Gracia Imparable: Una Fuerza que Llama

Realmente yo esperaba escuchar palabras de juicio. Esa fue la única respuesta que podía percibir que Dios me daría cuando mi primer matrimonio se desintegró. Clamé en un momento en el que se entremezclaron la ira, el temor, la pena, la desesperación, el desmayo y la furia.

“Si voy a ir al infierno por esto, ¿luego para qué me dejas vivir? ¡Acabemos de una vez con esto! ¡Pero Señor mi Dios, si este divorcio me va a mandar al infierno, entonces caminaré hacia las llamas alabando tu nombre porque no sé qué más hacer!”

Mientras mis lágrimas fluían, un pensamiento—expresado en una tenue y pequeña voz—estalló en medio de mi dolor. “¿Permitiría que entraras a las llamas del infierno con mi nombre en tus labios?

Fue en ese momento cuando conocí la gracia de una manera que no se puede describir en un libro. Todo el conocimiento de mi mente me convenció de que yo estaba descalificado. Pensé que podía detener la gracia. Como puedes ver, la gracia es una fuerza, una fuerza santa y poderosa que llama. En el momento en que Dios me respondió con la gracia que llama, supe que él no había terminado conmigo. La desesperación fue remplazada con la esperanza, y mis labios comenzaron a confesar, a arrepentirse y permitir que Su gracia y Su luz imparable penetraran mis tinieblas.

Conocí la gracia cuando tenía 13 años en una escuela bíblica de vacaciones. Betty Swanson fue usada por Dios para mostrarme la gracia, un chico confundido de un hogar disfuncional. La conocí a través de sus suaves y amorosas palabras acerca de Jesús, preguntándome si yo lo conocía de una manera verdaderamente personal. Necesitaría mucho tiempo para ponerle palabras a mis experiencias. Dios me llamó a Sí mismo antes de que yo supiera lo que Él estaba haciendo. Se estaba insertando a Sí mismo en mi vida para evitarme problemas inimaginables que seguramente me consumirían si no hubiera sido por Él.

Pero la gracia de Dios no se detuvo ahí.

El agua fría no fue suficiente para impedirme entrar al baptisterio en la Primera Iglesia de Dios un domingo por la noche. La gracia de Dios me llamó a ser salvo. Yo había orado y le había pedido a Jesús que perdonara mis pecados, y ahora quería unirme a Él en Su muerte bajo aquellas aguas frías. Pero seguía ignorando la profundidad de la gracia.

Engañosamente yo pensaba que estaba progresando en mi vida con Cristo, pero la verdad es que estaba retrocediendo. Seguía mis propios caminos, aún en la iglesia, y mi vida y circunstancias iban en línea recta a un aterrizaje violento. Yo no entendía la gracia porque descansaba en mi propia habilidad de ser “cristiano”. En la humildad total producida por la chatarra, aprendí—y sólo entonces pude aprender—que la gracia de Dios era imparable.

Después de años de experimentar la gracia de Dios, he llegado a comprenderla a través de la lente de nuestra teología wesleyana: Es una gracia que nos llama al arrepentimiento, a la salvación y hacia la santificación.

De todas las crisis en mi vida, la crisis spiritual que surgió durante esos tiempos abrió la puerta de la total entrega a Jesús. Les di fin a mis propios caminos porque sé lo que eso produjo. Su camino, Su voluntad, Su vida en mí es mi única manera aceptable de vivir. Mi crisis personal de fe también abrió las puertas de un hambre indescriptible de la gracia de Dios para atraer, salvar y santificar nuestra generación. Nuestras oraciones por un despertamiento así son impulsadas por la naturaleza ilimitada e imparable de la gracia.

Visualiza las corrientes generacionales de trauma y quebranto rotos. Cierra tus ojos y sueña con prosperidad donde haya pobreza, Ora por la tenue y pequeña voz que me visitó para invitar a las almas desesperadas en tu pueblo o ciudad. Todo es posible porque la gracia de Dios es una fuerza que llama.

Pero la gracia de Dios no se detiene ahí.

Aprendí que se necesita morir para entender la vida. Mientras cuidaba a mi madre durante los 19 meses que vivió con cáncer cerebral, frecuentemente le decía: “Mamá, esto no es el fin de tu historia”. Fue la gracia lo que le sirvió para cambiar su casa y sus posesiones por un pequeño cuarto en un asilo de vida asistida diciendo: “Sólo son cosas”. Fue la gracia la que la impulsó a hablarles a otros sobre Jesús en sus últimos días. Fue la gracia la que la ayudó a crear tarjetas hechas a mano con sus habilidades artísticas para bendecir a otros residentes. Y fue la gracia la que me ayudó a llorar con la esperanza de saber muy dentro de mi corazón que un día estaremos reunidos y glorificados en la presencia de Jesús.

“A través de muchos peligros, dificultades y trampas que he tenido. “Ha sido la gracia la que me ha traído con seguridad hasta aquí, y la gracia me llevará a mi hogar celestial”.

Y ese es mi punto de vista sobre la gracia imparable.

Brett Heintzman es el editor de LUZ Y VIDA a través de su rol como director de comunicaciones de la Iglesia Metodista Libre—USA, quien también sirve como sub-director del Ministerio Nacional de Oración. Visita freemethodistbooks.com para obtener sus libros “Llegando a ser una Persona de Oración”, “Pueblo Santo” (Volumen 1 de la serie “Vital”),  “Jericó: Tu Peregrinaje a la liberación y a la Libertad”, y “La Encrucijada: Preguntando por las Sendas Antiguas”.

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