Invita el Rey

Ser un rey, ¡qué espectacular! Todo el mundo corriendo para llevarte comida buena y obedecerte. Y un payaso real, siempre que no sea espantoso, sería bueno. Ser un rey, ¡qué espectacular!

Pero no los somos, ¿verdad? No somos reyes, ni duques ni condes. Somos nosotros. Gente sencilla con trabajo sencillo y cuentas que pagar. Si nos va bien, posiblemente nos tocarán algunos años de descanso al final de la vida para hacer algo que nos gusta hacer. Disfrutar niños y nietos que nos aman. En eso consiste la vida, ¿no?

O ¿no?

No, dijo alguien.

No lo es. No lo es porque hay una Fuerza con la que tenemos que contar; una Fuerza con un nombre que nadie se atrevía a pronunciar; el decir ese nombre era blasfemar y ahora es nuestra gracia sublime. Ese nombre más dulce. Tan dulce, tan investido con poder, que aun los ignorantes lo utilicen para maldecir; su pronunciación bruta prueba su poder sagrado.

En la hora del culto nos sentamos en nuestras bancas y nos ponemos de pie para cantar; ofrendamos lo que nos sobre; en nuestra economía de pobreza: mientras en la casa en frente hay pantallas prendidas que miran salas con desperdicios de la fiesta y de sus vidas. Recuerdos del desastre de la noche, una desesperada búsqueda para algo que recordar en su vejez. Intenten hacer valer la vida, a pesar de no ser reyes, ni duques, ni condes.

Cantamos cantos que no logramos entender y al final, poner candados en la puerta; esa fuerza con El Nombre, se cansa con nuestro orgullo en no invitarle. Una invitación sencilla es todo; abre la puerta e invitar al Rey de Gloria a explotar entre nosotros. Abrir la puerta y correr como locos habiendo tomado del gozo destilado. Porque eso no es una fuerza sencilla, eso es amor sinfín; golpeando de ¨más allᨠa nuestros pasillos y plataformas; explotando nuestros corazones con un amor inyectado que nos barre en un montón de polvo, polvo más que racional.

Los trabajos y cuentas a pagar, esperanzas de un carro nuevo, ahora son recuerdos distantes de nuestra niñez; son color de gris, nada como este color. Sencillamente dicho; esto es Más. Mejor. Mucho más mejor. Rey verdadero en nuestra casa. Brillo y amor apasionado nos sobrevienen en un momento de luz ciego; ¡nos atropella ese Nombre si no nos cuidamos! Nos barre hacia la belleza de lo santo. Nos consume con razones que aparecen mucho a los hijos del Nombre, quienes ahora se están levantando para colar café, queriendo saber si vale la pena seguir viviendo, recogiendo los desperdicios de la noche anterior.

Allí está, amigo mío; la invitación está donde lo soltaste. Tómalo, ¿Te atreves? Temblando, sí, pero tómalo. Extiéndela al Nombre quien te espera; un León cazando, en la entrado del templo por debajo de donde la gente cuelgue sus abrigos; él espera, espera, espera aun la invitación.

Invita a Dios.

 

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