Preparándonos para el Fin de la Vida en la Tierra

Sucedió una vez en una tierra muy lejana, que la visión de un hombre de dignidad en el cuidado del final de la vida se hizo una realidad.

Después de siete años de construcción, el Canciller Nicolas Rolin abrió el Hotel-Dieu (Hotel de Dios) en 1443 en Beaune, Francia. Movido por las deplorables condiciones del ciudadano promedio, Rolin creó “el palacio de los pobres”, una prestigiosa asociación que levantó los estándares del cuidado de los moribundos de una manera exponencial.

Los salones estaban adornados con tapetes flamencos, pinturas religiosas originales — algunas tan altas que alcanzaban casi 7 metros de altura, y un lujoso altar grabado a mano que rivalizaba con cualquier otro en Europa. Camas finamente labradas equipadas con sábanas limpias y destinadas para solo dos pacientes por cama — un lujo si consideramos que en aquellos tiempos la costumbre era colocar cuatro pacientes por cama. Los arquitectos aún se maravillan del piso colocado encima de un río, con piezas de cristal que permitían escuchar el paso del ruido de las aguas para llevar solaz a los pacientes y a sus cuidadores. Los pabe-llones podían levantarse hasta el cielorraso para que los pacientes pudieran observar la obra de arte pintada en él, y el mantra inscrito en los paneles de madera: Ars Sacra Moriendi, Ars Sacra Viviendi (El arte sagrado de morir es el arte sagrado de vivir).

Grupos de monjas y voluntarios cuidaban a los enfermos y moribundos. Un recién llegado era despojado de sus ropas, bañado en cenizas para aliviarlo de los piojos, y vestido con una bata. El paciente era invitado a ir al altar a confesarse y a rezar con un sacerdote. Los pabellones abiertos permitían a los pacientes escuchar mejor las oraciones, los himnos y los cantos litúrgicos que eran ofrecidos.

Aquellas personas entendían la relación entre lo espiritual y lo físico: el cuidado del cuerpo necesariamente incluía el cuidado del alma. Un cuadro pintado por un artista muestra a los aldeanos ofreciendo un almuerzo el día domingo, las enfermeras cuidando a los enfermos, los niños jugando, los músicos cantando y las mascotas olisqueando.

Dependencia en los Médicos
Avanzamos seis siglos rápidamente en el tiempo. Los avan-ces en la ciencia médica son abrumadores. Sin embargo, creo que los tonos finos llegan con una tendencia desafortunada si no es que mal comprendida. La confianza creciente en los profesionales médicos hace que los miembros de la familia, vecinos y voluntarios se sientan mal equipados para cuidar a sus seres queridos y sin ánimos de confiar en su instinto.

El Dr. Ira Byock, ex-presidente de la Academia Americana de Hospicio y Medicina Paliativa, comentó que a pesar de todos estos logros en la medicina. Las dos últimas generaciones de estadounidenses, en general, han tenido una muerte tranquila. Los estadounidenses gastan más dinero en medicinas y en cuidados de alta calidad al final de la vida que cualquier otra sociedad en la historia. Los médicos actuales tienen un arsenal a su disposición para controlar los síntomas físicos como la falta de aliento, la nausea o el dolor. Sin embargo, para muchos de nosotros, en el momento de la muerte, como que algo esencial está haciendo falta.

Cuando me inicié en mi primera unidad de educación clínica profesional en el Hospicio del Bluegrass en 2005, una compañera trabajadora social hizo una presentación didáctica sobre los conceptos culturales del cuidado al final de la vida.

Magdalena Lehman llegó a los Estados Unidos desde Suiza. Ella compartió que su familia nunca la cuestionó porque su abuela viviera en su hogar en sus últimos años; se asumía que así debía de ser. A la edad de 8 años, ella recordó que participaba en el cuidado de su abuela el día en que ella falleció en su casa. Ella ayudó a preparar el cuerpo para ser velado, lo que tuvo lugar en su residencia. Lehman recuerda su asombro ante el poco contacto físico en general de los estadounidenses en el cuidado de sus ancianos.

Según estudios, 80 por ciento de las personas prefieren morir en sus casas, sin embargo 80 por ciento de los ancianos mueren en hospitales y asilos. (La internación en un asilo puede ser viable y una buena elección para algunas personas y pacientes).

Yo estoy cada vez más consciente hasta qué grado la cultura en Estados Unidos es una negación acerca de la realidad de la muerte. Al avanzar uno en edad, la única cosa cierta es la muerte y los impuestos. Sin embargo, he visto una y otra vez, qué tan mal pueden estar las familias para aceptar esta realidad, incluso si su ser amado es de una edad avanzada y con creencias cristianas bien firmes.

El Dr. Lawrence Schneiderman planteó muy bien el dilema en una conferencia a la que asistí sobre las futilidades médicas: “En tiempos pasados, asistíamos a la iglesia y orábamos que Dios hiciera un milagro. Ahora vamos al hospital y demandamos el milagro”.

La tradición hipocrática deseaba restaurar la salud y aliviar el sufri-miento. Hipócrates hubiera encontrado grandes dificultades en ima-ginar una cultura médica que pudiera prolongar la vida más allá de lo que la naturaleza permite.

Cambios en la Iglesia
La cultura médica no es la única que es una negación. Observamos cierto fenómeno de cambio dentro de la iglesia.

Hace unos cien años, generalmente las tumbas se encontraban al lado de los edificios de las Iglesias. Los adoradores tenían un recordatorio cuando pasaban al lado de aquellas tumbas de que ese era también su destino. ¿Cuándo fue la última vez que viste una tumba construirse al lado de un templo?

Hace cien años, muchos de los himnos hablaban, usualmente en su última estrofa, de la realidad de la certeza de la muerte y la esperanza del cielo. Es cierto que la esperanza en el cielo ocasionalmente puede escucharse en las canciones moder-nas, la realidad de la muerte es mucho menos prevalente.

Todos estos cambios son dema-siado deprimentes porque entre los que mueren están nuestros mejores maestros.

Diane Muñoz, es presbítero Metodista Libre ordenada, sirve como capellán de tiempo completo en el Hospicio del Bluegrass, y es vicepresidenta de la Asociación de Capellanes Metodista Libre.[/caption]

A Dios gracias, el concepto occidental de lo que es un hospicio está permitiendo y preparando a las familias una vez más, a cuidar a sus seres queridos. He visto esposas, hijos, hijas, nietos, sobrinas y sobrinos ofrecerse para cuidar a sus seres queridos, a menudo presencian lo que nosotros llamamos un “bien morir”. Las necesidades físicas, emocionales y espirituales son atendidas. Los pacientes son rodeados por sus familias a la vez que escuchan los sonidos familiares, voces y aromas dentro del espacio sagrado de un lugar familiar.

Aunque no es fácil, los miembros de la familia que se acercan al lecho de muerte tienden a que sus procesos de sufrimiento sean menos difíciles después de que muere algún ser querido. He escuchado historia tras historia y visto de primera mano la gracia de Dios siendo derramada cuando una persona se acerca a la muerte. En ocasiones este peregrinaje se completa con vislumbres de un ser querido que ve cosas al otro lado, o tiene conversaciones con seres queridos ya fallecidos.

Ahora es el tiempo de tener una conversación con tus seres queridos sobre cuál es tu esperanza y deseo para el final de tu vida sobre esta tierra. Ahora es el tiempo de poner tu confianza en que tu familia podrá proporcionar ese cuidado. La muerte tiene el poder de sanar porque tiene el increíble poder de poner la vida en perspectiva y sacar a flote las prioridades importantes. El arte de morir puede convertirse en el arte de vivir.

Como Henri Nouwen, un teólogo con maestría en cuidado pastoral, lo dijo muy acertadamente: “Las únicas personas preparadas para vivir son aquellas que están preparadas para morir”.

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