Mi Peregrinaje de Lamento

“Bienaventurados los que lloran”. No sé tú, pero yo he luchado con ese versículo en particular. Principalmente porque he llorado muchas veces en mi vida. Mi esposo y yo hemos sufrido pérdida tras pérdida, y, en ese momento, ciertamente no me sentí bendecida. Tuve gran cantidad de emociones: Me sentí maldecida, solitaria, traicionada, encolerizada, y claramente deprimida, pero bendecida no era una parte de ellas.

También he luchado con las acartonadas palabras de consuelo de personas en tiempos de lamento: “Dios nunca nos manda más de lo que podemos soportar”. “Solo personas especiales como tú pasan por este tipo de circunstancias, eso significa que eres lo suficientemente fuerte para pasar por ellas”. Lo peor de todo es que haya oraciones que comienzan con las palabras: “Por lo menos…”. “Por lo menos todavía tienes salud”. “Por lo menos te queda más familia”. “Por lo menos sabes que todavía puedes tener otros hijos”.

Por favor ya deja de usar palabras como ésas para tratar de consolar a alguien. Yo estoy aquí para decirte que nada bueno puede venir después de las palabras: “Por lo menos…” En ellas no hay ninguna empatía. Solamente es el deseo de tener algo que decir para romper el silencio, y la manera de romper el silencio no siempre resulta útil.

Creo que el mejor lugar para comenzar es contarte acerca de mi propia experiencia para que sepas de dónde vengo. Yo crecí en una especie de burbuja. Tuve dos padres maravillosos que me amaban profundamente y me apoyaban en todas mis aventuras. Mi padre es un pastor bautista, y yo provengo de un trasfondo increíblemente conservador.

Yo no soy lo que puede llamarse una persona conservadora. Tengo tatuajes, tengo perforados los lóbulos de las orejas y rasurada la mitad de mi cabeza, y el resto del pelo teñido de colores rosa y púrpura. Mis ideas y creencias tienden a inclinarse hacia lo no conservador. Y en eso soy tan afortunada, aunque mis padres puedan no siempre haber entendido lo que hago y lo que soy, nunca han dejado de amarme y apoyarme. Esto es importante que lo sepas, porque creo que a mí me sirvió para llegar a ser lo estable que soy después todo lo que he sufrido y perdido.

Conocí a mi esposo, Adán, en la Universidad. Él me ha hecho reír, sentirme amada, casi por 17 años me ha calentado los helados dedos de mis pies, él es mi refugio seguro, mi media naranja, y el amor de mi vida. Hay ocasiones en que quiero darle de cachetadas, pero luego me doy cuenta de que yo soy igual de dura y frustrada. Peleamos, nos perdonamos y luego seguimos adelante. No es fácil (y con frecuencia es ridículamente difícil) amar a la misma persona en las buenas y en las malas, pero vale la pena.

Mi esposo y yo decidimos tener familia después de cumplir dos años de casados. Tuvo que pasar casi otro año para que yo pudiera quedar embarazada de nuestra hija, Alexis. Cuando quedé embarazada nos llenamos de emoción.

Después de que nuestra hija nació, nos dimos cuenta de que venía con el síndrome de down. ¡Pum! Otra pérdida, pero no, no la perdimos, pero sí perdimos la vida que esperábamos vivir. Luego pasó por una serie de ataques tan severos que la dejaban totalmente sin fuerza. ¡Pérdida! Cuando tenía 2 años, descubrimos que también era autista. ¡Otra pérdida!

Cuando cumplió 6 meses (sin habérnoslo propuesto de ninguna manera), quedé embarazada por segunda vez, de Malaquías, fue algo totalmente abrumador, pero también nos llenamos de emoción. Sin embargo, cuando nació nuestro hijo, obviamente algo no andaba bien con su carita. Sus ojitos no se mantenían quietos, pasamos por toneladas de estudios, y finalmente descubrieron que tenía un problema que se conoce como craneosinostosis. Cuando tenía 18 meses, pasó por una cirugía en toda la parte frontal de su cráneo. Pasamos semanas en el hospital para esta y otras muchas cirugías. La vida de nuestros sueños se había ido de donde pudimos haber vivido normalmente como padres ¡Pérdida!

Poco después de la cirugía de Malaquías, supe que estaba embarazada de nuevo. Perdí ese bebé ¡Otra pérdida! Después de que Malaquías se recuperó y regresamos a casa, terminé embarazada de nuevo, ese bebé también lo perdí: ¡Pérdida! No mucho después de eso, perdimos a la abuela de Adán de manera repentina (Siempre amará a esa alegre señora que alguna vez quiso poner en mi café algunas mentas que producen alcohol y que se cultivan en el este y norte de Europa “sólo para ver qué pasaba”. ¡Pérdida!

Por un tiempo las cosas parecieron mejorar. Comenzamos a sanar y a recuperar nuestras vidas. Luego pasó lo inesperado, mi suegra, de sólo 56 años en el momento, fue diagnosticada con cáncer de etapa 4 en los pulmones que ya había hecho metástasis a su cerebro. Fue sometida a una cirugía para extirparle el tumor, cosa que de inmediato fue una amenaza para su vida, pero aún estaba demasiado delicada, y no la tuvimos con nosotros por mucho tiempo después de eso Yo tenía una relación increíblemente cercana con mi suegra. Ella era una de esas personas a quien yo podía llamar a las 2 de la mañana cuando tenía miedo por las altas temperaturas de mi hijo. Cuando me encontraba molesta en la oficina del doctor porque no me escuchaban, ella amenazó con llegar a la oficina y poner las cosas en su lugar. Ella me cuidaba las espaldas como nadie más. ¡Pérdida!

A estas alturas de mi vida, comencé a endurecerme. Como pueden imaginar. Me habían dicho tantas cosas en mi cara. Todas esas cosas que existen y te repiten, de que te van arrojar a la calle. Me las decían con al fin de ayudarme, pero de nada me servía. Más bien eran un obstáculo para mi proceso de sanidad—aunque debo aclarar que me eran un obstáculo porque yo así lo decidía. No estoy tratando de echar culpas de mi falta de sanidad sobre otras personas. Algunas veces, cuando se trata de lloro, nosotros mismos somos nuestro peor enemigo.

Seguí adelante, un poco más fuerte, un poco más débil, un poco más dura, y un poco más amorosa, todo a la vez. Tuvimos a nuestro tercer bebé, esta vez, las cosas parecían normales en lo que se refiere a las labores de parto y al nacimiento del bebé. Pensábamos que nuestro Zacarías sería nuestra Adelaida, pero eso es otra historia, y más chusca.

Salí embarazada y una vez más perdí a mi bebé. ¡Pérdida! Por la cuarta vez, un embarazo fallido a los pocos meses. ¡Pérdida!

En 2017, la locura de nuestra vida comenzó a hacer estragos en mi cuerpo. Un buen día sufro de insomnio, y si has estado atento, puedes deducir que durante este período de nuestras vidas no tuvimos muchos “días buenos”. En este punto es donde mi cuerpo decide pasarme toda la factura completa. Comencé a sufrir desvanecimientos a causa de la fatiga excesiva. Fue el momento más negro de nuestras vidas. Al principio, no sabíamos lo que estaba pasando, o si yo tendría algún tumor. A Dios gracias, mi condición tenía remedio. Todo lo que me hacía falta era dormir más de dos horas cada noche. Sin embargo, durante este tiempo yo no podía conducir o hacerme cargo de mí misma. ¡Pérdida!

Menos de un mes más tarde, repentinamente perdí a mi querida abuela. Sigo esperando recibir en el correo una tarjeta de su parte encargándome ser “buena chica”, con una bolsa de regalo, y en su interior un desodorante, un talco, calcetas y chocolate. Todo sucedió de repente, y fue un duro golpe para todos nosotros. ¡Pérdida! Unos meses después, perdimos a la madrastra de Adán de la misma manera repentina. Nuestra “Granny Red” era una chispa con el corazón más grande que te hubieras imaginado. ¡Pérdida!

Parecía haberse formado en nuestras vidas un patrón por el que sufríamos pérdidas severas, y antes de poder llorar de una manera apropiada, sucedía algo más que solo se acumulaba y nos aplastaba. ¿Cómo podíamos pensar que hubiera una bendición en este gran desastre que eran nuestras vidas?

Entonces sucedió, con todo, yo tuve que tocar fondo antes de siquiera pensar en regresar. Soy una persona muy diferente de lo que fui antes de sufrir mis pérdidas. Me veo en mis años de joven, engreída y soltera. Me dan ganas de estrangularla. Creo que en esa etapa de alguna manera todos somos iguales.

¿Realmente todos quisiéramos poder regresar a una versión más joven de nosotros mismos y decir: “¡Por favor! Por el amor de todo lo que significó esa década de los 90, ya deja de usar tantas ligas elásticas y pantalones entallados? ¡Con esa apariencia ninguna muchacha se vería atractiva! Espera, no es eso lo que quise decir (lo siento, debí haber suavizado las cosas por un momento). Aunque, por dentro y por fuera he cambiado mucho de aquella joven que pensaba que lo sabía todo y que nada se le escapaba.

Esa es la clave. Cambiamos y nos transformamos en personas diferentes cuando lloramos. Es terrible. Es devastador. Huele más mal que cualquier cosa. Llorar siempre será lo peor. De hecho, esa es su definición. Posiblemente no de acuerdo con el diccionario, pero sabes lo que quiero decir. Fui la más humilde entre los humildes cuando esto llegó a su culminación en mi vida. Finalmente, puedo decir después de mucha reflexión, reposo, lloro, de golpear paredes, terapia, oración y ayuda de amigos y familia, que soy una persona mejor gracias a todas las cosas que me han sobrevenido. Inclusive, hace uno o dos años, no lo hubiera creído así. Podía haberlo dicho, pero solo para guardar las apariencias, hubiera sido solo de los dientes para afuera.

“Bienaventurados los que lloran”. Incluso ahora, sintiendo la paz que yo siento, como que esas palabras se sienten como un gancho al hígado. Sin embargo, es muy cierto, y permíteme decirte finalmente la razón porqué creo con toda firmeza que soy una mejor persona después de todas mis pérdidas. No estoy tratando de aplicar otro cliché (Realmente no me gustan). La verdad es que yo era muy frívola antes de pasar por todo lo que pasé. Lo digo de corazón. Yo siempre fui de buen corazón y me gustaba compartir con los demás, pero en este momento te digo que, con intencionalidad o no, siempre he tratado de enfocar a mí misma todas las situaciones de la vida. Puedo intentar echar culpas a la juventud o a la inexperiencia, pero la verdad es que hay afuera gran cantidad de jóvenes que no se han involucrado a una edad temprana. Me mata mirar hacia atrás y pensar en cuánto tiempo pasé pensando a esa edad en mí misma, pero siempre se aprende  en la vida.

Ahora debo aclarar algo: Yo no creo que Dios me haya puesto necesariamente en medio de todas estas pruebas solo para quebrantarme y hacerme una nueva persona. Creo que vivimos en un mundo quebrantado, y pasan cosas terribles. Sin embargo, creo que Dios me moldeó, y estoy tan agradecida que me aferré a Él en mi sufrimiento. Pude haber tomado la dirección opuesta. Pude seguir siendo una amargada. Pude haber permitido que mi sufrimiento me separara de mi esposo. Pude haber permitido que la terrible pérdida que estaba sintiendo saturara cada movimiento mío y me impidiera hacer el bien en mi comunidad, estableciera relaciones y creciera como persona. Gracias a Dios que las cosas salieron como salieron.

Quiero terminar con una palabra que viene después del lamento: La fortaleza: “Torre fuerte es el nombre del Señor. A él correrá el justo, y será levantado” (Proverbios 18:10, RVR1960). “No estén tristes, pues el gozo del señor es nuestra fortaleza” (Nehemías 8:10). “No te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa” (Isaías 41:10). ¿Te das cuenta del patrón en estos versículos? Yo sí.

Antes de todas mis pérdidas yo ya era débil—fácilmente derribada y desviada. No estoy diciendo que soy la Mujer Maravilla ni nada parecido, pero ahora soy mucho más fuerte, soy más accesible, más amable, más generosa. Soy mucho menos enfocada en mí misma. Aún soy muy imperfecta, pero soy una mejor persona después de todo mi lamento. Hasta diré que soy bienaventurada. Y eso realmente cierra el círculo. Malas decisiones y todo (todo lo tuve que atar). No me arrepiento por todas las cosas malas que han pasado en mi vida.

De ser “llorona” pasé a ser una “mujer fuerte”. De ser “quebrantada” pasé a ser “bienaventurada y dichosa”. No es proceso fácil. Eso sí. Pero vale la pena, con todo, puedo decir por experiencia, con toda veracidad y sinceridad: “Bienaventurados los que lloran”.

Emily Davidson es una consumada pianista de música clásica, una madre y ama de casa y escritora independiente para la Revista de Padres de Niños Autistas y otras publicaciones. Adán, su esposo, es el pastor principal de la Iglesia Metodista Libre de Portage, (Michigan).

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