Furiosos Incendios Forestales

Mientras escribo, cientos de incendios forestales arden sin control por todo el Oeste de los Estados Unidos. Tratando de describir la furia de estos voraces incendios, los reporteros están utilizando el término apocalíptico. Me parece que han cambiado a ese término después de que se ha usado tanto catastrófico, que sólo nos queda preguntar. ¿Qué sigue después de apocalíptico? ¿Inimaginable?

Por todo el país, hay otro incendio igual de voraz – no es un incendio físico, sino un furioso fuego de retórica incendiaria, y su huella de destrucción pasa por en medio de la iglesia. Los ciudadanos cristianos, inflamados por los apasionados conceptos y puntos de vista culturales, se pelean unos con otros en una guerra de palabras. Aún entre miembros de la misma familia o iglesia, las conversaciones amables y pacientes con aquellos que difieren han sido remplazadas por las lanzas de llamas verbales.

Estas llamas son avivadas por las redes sociales, las noticias por radio y por cable. Los algoritmos de las redes sociales están diseñados para reforzar cualquier cosa que nos guste o que compartamos, de modo que consigamos más contenido que confirme nuestras bases. Las estaciones de radio y de TV han aprendido que es más lucrativo para sus anunciantes si apelan a una pequeña rebanada del pastel ideológico, así pueden con frecuencia darle su propio soporte exclusivamente. La verdad misma parece haberse encendido, como algunos anuncios políticos están llenos de mentiras descaradas, convenciendo a los ingenuos. En este tóxico ambiente, las personas dejan de imaginar que alguien con maneras de pensar diferentes tengan algún argumento.

Muchas de nuestras Iglesias están completamente mal equipadas para manejar la polarización que estamos experimentando. Usualmente nosotros hemos rehuido completamente el discurso político, así no sabemos qué hacer mientras las llamas se extienden entre las vidas de nuestros miembros y los enfrentan unos con otros. Estamos sufriendo una barrera generacional y cultural y no sabemos cómo hablar de uno a otro lado de la misma. Sea en conversación cara a cara o en las redes sociales, demasiados cristianos son atrapados en el intercambio de sobrenombres y en juicios desagradables unos con otros.

La epístola de Santiago del Nuevo Testamento nos habla directamente a nuestro momento:
“Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere” (Santiago 1:19-20).

“Si alguien se cree religioso, pero no le pone freno a su lengua, se engaña a sí mismo, y su religión no sirve para nada” (Santiago 1:26).

Así también, la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes hazañas. ¡Imágínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida. El ser humano sabe domar y, en efecto, ha domado toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de bestias marinas; pero nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal. Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas creadas a la imagen de Dios. De una misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3:5-10).

Si Santiago comparó la lengua con un fuego, el cual puede ser encendido por el infierno y puede encender a todo el curso de nuestra vida, ¿qué diría acerca de las palabras que escribimos? ¿Cómo “hablamos” nosotros a través de nuestros teclados y teléfonos inteligentes con nuestros dedos y pulgares? Pienso que, si él viviera para experimentar nuestra realidad actual, declararía que el principio es el mismo: la ira humana no produce los resultados que Dios espera, y las palabras ásperas causan mucho más daño que lo que podemos imaginar. Las palabras sin control, las pasiones inflamadas, blasfemar unos contra otros – nada de esto tiene lugar en la vida de los seguidores de Cristo. Él estaría tan perturbado por lo que nosotros escribimos lo mismo que sus lectores hablaron: Con la lengua bendecimos y maldecimos ¡Esto no debe ser así!

Volviéndonos Bomberos

¿Cómo podemos cambiar el tono y contenido de nuestra comunicación antes de que el fuego devore todo lo que más queremos? A través de los años, nuestras prácticas de discipulado pueden haber cubierto muchos aspectos importantes de nuestras vías – matrimonio y familia, mayordomía, testimonio en el mercado, etc. – pero no discusiones políticas o resolución de conflictos. No sabemos cómo hablar de esto. No hemos visto cómo funcionar en medio de los desacuerdos puede ser usado para profundizar nuestras relaciones y enriquecer nuestra vida juntos. En la iglesia, hemos hecho mejor evitando conflictos en lugar de enfrentarlos de manera intencional.

Podríamos comenzar admitiendo un hecho incómodo. No todos nuestros profundos valores bíblicos se alinean con un partido político. Admitir esto es perder lo bien que nos sentimos cuando hay total acuerdo con cualquier partido, y obligarnos a enfrentar la confusión. Podríamos comenzar arreglando un diálogo donde escuchamos mientras otros que aman a Jesús, pero no comparten nuestra perspectiva política explican sus convicciones en cuestiones debatibles. Durante este ejercicio, debemos ponerle atención a la amonestación de Santiago de ser prontos para escuchar, lentos para hablar y lentos para airarnos. Debemos iniciar la conversación recordándonos unos a otros que el señorío es de Cristo, y fijando algunas reglas para un desacuerdo respetuoso. Motivado por el llamado de Jesús de amar a Dos y a los demás, podríamos crear espacio para discutir cómo las políticas públicas pueden dirigirse a los problemas de la sociedad en más de una manera. Se requeriría paciencia e intentos sinceros al escuchar. Yo invitaría que las personas fueran razonables y dispuestos a la posibilidad de conceder algunos puntos en el camino – ¡así sería un tirón! Por lo menos si las mentes no cambian su modo de pensar, los corazones podrían suavizarse hacia otras personas que corrieron el riesgo de explicar sus convicciones y escuchar a los de los demás en su familia eclesiástica. Debemos cubrir de oración dichos ejercicios.

Finalmente, Santiago nos recuerda que con nuestra lengua nosotros alabamos al Señor y Padre. Como la Gran Perturbación de 2020 ha captado nuestra atención a calamidades y crisis de proporciones bíblicas, no sólo debíamos de ver alrededor, sino ver hacia arriba. En tiempos como estos, la iglesia necesita liderar el camino en dirigir a las personas a Jesús. Nuestro llamado privilegiado es proclamar las obras maravillosas de nuestro amoroso Dios y clamar a Él para que la justicia y la misericordia prevalezcan en nuestro mundo. Debemos ser pacificadores, guerreros de oración y adoradores que escogen la bendición sobre la maldición. Con una voz, es tiempo de que nosotros clamemos: ¡Venga tu reino, sea hecha Tu voluntad en la tierra como en el cielo! Bajo el estandarte de nuestro Señor, declaremos las alabanzas de Aquel que nos une, aunque andemos al lado de aquellos que ondean un estandarte diferente. Domar nuestra lengua y sofocar las llamas en nuestra pequeña parte del mundo preservará la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

La Obispa Linda J. Adams, D. Min., fue elegida a la Junta de Obispos en la Conferencia General de 2019 después de ser directora de ICCM durante 11 años. Anteriormente ella sirvió como pastora en Nueva York, Illinois y Michigan. Como obispa, ella supervisa los ministerios Metodistas Libres en las porciones Norte y Centro Norte de los Estados Unidos, y también en Latinoamérica.

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