Seguimos Esperando al Mesías

“No debe ser así” Este pensamiento nos da vueltas en nuestra mente, algunas veces susurrando su pregunta en medio de un día especialmente difícil, mientras que otras veces exige la atención mientras nuestros ojos recorren los titulares de las noticias. El mundo en el que vivimos está lleno de razones para la desesperación. Nuestros cuerpos son golpeados por la enfermedad, nuestras familias enfrentan tensiones relacionales, y nuestras iglesias parecen tambalearse por sobrevivir en una cultura cada vez más post-cristiana. Las crisis globales parecen agravarse cada día mientras nuestras mentes luchan por comprender la devastación generalizada. Las guerras rugen. Los gobiernos se corrompen. La pobreza perpetúa las epidemias y la esclavitud moderna. Estas realidades nos obligan a luchar con nuestra fe en un Mesías que ha venido y un día volverá.

¿Qué efecto tiene el nacimiento de un pequeño Mesías en nuestra vida de todos los días? ¿No es Dios un Dios de vida, un Dios con una brillante creatividad que nos concede dones extravagantes en la forma de girasoles mamut, nieve recién caída, niños que ríen, montañas cubiertas de musgo y niños recién nacidos? ¿Cómo encontramos la bondad del reino de Dios en medio del sufrimiento y de la monotonía de la vida real?

La invitación de esta temporada de Adviento es que regresemos a la esperanza por el Mesías. Mientras los días se vuelven más fríos y lóbregos, y nos encontramos encendiendo velas para guardar la vigilia junto con María, nos llenamos de ansia por lograr atisbos del reino que Jesús está edificando entre nosotros. “Nace en nosotros hoy” viene a ser nuestra oración. Nos aferramos con vehemencia a nuestra esperanza de que ese Cristo Jesús un día vendrá en plenitud y traerá salud a una nueva tierra. Mientras tanto, nuestra tarea es la de encontrar el reino de Dios en nuestro medio, aunque caminamos fatigosamente a través de las dolorosas realidades de nuestro mundo y seguimos adelante a través de los momentos mundanos de la vida — yendo a nuestro trabajo, pagando nuestras cuentas, llevando a los niños a cursos especiales, poniendo los alimentos sobre la mesa.

Posiblemente los pastores se sentían de la misma manera mientras se preparaban para otra noche bajo las estrellas con sus rebaños de ovejas. Seguramente habían escuchado rumores a través de los años acerca del Mesías venidero. Pero ellos no eran expertos en la profecía. El conocimiento de la materia nunca podría rivalizar con el de las autoridades religiosas (Para los principiantes, el estar cubiertos continuamente por el polvo de sus tareas manuales nunca se igualaría con los estándares legalistas de los personajes sacerdotales). Aun así, ellos habían escuchado acerca del Mesías de sus madres, amigos o líderes religiosos, y algo entre ellos reconocía la verdad en las historias. ¿Habría alguna esperanza de que un Salvador trajera sanidad a las cosas rotas que ellos habían visto en sus vidas, los malos tratos en contra de los vulnerables, la corrupción de los líderes políticos? ¿Podría haber algo más en la vida que comer y dormir, y atender ovejas?

Mientras estos pastores anónimos asumían sus vigilias de la noche, espesas tinieblas se cernían sobre los campos bajo su diligente vigilancia, los rebaños buscaban un lugar tibio para pasar la noche. Mientras los ojos de los pastores recorrían las colinas, sus esperanzas escondidas de repente fueron alumbradas por una potente luz:

“Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: ´No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador que es Cristo el Señor´” (Lucas 2:9-11).

Sus corazones se les salían del pecho mientras en sus mentes pensaban: “¿será cierto esto?” El Mesías largamente esperado había nacido, y Dios había escogido a los pastores ignorados desde siempre para ser los recipientes de estas noticias angélicas. Sí, el reino de Dios llegaba de maneras inesperadas y a las personas menos esperadas. Estos pastores no perdían el tiempo. Poniéndose de pie, ellos aseguraron sus ovejas y salieron a encontrarse con este niño Mesías. Ellos encontraron al Cristo recién nacido en el pesebre, bajo la mirada amorosa de Su madre y Su padre cuyos rostros probablemente contaban la historia del alumbramiento, alegría y agotamiento físico. Cada palabra de celebración proclamada por los ejércitos celestiales resonaba en los corazones de aquellos pastores, y ellos compartían las buenas noticias con todos los que los escucharan.

“Cuando vieron al niño, contaron lo que les habían dicho acerca de él, cuantos lo oyeron se asombraron de lo que los pastores decían. Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído, pues todo sucedió tal como se les había dicho” (Lucas 2:17-18, 20).

Pero muchos de los que oyeron las noticias encontraron sus esperanzas hechas añicos. Un Mesías nacido en la presencia de los animales del establo y anunciado por humildes pastores no era su idea del poder y el honor. ¿Cómo podía este Mesías ser el rey que ellos tanto tiempo habían esperado? “No es posible que sea así”. Pensaron.

El Ungido

En uno de los episodios del podcast del Proyecto bíblico sobre el Hijo del Hombre (fmchr.ch/bpson), Tim Mackie explica que los títulos: “Cristo” y “Mesías” son dos términos que significan lo mismo en dos diferentes idiomas. “Mesías es la traducción al español del hebreo, y “Cristo” es la traducción al español de la versión griega del hebreo “Mesías”. Estos dos términos significan “el ungido”, o más literalmente: “el que ha recibido el derramamiento de aceite sobre su cabeza”. Esta práctica de ungir con aceite se usa para describir la asignación del oficio al rey o sacerdote.

En cuanto a la frecuencia del uso de “Cristo” (palabra griega para “Mesías”), se hace para describir a Jesús en el Nuevo Testamento, no era como Jesús se describía a Sí mismo. De hecho, Jesús prefería mantener esa designación divina fuera del conocimiento público.

“Y ustedes, ´¿quién dicen que soy yo?´ [preguntó Jesús] — Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente — afirmó Simón Pedro. —  Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás — le dijo Jesús —, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo. Luego les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo” (Mateo 16:15-17, 20).

¿Por qué la secrecía? Jesús sabía que el término iba cargado política y religiosamente. Para alguien que declarara membresía al linaje davídico sería una afirmación atrevida que usurparía las autoridades religiosas judías e instigaría un derribamiento del poderoso gobierno romano. Pero no era el temor lo que impedía a Jesús declarar públicamente Su verdadera identidad. El propósito de Jesús nunca fue remover a la fuerza el dominio del emperador romano para colocarse en lugar del sumo sacerdote para el pueblo judío. Más bien, Jesucristo, el Mesías, el Hijo del Dios viviente, sabía exactamente para qué había sido ungido:

“Desde entonces comenzó a advertir a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los maestros de la ley, y que era necesario que lo mataran y que al tercer día resucitara” (Mateo 16:21).

La obra de Jesús como Mesías se centró en torno al establecimiento del reino edificado en la sumisión y el sacrificio en lugar del dominio y la riqueza. En los días previos a Su crucifixión y resurrección, Jesús se acerca a la revelación de la plenitud de Su unción al retornar a la sinagoga de Su niñez en Nazaret.

“Él comenzó a hablarles: “Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes” (Lucas 4:21).

Y habiendo abierto el libro en el lugar en donde se contiene Isaías 61, Jesús lee:

“El Espíritu de Dios está sobre mí, por cuanto me ha ungido, para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:17-19).

. El camino del Señor era muy diferente a la regla y reino que la mayoría de las personas había estado esperando. Jesús vivió de acuerdo a la unción mesiánica demostrando el amor, la generosidad y libertad del reino que Dios estaba estableciendo. En medio de la monotonía y quebranto de la humanidad, el reino de Dios estaba naciendo cuando Jesús tornó una decepcionante recepción de bodas, en una fiesta de celebración convirtiendo muchos litros de agua en vino. Se sintieron los vientos del reino mientras Él alentaba vida en los que habían muerto, y liberó a otros de posesión demoníaca. El reino se acercó más mientras los sonidos de las risas resonaban alrededor de la mesa donde Jesús saboreaba otra comida con personas que vivían en el lado equivocado de la aldea. Los caminos del reino fueron demostrados mientras Jesús hacía espacio para que los niños bulliciosos llevaran gozo al mundo en la forma de plenitud de vida.

Viviendo con Expectación

En su libro, “Siendo Discípulos”, Rowan Williams describe el discipulado como un estado del ser, una postura de expectación mientras nosotros anticipamos señales del reino de Dios abriéndose paso.

Los discípulos están expectantes”, escribe Williams, “en el sentido de que dan por descontado que siempre hay algo abriéndose paso de parte del Amo, del Maestro” (fmchr.ch/rwdisciples). Cada vez que buscamos la compañía del Espíritu Santo en oración, o que buscamos la revelación de Dios en las Escrituras, o nos encontramos en la presencia de otro discípulo, preguntamos: “¿Qué me está dando Jesucristo aquí y ahora?” (fmchr.ch/rwdisciples2).

En estas semanas previas a la Navidad, se nos invita a esperar con expectación la venida del Mesías. Veremos cómo los niños abren las hojas de los calendarios de Adviento, y encenderemos vela tras vela alrededor de la corona de cada domingo hasta el día de la natividad de Cristo. El Adviento nos invita a acercarnos a María en las semanas finales de su embarazo, conectándonos con su fervorosa anticipación y temerosa inquietud. Nos introducimos lo mejor que podemos a la historia del pueblo judío que pasó siglos esperando al Mesías, las esperanzas se desvanecían y se confundían con el paso del tiempo. Pero con dos milenios entre nosotros y el nacimiento de Jesús, nuestra breve temporada de espera no es un precio tan terrible, especialmente si conocemos la historia de la Navidad tan bien como Linus en “Una Navidad de Charlie Brown” (fmchr.ch/linuscbc).

Si echamos una ojeada a las noticias del día, sabemos que vivimos en el reino de Dios ya cercano, pero que aún no llega. Estamos de pie en el umbral, un espacio intermedio donde el reino de Dios ha llegado en la forma de Jesús — en Su encarnación, crucifixión y resurrección — pero que no ha llegado en su totalidad. Sí, en el momento en que María da a luz a Jesús en aquel establo desolado, el reino de Dios entró en nuestro mundo. Pero la edificación del reino de Dios está todavía en proceso, un proceso en el que somos invitados a participar. Jesús puso muy en claro que el reino-obra sería edificado por aquellos que lo siguen:

Ciertamente les aseguro que el que cree en mí las obra que yo hago también él las hará, y aún las hará mayores, porque yo vuelvo al Padre” (Juan 14:12).

Como discípulos de Jesús, somos llamados a ver el quebranto del mundo y a lamentar: “No debe ser así”. Al mismo tiempo debemos vivir con expectación, poniendo atención a la manera en que Jesús trae sanidad total del reino de Dios al mundo ahora mismo. Cada vez que nos reunimos como pueblo de Dios, estamos recordándonos unos a otros las verdades del reino, mientras participamos en cánticos, lecturas bíblicas y el sacramento.

Cuando oramos: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6: 10), estamos declarando la esperanza que Jesús trajo al mundo, y nuestro compromiso de unirnos a Jesús para llevar esta esperanza a los lugares lastimados de nuestro mundo. Cuando nos reunimos en torno a la Santa Mesa, recibimos Su sanidad, y participamos del cuerpo sacramental, y de la sangre de un Mesías cuya unción levanta a los humildes y llama a los pecadores al arrepentimiento. Nos estamos uniendo a Jesús en Su obra cuando atendemos a las viudas y los huérfanos, vestimos a los desnudos, y alimentamos a los hambrientos. Cada vez que ofrecemos una conversación digna a un niño, o a alguien menospreciado por la sociedad, demostramos la hospitalidad de Dios, Nos unimos a Jesús en Su obra de edificar el reino cuando invitamos a los pobres o menospreciados a unírsenos para comer juntos cuando denunciados resueltamente las injusticias sistémicas, cuando ofrecemos un empleo digno a aquellos que han sido oprimidos. Esto es el reino de Dios que ya viene.

Sí, nuestro mundo ha sido roto. Se supone que no debe ser así. Pero la esperanza del Mesías se abre paso por entre las tinieblas. En la esperanza expectante de que Jesús nazca en nosotros hoy, nos damos cuenta que Su reino llega y nos rodea. Nuestro Mesías ya ha venido a establecer un reino que demuestra la justicia y el amor de Dios, y nuestro Mesías nos ha comisionado a que establezcamos Su obra. Que pongamos por obra nuestra comisión de ir a todo el mundo y hacer discípulos extendiendo la bienvenida de Dios a todos los pueblos (Mateo 28:19).

 

Melanie Eccles es la pastora principal de la Iglesia Metodista Libre Monroe, en Monroe, Michigan. Ella es alumna de la Universidad de Spring Arbor, en la que logró una Maestría en Artes en formación espiritual y liderazgo, y un título de Bachiller en Artes en filosofía y religión. Visita melanieeccles.com para más información sobre sus escritos.

 

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