La Recuperación más Grande de un Divorcio Jamás Lograda

En el principio, cuando Dios creó al mundo, Dios y los seres humanos disfrutaban una comunión directa y sin obstáculos. En el principio el lugar de Dios era compartido con el mundo y los seres humanos que Él había creado. Cuando Dios se paseaba en el jardín en lo fresco del día, anticipando la comunión del hombre y la mujer (Génesis 3:8–9), debemos entender que los cielos y la tierra eran el espacio común, ocupado por Dios y toda la creación. En el principio, Dios arregló un matrimonio concebido desde el cielo, pero que entonces vivía en la tierra — un “matrimonio” entre Dios y el pueblo de Dios.

Entonces desde el principio, cuando Dios estaba presente e interactuando con el mundo que Él había creado, para los primeros seres humanos, estar en el mundo “en el mundo” equivalía a estar en la presencia de Dios. El cielo y la tierra eran “una sola pieza”. El lugar de Dios era “nuestro lugar”. Nuestro lugar—que era el único lugar disponible para “nosotros” — era el único lugar que Dios había preparado para nosotros y que compartía con nosotros.

En aquel tiempo, no había necesidad de orar para que el nombre de Dios fuera santificado, ni que viniera el reino de Dios, ni que fuera hecha la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Tampoco había necesidad de ninguna otra de las peticiones que Jesús enseñó después a sus discípulos para que las hicieran al Padre. No existía separación entre el cielo y la tierra, ni del dominio de Dios y el del mundo, ni de la voluntad de Dios y la de los seres humanos.

Lo que es más, no habría necesidad de altares, santuarios, templos o iglesias porque Dios estaba en casa y siempre presente en el mundo; porque nosotros como humanos nunca estuvimos en otro lugar sino en, y con el Dios que nos creó y nos ama. En el mundo Dios mandó y calificó lo creado como “muy bueno”, el cielo y la tierra estaban juntos, el único lugar en que Dios y Su pueblo vivían en una armoniosa unidad. Hubiera sido impensable que alguien pudiera romper lo que Dios había hecho y unido.

Sin embargo, alguien lo hizo. Bueno, no solamente un individuo, sino dos, Adán y Eva, y desde entonces por todas partes todos hemos seguido su ejemplo. Se alejaron de la presencia de Dios para seguir su propio camino, y seguir este ejemplo llevó a la enajenación y al distanciamiento entre Dios y los seres humanos, del lugar de Dios y el nuestro, el cielo y la tierra. Estas acciones han llevado al divorcio más grande jamás realizado.

Como resultado, vivimos como personas alejadas de Dios y de los dones de Dios. Somos como conchas vacías de lo que era la intención de Dios cuando el cielo y la tierra eran uno. Nosotros fuimos destituidos de la gloria que una vez fue nuestro destino por designio de Dios cuando el cielo y la tierra eran uno. Vivimos separados de Dios, ciegos sin poder ver a Dios, asumiendo que Dios no está presente en este mundo, y que normalmente no actúa en este mundo. Y debido a que este mundo realmente no es el dominio de Dios o el lugar de Dios. El cielo y la tierra ya no son uno, y ahora vivimos como hijos de este “Gran Divorcio”.

Pero Dios no se rindió, al contrario, Dios se acercó. De hecho, Dios recorrió todo el camino hacia nuestro mundo que se encontraba a la deriva, divorciado del Dios que lo creó y que nos dio Su amor a todos. Dios llegó primero a través de Israel, al que llamó un “pueblo santo”. No “más santo que tú”, pero para ser un pueblo escogido. No fue para excluir a otros pueblos de no ser, o de no poder ser también pueblo de Dios, como el pueblo de Israel. Por el contrario, Israel fue llamado a ser “santo”. Pueblo adquirido por Dios, precisamente lo que era la intención de Dios y quería que todo fuera así. Por medio de Israel, Dios quiso mostrar a todas las naciones Su carácter e intenciones para el mundo entero. El llamado y la misión en el mundo.

Hasta que llegó el momento de Jesús. En Él, Dios entró en el mundo para lidiar con las dolorosas y difíciles realidades de este “divorcio”. El mensaje de Jesús era: “El reino de Dios, o ´de los cielos´ ¡está aquí y ahora! ¡Vuélvete a la venida del reino y entra en él!” fue la proclama de Jesús, enseñó y trajo el reino de Dios. Con Su muerte y Resurrección, Jesús reconcilia al mundo con Dios, remueve la hostilidad que separa al lugar de Dios de nuestro propio lugar, y derriba las paredes que separan al mundo y a nosotros de Dios. Jesús declara “paz” entre Dios y el mundo, así el lugar de Dios viene y vuelve a poner nuestro lugar dentro de su órbita.

Por tanto, como seguidores de Jesús, nosotros vivimos y servimos en la línea frontal de Dios uniendo al cielo y a la tierra. El Espíritu de Jesús vive en nuestros corazones, trayendo el cielo a la tierra a, y por medio de nosotros. Con nuestro amor hacia Dios y hacia los demás, contribuimos a la re-unión de Dios del cielo y de la tierra en nuestro mundo de hoy.

Al final será como fue en el principio. El lugar de Dios será nuestro lugar, y nuestro lugar será el lugar de Dios. Y en ese lugar, no habrá necesidad de templos o de iglesias. Porque Jesús estará allí; sólo por esta vez como el Novio que viene por su Esposa para que, como antes, solo que, de un modo más glorioso, ambos—el eterno Dios y el pueblo radiante de Dios—serán uno solo. Sí, en Jesús, será la más grande reconciliación de un divorcio jamás realizada.

El Obispo David Kendall es un presbítero ordenado en la Conferencia Great Plains, fue elegido por primera vez al oficio de obispo de la Iglesia Metodista Libre en 2005. Es el autor de “God´s Call to Be Like Jesus” (El Llamado de Dios a ser como Jesús, fmchr.ch/godscalldk), y co-autor de “The Female Pastor: Is There Room for She in Shepherd? (La Mujer Pastora: ¿Hay lugar para Ella en el Pastorado?”, fmchr.ch/fpsisdk).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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