Los Pactos Ardientes Pueden Durar por Siempre

¡Hace Cincuenta años!

Lo que me asombra es saber que el avivamiento de Asbury en 1970, que transformó a docenas de campus de universidades cristianas y alcanzó mi iglesia cundo yo tenía 14 años, sucedió hace medio siglo. La Universidad de Asbury acababa de celebrar su año de Jubileo del derramamiento del Espíritu de Dios en su campus de Wilmore, Kentucky, en febrero de 1970.

Sé que tratar de describir una experiencia de por sí indescriptible puede ser desagradable. Trataré de no molestarte si te lo comunico en esencia: “Tenías qué haber estado ahí”.

Pero debo dar testimonio del hecho de que en mi propia vida la presencia manifiesta de Dios entró en la Iglesia Metodista Libre de Spring Arbor (llevada como carbones encendidos del fuego de Asbury), de una manera literalmente inolvidable. Yo formaba parte de un grupo de jóvenes que, antes del avivamiento, a regañadientes estábamos en el servicio sentados en la galería juntos, masticando goma de mascar, charlando unos con otros y pasándonos notas. Y luego Dios llegó. Lo que parecía impulsar la presencia de Dios en el espacio fue muy sencillo. Comenzó cuando los estudiantes de Asbury comenzaron a hablar sobre cómo Dios había llegado a su entorno. Muy pronto, las personas cayeron bajo la convicción del Espíritu Santo y comenzaron a confesar sus pecados, arrepintiéndose de la hipocresía y de la religión vacía, disculpándose unos con otros por las faltas que habían cometido, perdonándose unos a otros y cayendo unos en brazos de otros, reconciliándose. Las oraciones estaban cargadas de electricidad, apasionadas, vulnerables, reales. El espíritu de adoración fluía entre la congregación, con alabanzas espontáneas, manos levantadas hacia el cielo, lágrimas resbalando en muchos rostros mientras las personas percibían la innegable presencia de Dios. El arrepentimiento llevaba a las conversaciones, restauraciones, y al clamor de más de Dios. Personas que habían conocido a Dios en un nivel superficial toda su vida finalmente lo conocían en la intimidad de un amor abrumador. Tuve el privilegio de sumergirme en su realidad. Casi todo el grupo de jóvenes migraron de la galería a las primeras filas del santuario. ¡No queríamos perdernos de nada!

 

En aquella atmósfera, era fácil hacerle promesas a Dios. ¿Quién sabe cuántos pactos se habrán hecho durante los años de la adoración pública que siguió? Yo sé que muchos de los demás jóvenes y yo nos entregamos a Dios para lo que Dios quisiera hacer con nuestras vidas. Invitamos al Espíritu Santo a “derretirme, moldearme, a llenarme, a usarme”, para citar uno de los coros populares de la época. No tengo ninguna duda de que el Espíritu de Dios me llenó durante aquellos días, y mi experiencia era la de muchos.

Algunas de las evidencias fueron que crecimos en amor y en la adoración a Jesús con una pasión nueva; orábamos juntos todas las mañanas para testificar con denuedo a nuestros compañeros estudiantes; se activaban los dones espirituales, y jóvenes y ancianos eran empoderados para predicar y enseñar la Biblia, exhortarse unos a otros a vivir como discípulos fieles e interceder por los enfermos, muchos de los cuales fueron sanados. Los adolescentes dirigían la alabanza en el poder del Espíritu; vimos hijos e hijas pródigos regresar a la casa del Padre. Anhelábamos crecer en la gracia, devorábamos la Biblia, orábamos en agonía por la misión de Dios alrededor del mundo. ¡Ya no éramos el mismo grupo de jóvenes!

¿Cómo explicar aquel tiempo inusual en mi vida? ¿Qué debemos entender teológicamente, acerca del rol del Espíritu en la vida de individuos creyentes y en la iglesia?

Estoy agradecida de que el Libro de Disciplina Metodista Libre enseña con amplitud sobre la persona y obra del Espíritu Santo. Nos ofrece un fundamento para nuestra comprensión de las Escrituras, así como nuestra teología wesleyana y la historia Metodista Libre. Una breve búsqueda en el Libro de Disciplina te mostrará abundantes recursos. Aquí tenemos una muestra:

El Espíritu Santo – Su Persona

¶105 (2.4 en la edición mexicana de la Disciplina), El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Procediendo del Padre y del Hijo, él es uno con ellos, la eterna Deidad, igual en divinidad, majestad y poder. Él es Dios actuando en la creación, en la vida y en la iglesia. La encarnación y ministerio de Jesucristo fueron consumados por el Espíritu Santo. Él continúa revelando, interpretando y glorificando al Hijo.

 

El Espíritu Santo – Su Obra en la Salvación

¶106 (2.5) El Espíritu Santo es el administrador de la salvación planeada por el Padre y provista por la muerte, resurrección y ascensión del Hijo. Él es el agente activo en nuestra convicción, regeneración, santificación y glorificación. Él es la esencia misma del Señor, siempre presente con nosotros, morando en el creyente, asegurándolo y capacitándolo.

El Espíritu Santo – Su Relación con la iglesia                                                                                                 

¶107 (2.6) El Espíritu Santo es derramado sobre la Iglesia por el Padre y el Hijo. Él es la vida y el poder testificador de la Iglesia. Él otorga el amor de Dios y hace real la soberanía de Jesucristo en el creyente de modo que sus dones de la palabra y del servicio alcancen el bien común y edifiquen a la Iglesia. En su relación con el mundo él es el Espíritu de verdad, y su instrumento es la Palabra de Dios.

Santificación                                                                                                                                                            ¶119 La Santificación es aquella obra salvífica de Dios comenzando con nueva vida en Cristo por la cual el Espíritu Santo renueva a Su pueblo conforme a la semejanza de Dios, cambiándolos por medio de la crisis y el proceso, de un grado de gloria a otro, y conformándolos a la imagen de Cristo.

Cuando los creyentes se rinden a Dios en fe, y mueren al yo por medio de la completa consagración, el Espíritu Santo los llena con amor y los purifica de pecado. Esta relación santificadora con Dios remedia la mente dividida, redirige el corazón hacia Dios, y empodera a los creyentes para agradar y servir a Dios en sus vidas diarias.

Así, Dios libera a Su pueblo para que lo ame con todo su corazón, alma, mente, y fuerza, y ame a su prójimo como a sí mismo.

Como es claro en estos pasajes, Dios obra en nuestras vidas a través de momentos de crisis, que pueden ser “experiencias cimeras” o tiempos de crisis en el sentido normal de esa palabra—pérdida, tiempos difíciles, dudas—que se han incrustado en un proceso durante nuestras vidas. Por la gracia de Dios, nosotros crecemos más y más hacia la semejanza de Cristo. Cuando nos rendimos a la voluntad y propósito de Dios una y otra vez, Dios puede usarnos para llevar a cabo las buenas obras que Él preparó antes para que nosotros las hiciéramos (Efesios 2:10). Si andamos en la luz, confesando nuestro pecado cuando lo cometemos, y recibimos el perdón de Dios, seguimos experimentando la luz de una conciencia clara y el gozo de la comunión unos con otros (1 Juan 1:7-9).

Algunas ocasiones me pregunto por qué no podemos siempre vivir en el “punto máximo” del avivamiento que recuerdo. Recientemente hablé del tema con mi mentor, el Dr. Howard Snyder. Su respuesta fue que la temperatura normal del cuerpo de 98.6 grados Fahrenheit. El “pico de temperatura” que se da durante las visitas inusuales del Espíritu Santo se supone que no son para la vida normal. No tenemos que vivir toda nuestra vida a esa temperatura. Pero los pactos realizados en esas ocasiones cuando Dios está “más cercano de lo que las manos y los pies nos pueden llevar” (fmchr.ch/tennyson). Dios recuerda esos votos y cumple con Su parte del pacto, obrando en cualquier circunstancia para “santificarnos por completo” para Su honra y gloria. La presencia diaria del Espíritu Santo hace que Jesús sea real para nosotros, cultiva el amor por Dios y por el pueblo, y nos transforma en seguidores de Jesús totalmente dedicados.

¿Quiero que la iglesia sea reavivada de Nuevo? ¡Apuesto que sí! Oro para eso. Le pido a Dios por un Nuevo despertamiento en nuestra iglesia y nuestra tierra, muchos más conocerán al verdadero Dios viviente. Hasta entonces, todos los días yo invito al Espíritu Santo a que llene mi vida y me use para Su gloria. Espero que tú lo hagas también.

La Obispo Linda J. Adams, D. Min, fue elegida a la Junta de Obispos en la Conferencia General de 2019 después de servir por 11 años como directora de ICCM. Anteriormente ella sirvió como pastora en Nueva York, Illinois y Michigan. Como obispa, ella supervisa los ministerios Metodistas Libres en las porciones Norte y Norte Centro de los Estados Unidos, y en Latinoamérica.

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