Habrá Milagros Aquí

Hace unos meses me encontré haciendo una poca de investigación. Todos sabemos lo que eso significa en estos días. ¿No lo crees? ¡Gugleando! Yo estaba gugleando alrededor de la internet para ver qué podía sacar acerca de los milagros. Pulsé en la sección de “imágenes” para ver qué resultaba como respuesta a mi búsqueda sobre “los milagros”.

En mi recorrido, un imagen saltó frente a mí. La fotografía capturaba la escena de un paisaje invernal al atardecer en el centro de la cual se erguía una estructura parecida a un andamio, posiblemente de unos 15 pies (unos 5 metros) de altura. Adosado al andamio había una serie de letras mayúsculas formando palabras, cada letra compuesta por una serie de luces claras. Estos faros de luz que brillaban en la oscuridad formaban una oración tan asombrosa que me dejó sin aliento. La frase decía:
AQUÍ NO HABRÁ MILAGROS.

La audacia y atrevimiento para tal proclamación pública me escandalizó. Resulta que el anuncio era uno de anuncios públicos colocados en derredor del pueblo de Stirling, Escocia, como parte de un proyecto artístico por Nathan Coley. La inscripción, “AQUÍ NO HABRÁ MILAGROS”, fue tomada de una proclamación real del siglo 17 que se hizo en un pueblo francés que se creía era el sitio de frecuentes milagros.
No puedo sacar ese anuncio de mi mente. Me persigue y de una buena manera. Me hace preguntarme sobre cosas como — ¿qué si tuviéramos un anuncio similar en el patio del frente de nuestras iglesias que dijera…

HABRÁ MILAGROS AQUI.

¿Qué si tuviéramos un anuncio colocado en el patio del frente de nuestras casas?
Dejemos que eso te calme un poco. Quiero decir, ¿Por qué no haríamos algo tan valiente y audaz como eso?

PARADA:
Hagámosnos las preguntas. Uno de estos anuncios (sin embargo, invisible) se encuentra en todas nuestras iglesias, sí, sobre todos nuestros hogares. Todo lo que hacemos y decimos comunica una señal o la otra. ¿Cuál es en tu caso?

Tendemos a pensar en los milagros como un evento excepcional que desafía las leyes naturales y el orden normal de las cosas. Consideramos los milagros como si fueran excepciones a la regla. ¿Pero qué si esta clase de pensamiento es exactamente lo contrario? ¿Qué si los milagros fueran la regla y la ausencia de los milagros la excepción? Pienso que la pregunta más grande es, ¿cuál es nuestra teología de los milagros? Sea que hayamos pensado en ellos con cuidado o los hemos formulado claramente, todos tenemos una teología de milagros. Sean visibles o no, cada uno de nosotros tiene uno de los dos anuncios colocados sobre nuestras vidas. ¿Cuál es el tuyo?: NO HABRÁ MILAGROS AQUI, o HABRÁ MILAGROS AQUÍ?

Todo depende en dónde empieza tu teología de los milagros. Supongamos que somos proclives a edificar nuestra teología sobre nuestra experiencia, tenemos que empezar con la Palabra de Dios. No podemos albergar una teología de milagros edificada sobre nuestra experiencia, no importa que tan llena o desprovista puede ser nuestra experiencia en lo que se refiere a lo milagroso. A decir verdad, muchos de nosotros tenemos una teología ambivalente cuando se trata de milagros. Es más como: “Puede haber milagros, y puede no haberlos”.

Convengamos en que edificaremos nuestra teología sobre el fundamento firme de la Palabra de Dios. Aquí es donde se vuelve interesante. A decir verdad, para la mayoría de nosotros, nuestra teología de milagros (y casi todo lo demás) comienza con Génesis 3, la entrada del pecado en el mundo y la catastrófica caída de la comunidad humana del estado de gracia. Cómo cambiaría eso si comenzáramos más bien desde el principio: Génesis 1.

Yo tiendo a ser conocido como un maestro de lo obvio. Si nuestra teología no comienza con lo que es apropiado, “el principio”, nunca terminará apropiadamente con “el fin”. Si comenzamos con el pecado, terminaremos con salvación. En este marco, la vida eterna comienza con la muerte y termina con el cielo. Mientras que la trama de la Biblia tiene que ver con el pecado, la salvación, la muerte y la vida eterna, esta trama se establece con una historia más larga. En la gran historia, la Biblia es inequívocamente clara: el principio es la Creación y el fin es la Nueva Creación.

PARADA:

Dedíquemos una Mirada fresca a Génesis 1 y 2 y Apocalipsis 21 y 22. Consideremos cómo el marco de la Creación incrementa nuestra visión por la misión en lo que se relaciona con la salvación, la santidad, y, sí, los milagros; sin dejar de mencionar nuestra tarea y llamado a administrar la Creación misma (Saludo a Howard Snyder).

¿Qué tiene que ver todo esto con los milagros? Solamente todo. Génesis 1 es nada menos que la gran exposición del poder milagroso de la Palabra de Dios. Al oscuro y deforme vacío caótico, Dios habla: “Sea la luz”, y fue la luz. Esta narrativa hacedora de maravillas por seis días, culminando con el milagro de milagros, los seres humanos, tomados del polvo de la tierra y el aliento del Divino en la imagen de Dios. Este es el reino de Dios, en la tierra como lo es en el cielo, en todos los orígenes milagrosamente gloriosos. Incluso más, la visión era que toda la creación prosperara y floreciera, regenerándose y reproduciéndose milagrosamente a sí misma, eternamente. Esta es la visión y versión original de la santidad escritural extendiéndose a través de la tierra “llena del conocimiento de la gloria de Dios, como las aguas cubren los mares” (Habacuc 2:14)

Es suficiente decir: en el reino de Dios, los milagros no son la excepción. Son la regla. En el centro de la Biblia habita una colección de oraciones, muchas de las cuales son respuestas directas a Génesis 1 y 2, diseñadas para reponer y fortalecer nuestra fe en el orden original y milagroso del reino de Dios. Consideremos Salmos 8, 19 y 24 para los iniciados.

PARADA:
¿Qué tienen en común estos tres Salmos? ¿Qué nos enseñan acerca de la naturaleza y capacidades milagrosas de la Creación (incluso después de la Caída)?

Debido a que el pecado es el gran interruptor del reino de Dios, equívocamente nosotros entendemos los milagros como intervenciones excepcionales. Los milagros son la regla. No hay ni tiempo ni espacio aquí para repasar el milagroso devenir de la historia de Dios por medio de Abraham, Isaac y Jacob, o la milagrosa historia de Moisés, el Éxodo, la Ley, la nube en el día, el fuego en la noche, el maná, el agua de la roca, los 40 años del milagroso habitar del Espíritu, sosteniendo a los israelitas en el desierto, o el milagroso movimiento hacia, y el establecimiento de la tierra prometida, y podemos ir más y más allá. A todas las partes que iban, el mundo de Génesis 3 colocaba un anuncio que decía:
NO HABRÁ MILAGROS AQUI.

Sin embargo, a través de toda la historia, de generación en generación, en todas partes a las que iban, llevaban consigo el anuncio de Génesis 1 y 2, que decía:
HABRÁ MILAGROS AQUÍ.

Ahora debemos llegar al milagro de todos los milagros.

Es fascinante cómo inicia el Cuarto Evangelio. Hacia mediados del primer siglo, una época decididamente de Génesis 3, de historia mundial. Juan nos invita a regresar a Génesis 1.

“En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; y sin él nada de lo creado llegó a existir. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla” (Juan 1:1-5).

Y he aquí el milagro de todos los Milagros:

“Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Ahora, vemos las primeras palabras de Jesús del Evangelio de Marcos:

“Se ha cumplido el tiempo—decía—El reino de Dios está cerca ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!” (Marcos 1:15).
¿Cuáles son aquí las buenas nuevas? ¿Qué acerca de “el tiempo ha llegado” y “el reino de Dios se ha acercado? ¿Podrá el arrepentimiento traer un significado más rico que solamente “cree y obedece”? ¿Podrá significar algo más parecido a “realinear toda tu vida con esta nueva realidad que ahora se abre paso?

Veamos ahora lo que sucede. En un cálculo conservador, antes de que se termine el primer capítulo, vemos por encima de al menos un centenar de milagros.

Milagros 1 y 2: Dos pares de hermanos repentinamente abandonan su vocación bien establecida como pescadores ante la invitación de Jesús, de ser “pescadores de hombres” (Marcos 1:16-20).

Milagro 3: Él enseña a las personas en una sinagoga con una asombrosa y trascendente autoridad que maravilla a la gente (v. 21-22, 27)

Milagro 4: Él confronta y echa fuera de un hombre un espíritu inmundo, en la sinagoga (v.23-26).

Milagro 5: Él va a casa de Simón y Andrés y sana de una fiebre a la suegra de Pedro (v. 29-31).

Milagros 6-101: Toda la aldea se agolpa por fuera de la casa y Jesús sanó a muchos enfermos y liberó a muchos que estaban poseídos de demonios; mandando callar a los demonios (v. 32-34).

Milagro 102: Jesús se levanta temprano, acude a un lugar solitario y se reúne con Su Padre, el Dios del cielo y de la tierra (v.35-37)

Milagros 103-142: “Así que recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios” (v. 39).

Milagro 143: Jesús toca y limpia un leproso con el poder de Su palabra (v. 40-42).

No hay ninguna duda, antes del final del primer capítulo del evangelio más corto, ya hemos presenciado más milagros de los que podemos enumerar. En el reino de Dios, de así en-la-tierra-como- en-el- cielo, los milagros son la regla—no la excepción.
Es como si Jesús llevara un anuncio a todas partes a las que fuera, que dijera:

HABRÁ MILAGROS AQUI

Antes yo pensaba que Jesús hacía milagros algo así como una sesión de fuegos artificiales—a fin de probar que Él era el Hijo de Dios. Ahora lo entiendo mejor. Había una agenda más profunda debajo. Jesús está restaurando el Edén perdido. Él está trayendo una Nueva Creación, y no es ni una legalista fidelidad religiosa a las reglas, ni liberación del imperio de Roma. Parece algo así como la afamada autopista de la santidad escritural descrita en Isaías 35:

“Se abrirán entonces los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; saltará el cojo como un ciervo, y gritará de alegría la lengua del mudo. Porque aguas brotarán en el desierto, y torrentes en el sequedal” (v. 5-6)
Recordemos cómo Jesús le respondió al mensaje de Juan el Bautista desde la celda de una cárcel judía sobre si Él era el que había de venir o esperaban a otro. No le dijo que sí, tampoco que no, sino…

“Los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas” (Mateo 11:5).

Él citó milagros; milagros como la reversión del curso del pecado y de la muerte; milagros como expresiones de la Nueva Creación; milagros como demostraciones—no de una fuerza motivadora sino de amor compasivo—demostraciones del reino de Dios.
Los Milagros no son diseñados principalmente para ser pruebas de la existencia de Dios. Son las señales prácticas del reino que llega del Cielo. Los milagros hacen avanzar la misión de Nueva Creación de Jesucristo. En el sentido más amplio, los milagros son manifestaciones del amor santo de Dios por el bien de su creación santa.

PARADA:
Existen tres explicaciones básicas sobre por qué no vemos más milagros de los que vemos. 1. Hay una deficiencia en nuestro entendimiento bíblico y teológico. 2. Existe una deficiencia en nuestro discipulado y formación en relación con la fe, la esperanza y el amor. 3. Los calvinistas y dispensacionistas dicen bien y los milagros (entre otros dones del Espíritu) han cesado con el final de la época de los apóstoles. ¿Dónde quedamos entre estas tres alternativas? ´¿Existe una cuarta, o una quinta?

Años atrás, cuando yo viví en Wilmore, Kentucky vi un anuncio impensable. Era el marcador de uno de los bancos locales. Donde usualmente decían algo así como su nueva tasa de interés en certificados de depósito o sobre abrir una cuenta individual para el retiro, esta vez el anuncio decía algo completamente diferente. Nunca olvidaré estas palabras:

DONDE HAY UN AMOR GRANDE, LOS MILAGROS SIEMPRE SUCEDEN

Las palabras me cayeron con la fuerza de una epifanía siempre en desarrollo. Yo conocía su verdad para mis adentros. Equivocadamente yo había pensado en los milagros como una categoría de poder: un poder que yo quería poseer. Es posible que la razón de que yo tuviera poca o ninguna experiencia con los milagros no era porque me faltaba poder (aunque así era) nsino porque me faltaba amor, en lugar de poseer poder milagroso, ¿Qué si yo fuera poseído por el amor santo?

La Fuente del poder milagroso de Jesús era Su poderoso amor. De hecho, podríamos decir que Su poder era inconmensurable con Su amor. En el milagro 143 en el primer capítulo del Evangelio de Marcos – la limpieza del leproso – encontramos estas palabras:
“Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole: –Si, quiero. ¡Queda limpio!” (Marcos 1:41).

El término griego que se traduce: “movido a compasión”, se translitera como “splagchnizomai”. Significa ser movido en tu interior a un gran afecto de amor. Yo he llegado a creer que nosotros haremos las obras que Jesús hizo, e inclusive más grandes, sólo si somos poseídos por el más grande amor de Jesús en una más grande medida. De hecho, en el mismo capítulo siguiente, Jesús reduce todo Su mensaje a un solo mandamiento a Sus discípulos cuando dijo: “Y este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado: Nadie tiene mayor amor que el dar la vida por sus amigos” (Juan 15:12-14). Nosotros haremos las cosas más grandes de Dios hasta que seamos poseídos por el más grande amor de Dios. El anuncio mostró ser presiente:

DONDE HAY AMOR MÁS GRANDE, LOS MILAGROS SIEMPRE SUCEDEN

PARADA
¿Será que nuestro ministerio ha caído en una ética atada al deber? ¿Se ha introducido la “fatiga de compasión”? Las personas cansadas tienden a buscar más energía o poder en lugar de más amor. ¿Qué si nuestra necesidad más grande es más profunda, más rica y más poderosa doctrina de amor santo (i. e. ¿qué tan alto, ancho profundo y largo es el amor de Cristo)?

Por eso es que el discipulado de grupo y la segunda mitad del evangelio – santificación por gracia por medio de la fe – y a ser “llenos a la medida de toda la plenitud de Dios” importa tanto. Llegar a ser una iglesia con capacidades milagrosas nosotros tenemos que ser personas de amor milagroso, y no hay atajos para llegar a esa clase de persona.
¿Así que dónde quedamos nosotros y nuestras Iglesias con relación a los milagros? La última vez que revisé, Jesús no dijo: “Yo hice”, o “yo haré”, sino: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). El Espíritu Santo, la presencia y poder de Dios, sin duda la flama de amor, ahora es liberada por medio de nuestras vidas en el mundo. El tiempo sigue siendo cumplido. El reino de Dios sigue siendo cercano. El viejo orden está muriendo. La Nueva Creación está amaneciendo. La edad de los milagros es ahora.

PARADA:
¿Qué si estamos al final de un largo período de historia en la que nuestra parte de la iglesia ha estado dormida – no aflojerada o incrédula a propósito, sino que no se da cuenta ni está sintonizada con la plenitud de las posibilidades de Dios para nuestras vidas y el mundo? ¿No tenemos el deseo de despertar?

HABRÁ MILAGROS AQUI. Es tiempo de comenzar a trabajar en nuestro propio anuncio. Estaré en espera, y no puedo esperar a escuchar las historias.

Terminemos esta reflexión con una oración y una doxología de Efesios 3. Aquí está la oración:
“Le pido que, por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuan ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios” (v. 16-19).

Ahora la doxología:
“Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amen” (v. 20-21).

J.D. Walt es el sembrador-en-jefe de Seedbed (El Surco), Él es el autor de numerosos libros (disponibles en seedbed.com), incluyendo su título largamente esperado, “La Segunda Mitad del Evangelio: Creciendo más Profundamente en la Fe y más Ancho en Amor”. El escribe diariamente para el Seedbed Daily Text (Texto Diario de Surco).

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