La Condición de Santidad

Por generaciones, muchas personas han crecido escuchando la palabra santidad como parte de su identificación cristiana. En algunas iglesias, como la Iglesia Metodista Libre, esa designación pareció en ocasiones eclipsar el llamado mismo a ser seguidores de Cristo. Durante una gran parte del siglo 20, llegó a ser casi sinónimo de expectativas conductuales. Éramos la gente de santidad, marcados por muchas restricciones diseñadas para señalar una mayor espiritualidad y devoción a Dios. Tristemente, estas restricciones a menudo fueron la esencia de la santidad. Luego el legalismo se introdujo en la fibra de muchas iglesias. La idea de “santo” y “santidad” era evitada por los cristianos y llegó a ser mejor conocida por muchos como sinónimo de reglas anticuadas. Lo que pensábamos que nos definiera, era elusivo.

Gradualmente, creció la idea de que la conducta no es la esencia de la santidad. Además, la santidad no es una doctrina; no es un estilo de vida; no es un logro. La santidad es algo que vamos siguiendo y que también vivimos. Los últimos 20 años han traído un compromiso más profundo a la esencia de la santidad y la unidad que trasciende las barreras denominacionales. Aunque siempre era algo presente en muchas iglesias, había llegado a ser un concepto comparado con el legalismo y las restricciones. Se está recuperando gradualmente al inclinarse muchos en la corriente wesleyana de Santidad de la iglesia de Dios, en una nueva concepción de este tema escritural — y va en aumento.

Reflejando la Naturaleza de Dios

La Santidad es una condición de la vida humana que refleja la naturaleza de un Dios santo. Otros muchos temas de la Escritura representan una acción de Dios hacia la gente. Dios nos redime de nuestro pecado; la misericordia de Dios expresa la paciencia de Dios hacia nosotros; La justicia de Dios atiende la disparidad entre nosotros; la gracia de Dios compensa nuestras deficiencias. Pero la santidad no está entre ellas. No es algo que Dios nos hace a nosotros, o hace por nosotros. Más bien, la santidad es innata a la naturaleza de Dios. Es una descripción del propio ser de Dios. Como tal, no es algo que nosotros podamos controlar, aplicar o siquiera definir. Está completamente más allá de nosotros, de tal modo que pudiéramos definirla como “otra”

Cuando fue creada la humanidad a imagen de Dios, la santidad era también parte de nuestro ser. Nosotros reflejábamos a Aquel que nos formó. Viviendo en proximidad con Dios—caminando juntos en el jardín, como un espejo—reflejábamos muy bien la naturaleza de Dios. Sin embargo, al ejercitar nuestra decisión egoísta que tenía profundas ramificaciones. Dios dijo: “Mi voluntad es que no coman del fruto”. Los humanos dijeron: “Nosotros sabemos mejor y decidimos comerlo de cualquier manera”.

 

Como resultado de ese egoísmo, fuimos expulsados, y la proximidad con Dios quedó interrumpida. Ser separados de Dios de esa manera significaba que las personas ya no podían reflejar perfectamente a Aquel que nos creó. El espejo quedó distante y desviado de Dios. Nuestras vidas ya no reflejaron la imagen santa de Dios. La imagen en nosotros quedó distorsionada. Así, podemos ver que el egoísmo realmente es la esencia del pecado; la separación es el resultado, y el rompimiento es la manera como se ve en nuestras vidas.

Sin embargo, como Dios nos ama con un amor inquebrantable. Dios tomó la responsabilidad de iniciar un sendero que pudiera conducirnos de nuevo a la proximidad con Él. Nosotros llamamos a eso ser redimidos. De la misma manera como en la tienda de empeño, somos regresados por Aquel que antes había sido nuestro dueño. Jesús llegó a ser el singular y perfecto “camino” de Dios por el que la gente pudiera “venir al Padre” (Juan 14:6).

Ese camino de vuelta a la proximidad siempre está disponible, pero sólo comienza con nuestra decisión. De la misma manera como una acción egoísta de nuestra voluntad rompió la proximidad con Dios, un acto no egoísta de nuestra voluntad restaura esa cercanía. El primer Adán tomó una decisión — “hágase mi voluntad, y no la tuya”—y, con eso, todos nacimos en el rompimiento. Jesús, el segundo Adán, también tomó una decisión—“no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42) — por la que nosotros podemos regresar a la proximidad con Dios. La singular acción de nuestra voluntad no es hacer más o trabajar más duro para vivir conforme a las reglas, las conductas, e incluso con la doctrina cristiana. Es sencillamente un acto de entrega. Luego nos convertimos en “un pueblo del camino”, o sea, la salvación.

Una vez que comienza la vida de decisiones no egoístas, nuestra trayectoria nos conduce de nuevo a la proximidad con Dios. A eso nosotros lo llamamos arrepentimiento. De hecho, esa trayectoria comienza incluso antes de una decisión voluntaria de poner la fe en Jesús. Wesley la llamó “gracia preveniente”. Es la gracia la que advierte a nuestros corazones a poner atención a los caminos de Dios incluso antes de acudir a Jesús. Esa trayectoria es posible solo por Jesús, y caminamos diariamente por ese sendero con la ayuda del Espíritu Santo de Dios, pues no tenemos la habilidad de hacerlo por nosotros mismos. Muy pronto, andar en ese camino de salvación comienza a tener efecto en nuestra vida. Al hacerlo, el reflejo de la naturaleza santa de Dios comienza a ser restaurada dentro de nosotros.

Como podemos ver, la santidad no es algo que nosotros hagamos, porque no es una doctrina o conducta. La Santidad es algo que comienza a reflejarse en nosotros al ser llevados de nuevo a una cercanía con Dios por medio de la entrega sin egoísmo. La naturaleza santa de Dios se vuelve más visible mientras reflejamos a Dios más claramente. Cuando tú estás en la cercanía de alguien, eso puede suceder. Comenzamos a reflejar a aquellos que están más cerca de nosotros, de modo que cuando nos aferramos a un Dios santo, seremos santos porque Él es santo.

 

Hay una razón para que no podamos definir la santidad. Es una característica indefinible del Dios inefable. Solo vemos los efectos de santidad en la Biblia. Algunas veces las personas son santas o los lugares son santos. Algunas veces Dios santifica las cosas; otras veces las personas son los agentes. La mente humana toma lo que parece confuso e intenta definir, contener, describir y aplicarlo como santidad. Pero la santidad no se puede dominar. Es indefinible. No es solo diferente; es “otra”. Es tan superior a nosotros que nunca podremos asirla o definirla. Sólo podemos participar en la santidad cuando permitimos que el Espíritu Santo se refleje en nosotros por medio de una vida de entrega sin egoísmo.

Así que como podemos ver, el amor motivó a Dios a nuestra creación para ser muy cercanos y otra vez motivó a Dios para alcanzarnos y acercarnos de nuevo. Confiar en la obra de Jesús y depender de la ayuda del Espíritu Santo es la única manera de que volvamos a la cercanía con Dios. Nuestra única acción es decidir sin egoísmo rendirnos a Dios. Al ser llevados más cerca de Dios, nuestra naturaleza es eclipsada por la naturaleza santa de Dios a quien nosotros reflejamos,

Esto también tiene grandes ramificaciones a nuestra misión en el mundo. No estamos aquí para convencer a la gente de errores doctrinales o diferencias de conducta. Ese trabajo pertenece al Espíritu Santo. Somos llamados a invitar a otros a una proximidad más cercana con Dios por medio de Jesús. Lo hacemos solo con nuestras palabras, nuestras acciones y nuestra conducta que son un reflejo natural de la naturaleza de Dios, y las prioridades que se fugan de nosotros.

Como cada vez reflejamos con mayor intensidad la naturaleza de Dios que es “otra”, no solo somos apartados como una burbuja santa en una vida sectaria aislada. Recuerda que el amor de Dios lo impulsó a tomar la responsabilidad de nuestro rompimiento y separación. Si nosotros reflejamos a Dios, también nos sentiremos compelidos por el amor a ir tras de toda la creación que gime bajo los efectos de ser apartados de Dios. Eso incluye a personas en quienes la imagen de Dios es estropeada, opacada y rota porque viven tan apartados de Dios que ya no lo reflejan. Por esa razón nosotros no descansamos hasta que todo el mundo escuche de Jesús quien es el camino de regreso a Dios. No excluimos a la gente que es diferente a nosotros. Nosotros llegamos a ellos; los procuramos; los involucramos; los incluimos.

La santidad no es para que la definamos ni para que la olvidemos. No es un código de conducta que requiera su cumplimiento. No es una doctrina para que la aprendamos. La santidad es la naturaleza de Dios. Estamos buscando a Dios y estamos reflejando la naturaleza santa de Dios. Cuando voluntariamente permitimos que Dios viva más plenamente en nosotros, reflejaremos la naturaleza de Dios con más plenitud. Eso es vida santa. Yo la llamo una vida maestra.

El Artista en el Arte

Mano sobre mano, el padre y la hija caminaban por el Parque Vaticano y entraron en la Catedral de San Pedro. Abriéndose camino por los pasillos de la gran estructura, finalmente atravesaron por una gran puerta y fueron guiados respetuosamente a la pequeña pero impresionante capilla. Un silencio cayó sobre el grupo en el que iban, y todos volvieron la mirada hacia arriba.

No hacía falta decir nada. Esta era la Capilla Sixtina. Todos sabían que ese era el cielo raso que atraía visitantes de todo el mundo. Era una de las vistas más importantes que ambos querían tener. Encontraron un lugar en el centro de la capilla donde podrían admirarlo todo. La vista hacia arriba, el padre le mostró a la hija la belleza de esta obra maestra.

Él ayudó a su hija a apreciar el buen arte. Qué mejor lugar para hacerlo que en este lugar y bajo esta obra.

“Notemos el alcance de la mano de Dios. Veamos la mirada en los ojos del hombre”.

El padre estaba enfocado totalmente, impulsado por la atención extasiada de su hija. A él se le terminaron las descripciones y señalamientos. Por sus palabras, la invitó a ver todos los detalles de la obra que él había estudiado con anticipación a su visita. Ahora no había más que silencio. Reflección. Dejaban que la imagen hiciera su trabajo.

Al terminar el silencio, ella expresó una pregunta en voz baja. “Me pregunto qué clase de persona crearía una obra así” Sin pretensiones, sin presunción y sin esperan ninguna respuesta real, la hija expresó la pregunta natural que le vino a la mente. En asombroso silencio, el padre sabía en el mismo momento que ella había capturado el genio de esta obra de arte.

Ella había visto la obra. Había apreciado el arte, la habilidad. Había visto los detalles y considerado los colores y los trazos. Ella había observado el arte pero había visto al artista. En ese momento, el padre sabía que el arte había hecho su trabajo. El arte había invitado a su hija a ver al artista en el arte. Ella había entendido.

¿Qué clase de persona se derramaría a sí misma en una obra así? ¿Qué clase de personalidad revelaba esta obra? ¿Cómo reflejaba esta obra la naturaleza de su creador? El padre conocía la clave para entender que lo refinado del arte estaba en su sencilla pregunta. No eran los rasgos delicados del producto. No eran los matices de los colores. No eran los detalles de los trazos. Todo ello era maravilloso. Pero eso era solo el resultado.

Lo que convirtió a esta pieza en una verdadera obra maestra era la manera en que la naturaleza del artista estaba presente en el arte. Reflejaba a alguien cuya vida había sido derramada en sus colores y formas. Estaba llena de esa persona. Era una extensión del creador para los que tuvieran ojos para ver. Y su hija tenía ojos para ver. En su pregunta estaba la clave para entender la vida santa. No es el comportamiento de una persona, ni una doctrina bien expresada. Ese era el resultado. Más bien, es la manera en que la naturaleza de un Dios santo está presente en la persona—un reflejo del artista en el arte.

El padre meditó en la imagen que estaba encima de él. La obra de arte ahora era algo secundario. En la pregunta de su hija, el padre encontró con nueva humildad la clave que hizo esta obra de arte. No simplemente porque era buena, sino porque estaba llena del maestro que la había creado.

Dios llegando para tocar Su creación; un hombre tratando de tocar a su Creador—en esa humanidad, Dios se derrama a Sí mismo como una creación coronada. Estas personas llevan Su imagen. Ellos todavía pueden reflejar Su santidad. Aunque dañada por el egoísmo, su capacidad de reflejar al Creador permanece. Dios puede revivir el vibrante reflejo de que Él es el Maestro. Ellos desean una vez más ser llenos del Maestro y ser santos como Él es santo.

Kevin Mannoia, Ph.D., es el capellán de la Universidad Azusa Pacific y el fundador y presidente del Consorcio de Santidad Wesleyana. Anteriormente sirvió como el decano de la Escuela de Teología de la universidad, el presidente de la Asociación Nacional de Evangélicos, y obispo de la Iglesia Metodista Libre.

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