando el Anciano Juan dio con su rostro en tierra y que quedó como muerto, el Santo puso sobre él su mano derecha, lo hizo levantarse y le dijo: “No tengas miedo” (Apocalipsis 1:17).

Cuando somos acompañados por la luz, las tinieblas huyen. Con el abrazo del amor, todo temor y odio se debe ir. En la presencia de una pureza al rojo blanco, se elimina todo lo que es impuro e indigno. En la comunión con el Santo, hay gracia abundante y maravillosa. Esa gracia es misericordia y perdón, purificación y poder. La gracia es super-abundante. ¿Estamos preparados para dejar atrás todo lo indigno de un Dios Santo, para ser sanos de nuevo, nuevos y completos?

Quinto: Cuando el Dios Santo nos visita, Dios quiere quedarse permentemente en casa. En el principio, Dios hizo el jardín como un hogar tanto para los humanos como para Dios. En el tabernáculo de Israel, y más tarde el templo, Dios habitaba en medio de Su pueblo. Cuando Dios restauró a un pueblo pecaminoso y exiliado, Dios prometió que al final ellos serían Su pueblo, y Él sería su Dios. Finalmente, en el Apocalipsis, un nuevo cielo y una nueva tierra se convierten en el lugar en el que Dios habita con el pueblo. Ellos son el pueblo de Dios, y Dios es el Dios de ellos. Por tanto, cada “visitación” de Dios apunta al establecimiento y el arraigo de ls morada de Dios en los corazones humanos, y el pueblo habita en la presencia de Dios.

Amor Santo

La santa visitación-hecha-morada sería la marca del pueblo en ciertas maneras. Por encima de todo, el Dios que es amor, que habita con un pueblo—un pueblo que ama a Dios con su todo, con cada fibra y con cada nervio, hueso y cada tejido, cada talento y don; un pueblo ordenado y enfocado impulsivamente en torno al Dios que ama. Este Dios ama a los demás, vecinos y amigos, pero también a los demás no conocidos y diferentes a ellos, inclusive los otros-enemigos. Este amor de Dios llevó a cabo algo, sin duda llevó a cabo todo, en Jesús. Este es el Dios cuyo amor los impulsa a actos de amor comparables a los Suyos por el bien de todos los demás — un amor que actúa como Jesús actuó. Ese, en todo sentido, entrega su propia vida por el otro.

Y así un pueblo en, y entre quienes el Santo habita llevará las marcas del fruto del Espíritu con un amor que todos vean, y del que se maravillen, experimenten y abracen. Entre ellos, y llegando más allá de ellos fluirá no solo el amor, pero también la alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gálatas 5:22-23). Como resultado, por lo menos algunos de los otros, lo encontrarán, ¡hermoso y atractivo!, o lo que sea. ¿Estamos preparados para que el Dios Santo renueve nuestras reuniones y nuestra comunión con un amor como éste?

Si Dios va a traer “avivamiento” a la iglesia, entonces, el pueblo de esa iglesia se sorprenderá, se humillará, se convencerá de su pecado y de su necesidad, renovado y purificado por la gracia, luego morará con ellos, será marcado y motivado por el amor por Dios y por los demás.

Una vez más, la Iglesia Metodista Libre de “Algún Lugar” con 30-45 miembros, principalmente blancos, en una mañana normal de domingo, en una comunidad de ancianos, en una gran proporción diferentes a la mayoría de sus miembros. Eso es lo que ellos son y donde ellos estarán cuando el Santo los visite. Seamos cuidadosos en notar que tienen lo que se necesita, lo suficiente para buscar a Dios y esperar en un Dios que los visita.

Así que, imagina a su fiel y comprometido pastor ayudando a su pueblo a buscar afanosamente que Dios los visite, sorprenda, humille y manifieste la luz santa que ilumine su necesidad humana. Imagina a un pastor que empieza por guiarlo, o él mismo en su propia búsqueda. Dios visita y busca a su pueblo, y Dios promete ser encontrado por los verdaderos buscadores. Imagina al pastor recordando, aprendiendo lo que significa ser un verdadero buscador. Imagina al pastor encabezando la búsqueda de Dios, determinando no conformarse con menos de lo que debe ser la fresca y personal visitación santa.

Si podemos imaginarnos esto, sería muy difícil no imaginar que al menos algunos de los 30 a 45 miembros nerviosos e inquietos, conformes con la vida como siempre y con la iglesia como siempre. Sería muy difícil no imaginarnos esto porque no es el pastor que ellos ven o sienten, o no solo el pastor, es Dios. Es Dios que siempre ha planeado visitar, es Dios el que ha hecho planes de hacer su visita. El que ha sorprendido y se ha hecho humilde al pueblo casi al punto de morir. Y luego sopló Su gracia a su condición polvorienta y letal. Ese es Dios.

Si podemos llegar a este grado, no será difícil imaginar también que Dios puede quitar algo de la nerviosidad e incomodidad del pueblo. De hecho, sería más fácil imaginar a Dios llegando a él dando sabor a su búsqueda, cambiando las circunstancias y atrayendo hacia ellos las personas que les vayan a ayudar, y finalmente, llegando a sus vidas como nunca antes. Esto es lo que Dios hace.

Luego, con algunos de los que Dios ha reanimado, vendrá el amor porque el Espíritu de Dios está obrando. Este (re)nacimiento del amor satisface profundamente, da una seguridad sólida, y anhelosamente los inquieta. El reanimado y renovado por Dios comenzará a ver a los demás que rodean el edificio del templo, se preguntará quiénes son y se preocupará por ellos. Con el deseo de cuidar de ellos, oraría por ellos y procuraría tener cuidado de ellos. Una vez más, el Dios que lo visita seguramente escucharía sus oraciones porque eso es lo que Dios hace. Dios se preocupa, Dios ofrece su cuidado, y Dios lo hace por medio de Su pueblo.

Finalmente, luego de tan humildes principios, como la Escritura y las historias de muchos grandes despertamientos lo comprueban, podemos anticipar cosas más grandes y maravillosas. En todas partes veremos a esclavos que son liberados, fortalezas del mal derribadas, y enemigos de Dios derrotados— algunos para su destrucción y otros para caer en los brazos de amigos recién reconciliados. Podremos experimentar una multiplicación de panes, personas intocables siendo abrazadas, y desconocidos recibiendo una bienvenida. No cabe duda, en la iglesia de “Cierto Lugar, USA” podría haber lugares a donde ninguna personas necesitada llega sin recibir ayuda, ninguna persona capaz deja de contribuir, y todos se benefician de alguna manera porque Dios se encuentra en casa, con Su pueblo.

EL OBISPO DAVID KENDALL es un presbítero ordenado en la Conferencia Great Plains, fue elegido por primera vez al cargo de obispo en 2005. Es el autor de “God´s Call to be Like Jesus” (El Llamado de Dios a ser Como Jesús, fmchr.ch/dkcall).

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