Quebrantamiento y (Verdadera) Justicia

Jesús escogió a 12 hombres para ser Sus Discípulos. Fueron sobre los que Él derramaría todo lo que deseaba compartir acerca del reino de Dios. Estos hombres llegaron a ser sus amigos más íntimos. Él invitó a estos 12 amigos a escalar un monte, sentarse y escuchar.

Estos amigos tendrían que llevar a cabo la Gran Comisión (Mateo 28:16-20), pero ninguno de ellos tenía la menor pista sobre eso en el momento en que Jesús los invitó a esta caminata. Jesús comenzó a enseñarles por medio de escuchar bienaventuranza sobre bienaventuranza sobre bienaventuranza. Uno puede imaginarse que mientras los discípulos escuchaban la creciente lista, a ellos no les pasó desapercibido que los bienaventurados fueron principalmente los pobres en espíritu, los humildes, los misericordiosos, los pacificadores e incluso los perseguidos. Mientras la lista de Bienaventuranzas era compartida en lo que nosotros conocemos como el Sermón del Monte (Mateo 5-7), el tema de todo el sermón vino a enfocarse: el llamamiento a la justicia.

¿Entendieron los discípulos lo que Jesús quiso decir por justicia? Mejor aún, ¿lo entendemos nosotros? Los que iban a ser bendecidos no eran los que declaraban su propia justicia. A los que vivían en el tiempo de Jesús y que exhibían su propia justicia claramente les dijo que eran hipócritas. En Mateo 5:6, Jesús enseña, “Bienaventurados son los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (RVR 1960)

Al parecer, no es ser justo, sino de tener hambre y sed de justicia lo que debería llamar nuestra atención.

En febrero tuve la oportunidad de asistir a la Cumbre Nacional de Oración en Spring Arbor, Michigan. Me encontraba entre las cerca de 600 personas que vinieron a buscar a Dios con hambre y sed de más de Él — más justicia, más integridad moral, más del corazón de Dios y, en particular más de Su voluntad en nuestras vidas y en nuestro mundo. El segundo día de la cumbre, tenía una sensación cada vez más grande de que no tenía idea de lo que el corazón de Dios realmente sentía al mirar al mundo quebrantado, y Su anhelo por aquellos que estaban separados de su Hacedor. Así que comencé a orar (no tiene nada de malo en una cumbre de oración). Oré y pedí a Dios que mi corazón se rompiera por lo que se rompe el Suyo. Uno de los oradores esa mañana había dicho que decimos estas palabras cuando cantamos, pero ¿realmente las decimos en serio?

Mientras oraba, llorando y suplicando a Dios para que me perdonara por mi falta de empatía, vi una imagen de un hermoso corazón de latón. Estaba embellecido con franjas y remaches que lo hacían estéticamente atractivo. Vi que tan brillante era y, en cierto sentido, puro. Pero además noté como este corazón hecho de un material duro, no podía realmente sentir. Cuando este duro corazón rozara el corazón de Dios, o incluso rozara el dolor de aquellos que estaban rotos, no podía sentir nada. Aunque había brillantez emanando del brillo del latón pulido, este corazón carecía del genuino amor de Dios.

La mañana del lunes la semana después de mi regreso de la cumbre de oración, desperté con un abrumador sentimiento de tristeza. Había padecido depresión antes, así que sabía cómo se siente, y esto no era una depresión normal. No estaba enfocada en mí misma, pero me sentía abrumada hasta el punto de que era una hazaña cumplir con las tareas necesarias de mi trabajo. Luché contra este sentimiento por un par de días, preguntándome qué me había hecho caer en esta profunda tristeza, preguntándome qué necesitaba hacer para salir de ella, y orando y pidiendo a Jesús quitara este sentimiento de mí. Fue hasta el segundo día de esta tristeza abrumadora que Dios comenzó a hacerme entender estos sentimientos. En un sentido, lo que Dios estaba comunicándome a través de la tristeza que yo sentía es que era una pequeña muestra de cómo Su corazón se rompe por aquellos que están perdidos y lejos de Él.

La imagen del corazón de latón y los tangibles sentimientos de tristeza yuxtaponen nuestro sentido de justicia aparente contra la justicia verdadera que sólo se puede obtener a través de Cristo Jesús. Pablo escribe a los cristianos de Roma diciendo. “Dios nos hace justos a sus ojos cuando ponemos nuestra fe en Jesucristo. Y eso es verdad para todo el que cree, sea quien fuere” (Romanos 3:22 NTV).

Esto significa que nadie es capaz de esforzarse lo suficiente o alcanzar suficiente altura, o establecerse lo suficientemente lejos de Cristo. La justicia se obtiene sólo por medio de llegar al final de nosotros mismos, exponiendo lo que podemos esperar que pase por la justicia por medio de corazones que realmente no sienten — aunque se vean bonitos — con hambre y sed por lo que no se hemos hecho. Bienaventurados los que tienen hamre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Carlene Nisley es pastora principal de la Confraternidad New Vision en Beaverton, Oregon.

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