Reflejando la Gloria de Dios

Hace ocho años, estaba haciendo fila en la caja registradora de un mercado, detrás de una mujer joven.  Ella llevaba cinco artículos: pañales, toallitas para limpiar, fórmula para niños, pan y leche.  Cuando pagó con su tarjeta de débito, le fue rechazada.  Lo intentó una y otra vez.  De nuevo fue rechazada.

Cuando se alejó, pensé, “¿pagaré por ella?”  No estaba segura, así que permití que se alejara.  Lo lamenté de inmediato.  Me perturbó por el resto de la tarde y cuando compartí la historia con mi esposo en la cena, él no podía entender por qué yo no la había ayudado.

Resolví que la próxima vez que eso sucediera, yo pagaría.  De modo que le pedí a Dios que me diera otra oportunidad para servir de esa manera.

Hace cuatro años estaba en la línea del supermercado detrás de una madre en estado muy avanzado de embarazo, cargando un bebé sobre su vientre, de pie junto a un gran montón de víveres.  Escuché a la joven madre decirle a la cajera que su refrigerador y despensa estaban vacíos y que le acababan de pagar a su novio.

Pero cuando pasó la tarjeta, le fue rechazada.  Lo intentó una y otra vez.  De nuevo fue rechazada.

Estaba muy angustiada y preguntó si podía salir a llamar al banco.  Cuando salió caminando con dificultad para llamar al banco, di gracias a Dios por esta oportunidad y le dije a la cajera que yo pagaría por sus víveres.  La cajera no parecía estar segura, pero le aseguré que yo quería hacerlo –de manera anónima.  Entonces, pagué por su mandado y el mío.  Cuando salí del estacionamiento, con lágrimas rodando por mis mejillas, fui testigo de que su compra había sido puesta en su camioneta y canté: “A Dios sea la gloria, grandes cosas ha hecho”.

Esa noche en la cena compartí una historia diferente con mi esposo; una historia que detalló la bondad de Dios ofreciéndome una segunda oportunidad.  Después esa noche, vi un mensaje en el portal de Facebook de nuestro vecindario; una madre compartió loc sucedido en el mercado esa tarde y cuán agradecida estaba.  Yo comenté sobre el mensaje y le dije que mi amiga había compartido su historia de haber comprado el mandado para la mujer, y quería que ella supiera que se lo dio porque Dios le había dado a ella.  Entonces compartí como mensaje el himno con su letra (traducción del inglés):

“A Dios sea la gloria, grandes cosas ha hecho,

De tal manera amó Él al mundo que a Su Hijo nos dio,

Quien Su vida dio como sacrificio por el pecado,

Y abrió la puerta de la vida para que todos entraran.

Alabad al Señor, alabad al Señor, ¡que la tierra escuche Su voz!

Alabad al Señor, alabad al Señor, ¡que se regocije la gente!

Oh, venid al Padre, por medio de Jesús el Hijo,

Y denle la gloria, grandes cosas ha hecho”.

En ese tiempo, se nos había pedido que dejáramos nuestra iglesia de muchos años.  Me encontré en un lugar oscuro y solitario.  Un lugar de rechazo y aislamiento.  Cuando llegó el domingo, no tenía deseo de ir a ninguna iglesia, pero nuestra fe estaba en Dios, de modo que asistimos a una iglesia diferente.  Nos colamos por la puerta del costado y nos sentamos en la fila de atrás para mantenernos escondidos, pero el pastor se acercó para darnos la bienvenida.  Al terminar el servicio, salimos rápidamente.

La siguiente semana, el pastor pidió reunirse con nosotros. Había hecho algunas preguntas tales como la razón por estar en su iglesia, y sintió que necesitábamos tener una conversación.  En esa conversación compartí mis más íntimas emociones de enojo, rechazo y aislamiento.  No hubo filtro en mi boca.

El siguiente domingo, regresamos a la iglesia. Nos colamos por la puerta lateral y nos sentamos en la fila de atrás.  Me di cuenta que la esposa del pastor salió de su asiento de la fila de enfrente y se acercó hacia mí.  Se inclinó sobre mi esposo y preguntó si podía hablar conmigo al fin del servicio.  Inmediatamente pensé: “¿Cómo se atrevió a compartir mis pensamientos con su esposa?  Ahora ella quiere aconsejarme”. Me volteé hacia mi esposo y le pedí que no nos fuéramos.  Su respuesta: Nos quedaríamos.  Al fin del servicio, me indicó que fuera a hablar con la esposa del pastor.

Cuando me encontré frente a ella, me dijo, “Kim, hemos estado considerando empezar un grupo de MOPS (Madres de Pre-escolares, por sus siglas en inglés) y alguien me dijo esta semana que tú sabes mucho sobre MOPS.  “¿Estarías dispuesta a ayudarnos?”

Esto es lo que escuché: “Kim, te veo. Te conozco. Te amo.  Te acepto.  Tengo un lugar para ti”.

No era la esposa del pastor quien me lo estaba diciendo – era Dios. “Sí”, fue mi respuesta, y pedí perdón por mis pensamientos prejuiciosos sobre el pastor y su esposa.

El grupo de MOPS en esa iglesia ha prosperado, creciendo en cada uno de los últimos tres años, relacionándose en su comunidad para construir amistades con mamás. Ha habido vidas que han sido cambiadas. Ha habido familias que han sido impactadas.

El año pasado, nuestra antigua iglesia decidió empezar un grupo de MOPS en la plantación de iglesia ubicada en nuestro vecindario.  Nos preguntaron si podían usar nuestra cochera y el espacio del piso superior para las reuniones y cuidado de niños.  Nosotros aceptamos.

Cuando llegó el día de apertura para el nuevo grupo en nuestra cochera, decidí asistir a su primera reunión.  El grupo había creado un folleto de introducción, el cual incluía información sobre MOPS y entrevistas con cada uno de los líderes. Cuando leí una entrevista en particular, las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.  La coordinadora había hecho la pregunta, “¿Cuál ha sido la acción más bondadosa que alguien haya hecho por ti?”  Ella compartió su historia: Hacía como cuatro años, ella tenía un enorme montón de víveres en la línea de la caja registradora, sin dinero en la tarjeta, y alguien desconocido pagó la cuenta.  Explicó que ella no era cristiana entonces y estaba viviendo con su novio en unión libre.  Poco después de eso, se ha convertido en seguidora de Jesucristo, se casó con su novio, ingresó en la plantación de iglesia, y adquirió el deseo de compartir la esperanza de Jesús con otras madres.

Una vez más escuché a Dios decir, “Kim, te veo, te conozco. Te amo. Te acepto. Tengo un lugar para ti”. Estoy maravillada de la manera en que Dios demuestra Su amor y cuidado para nosotros.  Estoy agradecida por MOPS y el impacto que ha tenido y continúa teniendo en mi vida.

Kim Gentry y su esposo viven en el sur de la Florida donde cuidan de colonias de abejas para polinizar y para la producción de miel. También están criando cuatro hijos

 

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