¡Recalibremos!

Hace algún tiempo, mi esposa, Lavone, y yo, íbamos a cierto lugar en nuestro auto, no por la vía principal sino por un camino rural. Llegamos a un acantilado, e inmediatamente delante de nosotros vimos una encantadora iglesia rural. Nos pareció el modelo perfecto para una de esas pinturas de iglesias campiranas que vemos de vez en vez. Al acercarnos, sin embargo, quedamos asombrados, aquella no era una iglesia en absoluto, aunque lo había sido en algún tiempo. Ahora en el anuncio decía: “¡Antigüedades!” A la distancia se veía como un cuadro perfecto. De cerca, se convirtió en un  lugar para buscar y comprar cosas antiguas (algunos dirán: “Un yonque”).

Me encontraba en Houston en una ocasión para participar en una conferencia de líderes y tuve la oportunidad de interactuar con algunos colegas y amigos. Nos hospedamos en un cómodo hotel del centro con un vestíbulo alfombrado y elevador de cristal para transportarnos a nuestras habitaciones. Después de una sesión, uno de mis amigos y yo nos dirigimos hacia el elevador para ir a nuestros cuartos,  cuando entramos y se cerraron las puertas. Manteníamos una animada conversación compartiendo nuestros intereses y alegrías. Nuestro compañerismo se profundizó y continuó por algunos momentos de animado diálogo. Nos dimos cuenta que ninguno de los dos había oprimido el botón para activar el mecanismo. Allí permanecíamos en el elevador transparente, cerrado para todos menos para nosotros, pasando un tiempo agradable a la vista de todo Houston pero sin movernos a ninguna parte. Estábamos en un lugar igual al de muchas iglesias: un club pequeño, tibio, exclusivo que no iba en ninguna dirección y a la vista de todo  mundo.

Aquí tenemos un tercer cuadro de la “iglesia”. Yo nunca lo he visto literalmente, pero lo he experimentado en parte con una regularidad dolorosa. Pintemos el cuadro de una suite quirúrgica, totalmente equipada con maquinaria, instrumentos y cirujanos renombrados mundialmente, anestesiólogos, enfermeras y personal, en un estado de preparación de día y de noche los siete días a la semana. Este es el cuadro exacto de lo que tú esperas tener en el caso de que necesitaras entrar en el proceso de una cirugía grave. Veamos, sin embargo, debemos considerar este descubrimiento surrealista: Por períodos largos de tiempo no vemos a pacientes en necesidad de cirugías ingresar a la suite. En serio, la única acción ocurre ocasionalmente cuando alguien que ya está en el interior de la suite descubre una uña rota o un sarpullido- Aunque ninguna de las dos condiciones requiere cirugía, hay “ayuda” suficiente a la mano para ellas. El personal preparado de la suite quirúrgica—con una especialización sin paralelo—mantiene el ambiente “curativo”, inmaculado, esterilizado, ampliamente equipado, pero nunca se siente importunado por ningún paciente.

Estos son tres cuadros de la iglesia con los que esperamos no encontrarnos nunca, pero con los cuales en ocasiones estamos—iglesias con un pasado brillante pero que ahora se encuentran extintas funcionalmente hablando; iglesias organizadas para llenar las necesidades de sus miembros con una conexión cordial y un dinamismo que los atrapa de modo que nadie se percata de la falta de dirección y de movimiento; e iglesias preparadas y listas para bendecir a su mundo con una pericia, recursos y experiencia que se necesitan desesperadamente, pero que no se utilizan por razones que ignoramos.

Sin importar hasta qué punto nuestras iglesias se parecen a estas imágenes, debemos confesar que hemos perdido nuestro rumbo, y nos encontramos en la más profunda necesidad de la misericordia y la gracia de Dios. Habiendo perdido nuestra orientación, no sabemos hacia dónde es arriba o abajo, norte o sur, e incluso si aprendiéramos nuestras instrucciones, no tenemos la fuerza para ir a ninguna parte ni para hacer nada. Comparados con las historias de Los Hechos, los grandes despertamientos de la historia, y nuestros propios orígenes como iglesia, somos en el mejor de los casos un remedo de nuestra propia sombra.

Pero aquí están las buenas noticias: Cuando buscamos y recibimos la gracia de Dios, las cosas cambian y las personas cambian. Nosotros cambiamos—  no por el cambio en sí, sino para llegar a ser como Jesús, como cuerpo y como individuos, de modo que la obra de Jesús se pueda llevar a cabo en, y en derredor de los edificios a los que nosotros incorrectamente llamamos “iglesias”. Nosotros—no los edificios—somos la iglesia, ¡destinada a ser el pueblo de Dios!, vivo, creciente, expandiéndose y multiplicándose.

Tu iglesia puede llegar a un lugar de una maravillosa y profunda consciencia de lo que Dios quiere hacer por Su pueblo. Luego todos los corazones anhelantes pueden aprender cómo colaborar con Dios en amor y poder mientras Dios actúa en su comunidad.

En este momento de la Iglesia Metodista Libre, invitamos a las iglesias de todas partes a pensar, planear, y duplicar en lo que significa ser “iglesia”, y que, por tanto, debemos hacer específicamente lo que Dios quiere que hagamos. En otras palabras: ¡Recalibremos!

El Obispo David Kendall es un presbítero ordenado de la Conferencia Great Plains, elegido la primera vez al oficio de obispo Metodista Libre en 2005. Él es el autor de “El llamado de Dios a ser como Jesús”.

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