Llamados al Mundo y a los Vecinos

Dios llama a Su pueblo a ir y compartir Su historia en Nigeria, Nepal o Nicaragua. A algunas personas les manda permanecer en casa. Dios nos llama a todos a escuchar y seguirlo.

Yo tenía 13 años cuando sentí el llamado. Sentada en una banca de madera con asiento de dos piezas en la última fila, en la carpa del Campamento Familiar Covenant Hills. El corazón se me salía del pecho. Es que pasarnos notas unos a otros parecía ser nuestro pasatiempo favorito en lugar de escuchar un sermón más. Esa noche yo no había puesto atención a una sola palabra del sermón. Al acercarse el final del servicio, sin embargo, el misionero hizo la invitación: “Si tú sientes que el Señor te está llamando al ministerio de tiempo completo, pasa al frente y arrodíllate ante el altar”. Mi corazón saltaba, y yo sabía que tenía que pasar, pero me sentía culpable. ¿Cómo me podía hablar Dios a mí? Mientras se escuchaba la música, yo no podía luchar en contra del Espíritu Santo. Dios me estaba llamando y yo tenía qué responder.

Mis primeros pensamientos después de esa noche se enfocaban en que yo tendría que ir a otro país. Seguramente, siendo que el llamado provino de un misionero que venía de ultramar. Después de muchos años de leer biografías de misioneros como Gladys Ailward, George Mueller y David Livingstone. Yo ya tenía el corazón lleno de fe y una imaginación llena de aventura. ¿Seguiría los pasos de Ailward a China y quitaría las vendas de los pies de las mujeres? Es posible que oraría cada día a Dios para que proveyera alimentos y abrigo para los huérfanos, igual que Mueller. Quizás alguna región de la jungla africana aún no registrada necesitaría de mis habilidades para hacer los mapas de Livingstone.

Alerta a los consentidores: Aquel campamento familiar es lo más cerca que he estado de algún lugar para pasar la noche:–hostal, orfanato, cabaña, o cualquier otro.

Sí, en cambio Dios me ha enviado a mi propio hogar, aquí, en Lansing, Michigan. Entre mis lugares de ministerio se encuentran escuelas y comunidades urbanas, centros juveniles de rehabilitación y cárceles, refugios de fin de semana para indigentes, y el interior de las puertas de mi iglesia. Al paso de los años, me di cuenta que los verdaderos misioneros se definen no por el lugar en el que están, sino por quiénes son. Sigo aprendiendo que la aventura está en la siguiente puerta, y que cada persona que me rodea tiene una historia que contar. Cuando la historia de Dios, mi propia historia y la de esas personas se juntan, cosas buenas suceden y las cosas de Dios suceden.

Nueve años atrás. Sentí la confianza de que mi ministerio estaba bien definido.  Después de permanecer en casa mientras mis dos hijos eran pequeños, había llegado el tiempo en el que comenzarían a asistir a la escuela. Aunque yo había ministrado en algunas capacidades, me emocionaba disponer de más tiempo para el ministerio. Tomé parte del personal de tiempo parcial de la Iglesia Metodista Libre Central, de Lansing. Pero Dios tenía otro plan. A los cuatro meses Dios me pidió que diera clases en casa a mi hijo. Luché por un mes con Dios al respecto. ¿Mi queja principal? “Mi mundo se reducirá”. Seguí la voluntad de Dios, pero en mi interior yo cuestionaba los caminos de Dios. ¿Para qué me llamó Dios si me iba a dejar encerrada en mi casa?

En alguna manera que sólo Dios puede diseñar, dar clases en casa no solo fue bueno para mis hijos, para mí también fue una gran alegría. Algo que nunca pensé que decidiría fueron los ocho años de peregrinaje para aprender y crecer juntos. Pero eso no fue todo. ¿Ese era el pequeño mundo del que yo me quejaba con Dios? Descubrí que es un pequeño mundo después de todo. Seis meses después de iniciar las clases en casa, un grupo grande de inmigrantes nepaleses comenzaron a asistir a nuestra iglesia. Al finalizar el primer verano, en un evento que organizamos en la iglesia, asistieron más oradores nepaleses que los del idioma inglés. Dios no solo me envió a casa, envió al mundo a mi casa. Y lo hizo a través de un número de personas que escucharon el llamado de Dios para ellos.

Anu, una mujer cristiana de Nepal, iba a conectar con Jesús a estos nuevos vecinos. Primero, debo presentar a Joyce, una mujer soltera muy callada que con regularidad recibía en su casa a Sue, una misionera mexicana, cuando ésta tenía qué regresar a los Estados Unidos. Sue daba un pequeño paseo por fuera de la casa de Joyce mientras se recuperaba de algún procedimiento médico, cuando Anu, que vivía en la siguiente casa, salió a charlar. Anu, una cristiana de Nepal, estaba en la búsqueda de iglesias que estuvieran dispuestas a recibir inmigrantes nepaleses en sus comunidades. Sue habló con algunos en la Iglesia Central y encontró a Ellie y Roger, quienes también vivían en el barrio. Ellie no conoce el significado de la palabra “extranjero”—para ella todos son sus amigos. Ella y Roger se ofrecieron para transportar a los niños que quisieran asistir a la iglesia, pero antes querían conocer a los padres. Ella entró en las casas y se dio cuenta que hacían falta cortinas, y en menos de lo que canta un gallo, ella y Roger estaban colocando cortinas, regalando ositos de peluche, cantando coros, y realizando varios viajes los domingos para transportar a familias enteras a la iglesia.

Unos meses después, Beth, una maestra en casa cuya hija estaba a punto de graduarse, escuchó cómo Dios la llamó y le pidió utilizar sus habilidades en la enseñanza en una manera totalmente diferente: Enseñar el inglés como segunda lengua. Él ha llamado a un jubilado, Dave, a que tramite una licencia de conducir, y Él había conseguido que un ex convicto comprara un diccionario Karenni/inglés para poderse comunicar con los vecinos. Hemos formado una sociedad con la Universidad de Spring Arbor, en la que los estudiantes vienen a servir en nuestras clases del idioma inglés y de ciudadanía. Durante estos nueve años hemos perdido la cuenta de cuantos estudiantes han recibido las clases, cuántos voluntarios han transportado familias, cuidado a bebés, atendido niños, y los que han practicado el inglés. Lo que sí sabemos es que cada semana tenemos lo suficiente. Dios ha recibido lo que podemos ofrecer y ha hecho la diferencia.

Ahora cuento entre mis amigos a personas originarias de Nepal, Bhutan, Myanmar, Tailandia, Congo, Tanzania, Haití y Vietnam. Mis hijos han comido alimentos nepaleses y congoleses, han sido bendecidos con abuelas nepalesas, han tenido en sus brazos a los primeros ciudadanos estadounidenses de esas familias, y jugado a la pelota con jóvenes provenientes de Nepal y Tailandia. Ellos han asistido junto con sus amigos al “campo de operaciones” en el centro de migración y ciudadanía del gobierno, y han visto de primera mano el detallado proceso de tomar las huellas digitales, el papeleo y el procesamiento. Tenemos nuevos vecinos, y nuestro mundo es infinitamente más rico por esa razón. Puede que Dios me haya enviado a casa, pero también envió el mundo a mi casa.

Joanna DeWolf es presbítero ordenada de la Conferencia del Este de Michigan, y autora de “Embrace All” (Abrázalos a Todos), un libro del periódico de la serie FreeMo. Visita joannadewolf.wordpress.com para otros de sus escritos.

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