Oración en el Jet

Hace varios años, abordé un 737 rumbo a Etiopia.  Era mi primera vez en una misión al extranjero.

Tan pronto como perdimos contacto con la pista de despegue, enfrenté una inquietante realidad: Yo no quería ir.

No es que tuviera temor de volar, tampoco que hubiera algo más importante qué atender de mi parte.  En un momento de claridad, me di cuenta que en realidad no entendía, o afirmaba la razón por la que íbamos.

¿Para qué íbamos a África?

Íbamos a plantar árboles.  Para Jesús.

La invitación había venido de mi amigo Steve Fitch, fundador de Proyectos Edén.  No había sido invitado porque tenía algo que añadir a la conversación.  Había sido invitado porque Steve tenía algo que quería que viera.  Edén tenía múltiples áreas de reforestación en Etiopia en áreas despojadas por generaciones de gente que utilizaba los árboles para venderlos en el mercado, cocinar y calentar sus hogares.  Algunas regiones se habían convertido tan áridas que la vida silvestre se había ausentado y la tierra había perdido su fertilidad.  Y lo que es peor, con la falta de maleza y un sistema de raíces saludable, los deslizamientos de la escarpa y las laderas habían creado desfiladeros masivos de erosión que no solo estaban destruyendo la tierra y el lago abajo, pero estaban creando refugiados ambientales.  Esta gente no tenía nada más que su tierra y no tenían lugar a donde ir si se les despojaba.  La deforestación estaba destruyendo comunidades.

Entre otras cosas, Edén se enfoca primero en emplear gente de la comunidad para plantar plantas tiernas, nutrir su crecimiento, y luego trasplantarlas en las áreas de erosión.  La meta es la creación de trabajos, cuidado ambiental, y desarrollo comunitario.

Ahí residía mi problema: yo era muy conservador en todo, crecí creyendo que cualquier cosa que tuviera que ver con acción social era casi seguramente una desviación del evangelio.  Aunque yo no entendía por completo el evangelio social histórico al que la generación que me antecedía parecía temer, yo sabía que no tenía fundamento.

Mi fe se había consumido casi por completo sirviendo a la gente salva, bendiciendo a la gente bendecida, y sintiendo lástima por la gente perdida.  Nunca consideré el cuidado de la creación, iniciativa social, o desarrollo comunitario tan importante o relevante para mí.  Aunque parecía un trabajo humanitario bueno y necesario para otros, no parecía aplicable a mi camino de fe como líder de iglesia, y era demasiado miope como para tener un verdadero significado eterno para los demás.

Yo estaba en ese avión porque un amigo me había pedido que fuera.  Yo acepté porque Dios me había llevado recientemente en mi propia jornada que para siempre cambió mi manera de “hacer” iglesia.  Mi esposa Jen, y yo habíamos pasado los últimos años aprendiendo a servir, involucrándonos en asuntos de pobreza, indigencia, y necesidad de ayuda.  Pudiera haber parecido como si este viaje estuviera en mi línea.  Pensé que había salido de eso para poder ver a través de una lente nueva; ciertamente yo ahora era de mente más abierta que antes.  Sin embargo aún parecía que haciendo una conexión entre plantar árboles y el evangelio era como extenderme al límite.

Yo no veía en el itinerario del viaje en qué momento íbamos a compartir las buenas nuevas.  Todo estaba bien, pero ¿cómo les íbamos a hablar de Jesús?

Las señales de mi angustia eran obvias.  Escasamente una semana antes del viaje, un amigo me había preguntado por qué iba. No le dije que íbamos a plantar árboles.  Le dije que íbamos a hacer un trabajo de desarrollo comunitario con pastores locales.  Eso de alguna forma era  verdad. . .  pero no muy específico.

Sencillamente yo no podía forzarme a decir que íbamos a plantar árboles.  No podía encontrar las palabras.  Así que oré: “Dios, lo siento.  Lo estoy intentando, pero simplemente no lo entiendo.  No quiero estar en este avión.  Siento como que estoy perdiendo tiempo y dinero.  Si esto es importante para ti. Por favor ¿puedes vencer mi ignorancia, duda, y ceguera?  Por favor une los puntos y muéstrame lo que se me está escapando  Amén

En el momento que abrí mis ojos, alguien me tocó sobre el hombre derecho, volví mi vista y ahí estaba un hombre nativo de Etiopia, bien vestido, de unos treinta años o más con una mirada inquisitiva en su rostro.

“¿Para qué vas a Etiopia?”, dijo con un fuerte acento.

“Vamos a plantar árboles”, le solté.

No estaba seguro de por qué dije eso.  Era como una confesión.  Entonces me preparé para su respuesta.  ¿Qué estaba pensando él?  ¿Qué pensaba yo?  ¿Quién era yo para venir a otro país y pensar que iba a hacer alguna diferencia?

Silencio.  Entonces una anciana etíope se inclinó hacia el hombre y le habló en amhárico.

Ella empezó a llorar.  Se levantó, agitando sus manos en el aire, continuaba hablando en amhárico en voz alta.

Todos los de esa sección del avión la podían oír.

“¿Qué sucede?”, pregunté

“Mi madre me preguntó qué vas a hacer a Etiopia.”

“¿Qué le dijiste?”

“Le dije que ibas a plantar árboles”.

“¿Que está diciendo ella?”

“Mi madre está diciendo que por 38 años ha estado orando para que Dios los perdone por despojar su tierra, y que por favor envíe a alguien a plantar árboles”.

La mujer  me dio un golpe leve en la cabeza con su mano, cerró sus ojos, y empezó a orar por mí en medio del avión.  Tan fuerte como podía entre su llanto… ella oró por mí.

En un momento yo gané un nuevo aprecio por lo que significa ofrecer esperanza por medio de vincularse con la necesidad.  Mi corazón se quebrantó por ella.  Y yo me sentía increíblemente humilde.  Mucha gente había venido antes que yo para ayudar con esta necesidad.  La reforestación en África obviamente no empezaba conmigo.  Hasta este punto yo no había hecho nada fuera de algún apoyo económico para la organización por medio de nuestra iglesia.  Pero esto no le importaba a la mujer.  Quienquiera que plantara árboles en Etiopía era buenas noticias para ella.

Lo vi aún más claramente en la tierra.  Vi árboles plantados, trabajos creados, escuelas fundadas e Iglesias plantadas.  Cientos de personas estaban llegando a la fe, comunidades enteras eran renovadas con esperanza por la obra del evangelio.

Mi evangelio era demasiado pequeño.2751848_2936074_1470066030

Brandon Hatmaker es el pastor fundador de Austin New Church y el autor del recién publicado libro de Nelson Books “Una Milla de Ancho: Cambiando una Religión Vacía por una fe más Profunda” del cual este artículo es un extracto.

Tomado de “una milla de ancho” por Brandon Hatmaker. Copyright © 2016 por Brandon Hatmaker. Usado con permiso de Thomas Nelson. www.thomasnelson.com. (Taken from “A Mile Wide” by Brandon Hatmaker. Copyright © 2016 by Brandon Hatmaker. Used by permission of Thomas Nelson. www.thomasnelson.com. Click here for the article in English)

 

More from Brandon Hatmaker

Música de Adoración en los Cines

Aún si el nombre Hillsong no te parece familiar, probablemente has pasado...
Read More

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *