Exiliados en un Mundo Extraño (y Maravilloso)

Dos delgadas manos se extendieron llevando a mi hija hacia un cubículo lleno de peines y broches, y otros objetos para el pelo, baratos pero vistosos. La dueña del lugar comenzó a arreglar el pelo de Beth, cepillándolo y colocando preciosos broches adornados con mariposas que brillaban en su cabeza. Para ese momento, nada nos asombraba. Que una extraña quedara fascinada por la apariencia de nuestra hija de 6 años se había convertido en algo normal.

Nos acostumbramos a esto durante nuestras dos semanas en China. Rutinariamente los desconocidos exhalaban un ¡Ooooh!, o un ¡Aaaah! Al ver a nuestra hija más pequeña, la ponían en sus fotos familiares, e incluso escribían alguna pequeña historia sobre ella. Nunca habían visto una niña de pelo largo, largo y castaño claro y ojos color avellana. Ella no era parte de su mundo.
Los cristianos hemos escuchado esta frase: “estar en el mundo, pero no ser del mundo” siempre – aunque no se lee explícitamente en la Escritura. Hemos creado gran cantidad de reglas en torno a ella, y, como resultado, hemos creado más confusión que claridad. ¿Qué significan esas dos preposiciones – en, y de – ?

¿Qué nos parece ser unos extraños en este mundo como para sentirnos como una niña pequeña en un país extraño, rodeados por extraños que hablan un lenguaje extraño? Sin embargo, nuestra pequeña hija, en su papel de ser una extranjera, asistía a clases, desayunaba en pequeños restaurantes de baqueta, utilizaba el transporte público, y hacía amigos, apreciando totalmente el mundo que la rodeaba. De modo que, de igual manera, ¿cómo aprendemos a participar en nuestro mundo, total y libremente, aun sabiendo que debemos regresar a casa?

Extraños en una Tierra Extraña

Para resolver este problema, veamos el retrato de Dios para Su pueblo desde el principio. Cuando Dios llamó a Abraham. Lo llamó a ser un vagabundo. Como un extraño atravesando tierras extrañas. Él tenía una tarea—bendecir a otras personas (Génesis 12:2). Dios preparó Su pueblo para que entendiera de inmediato que era un pueblo de extranjeros en un lugar que no les pertenecía. Al pueblo de Dios se le denomina con la palabra ger, en hebreo – extranjeros, extraños, exiliados, Pedro usa más tarde una frase similar—“residentes temporales y extranjeros” (1 Pedro 2:11 NTV) para describir a los seguidores de Jesús, vinculándonos a nosotros con esa misma herencia.

La lección sigue. Moisés decide darle a su hijo el nombre de Gerson como parte de esa herencia. Él quería un recordatorio constante de que los hijos de Dios andarían como extranjeros en este mundo, y siempre lo serán. Sus prioridades eternas son diferentes. Su identidad como pueblo del único y verdadero Dios los hace diferentes.

El padre spiritual de los israelitas fue un nómada, su identidad final como un pueblo errante, extranjeros en una tierra extraña. Desde el principio, Dios le ha asegurado a Su pueblo que no pudiera olvidar su identidad como extranjeros en el mundo. Todo esto es muy, muy intencional.

Exiliados

Tristemente, una vez establecidos en la Tierra Prometida, ellos se olvidan. Al desobedecer el mandamiento de Dios, al negarse, no de manera coincidente, a tratar a los extranjeros en su propia tierra con compasión y cuidado, una vez más, el pueblo vuelve a ser exiliado y esclavo.
Esta es la situación cuando Jeremías ofrece la mejor descripción de estar “en el mundo pero no ser del mundo” que podemos encontrar en la Escritura.

“Esto lo dice el Señor de los Ejércitos Celestiales, Dios de Israel, a los cautivos que él desterró de Jerusalén a Babilonia. Edifiquen casas y hagan planes para quedarse. Planten huertos y coman del fruto que produzcan. Cásense y tengan hijos. Luego encuentren esposas para ellos para que tengan muchos nietos. ¡Multiplíquense! ¡No disminuyan! Y trabajen por la paz y la prosperidad de la ciudad donde los envié al destierro. Pidan al Señor por la ciudad, porque del bienestar de la ciudad dependerá el bienestar de ustedes” (Jeremías 29:4-7, NTV).
El pueblo de Dios debe vivir en este mundo que no le pertenece, haciendo ahí lo mejor que pueda, y bendiciendo a sus semejantes al crear bolsas de paz y bienestar en el lugar en el que estén. Han recibido la instrucción de trabajar por Shalom—plenitud—en ese lugar. Este es el contexto que debemos llevar al Nuevo Testamento cuando leamos ahí las palabras de Jesús y los apóstoles.

No del Mundo

El Nuevo Testamento insiste en la idea de que no pertenecemos al mundo, Jesús dijo que Él no pertenecía al mundo y Sus seguidores tampoco (Juan 15:19, 17;14, 16). Pablo nos amonesta a no “imitar las conductas ni las costumbres de este mundo” (Romanos 12:2 NTV). Juan dice que amar el orgullo del mundo, sus posesiones y placeres es inconsistente con ser el pueblo de Dios (1 Juan 2:15)

¿Significa esto que no seamos parte de lo que nos rodea, que nos mantengamos al margen, separados y seguros, como nos insta a aceptar la opción Benedicto? (Visita fmchr.ch/boption y fmchr.ch/benedict para una mejor comprensión de la opción Benedicto) ¿Qué no, “amar las cosas de este mundo” significa que creemos una lista de cosas que nosotros evitamos para la gloria de Dios? ¿Debemos ser diferentes en conducta, modo de vestir o de hablar, o hay algo más profundo pasando la descripción de Jesús acerca de Su pueblo que no es de este mundo?

Existe, y todo se centra en este concepto de ser extranjeros que trabajamos por shalom.

Cuando examinamos las acciones de Jesús, es claro que Él no se apartó a Sí mismo de Su humanidad. Él se unió muy estrechamente en las vidas de los seres humanos, llorando por sus sufrimientos, sanando sus dolores y celebrando sus alegrías. Él acudió a los hogares de personas notables (Lucas 19), habló a fondo con mujeres que podrían dañar Su reputación (Juan 4), y reclutó a un revolucionario como su discípulo. El último interés de Jesús era lo que los demás pensaran de Él. No parece importarle si sus asociados lo hacían verse inseguro. Su “lista” más grande de modales correctos parece incluir “amar a Dios y al prójimo”. Sin embargo, dice que Él no es de este mundo, ¿Qué podría significar eso?

Al decir que Él y Sus seguidores no eran de este mundo, Jesús está haciendo una afirmación de identidad, no de ubicación o asociación. Esta es una distinción importante. Él nos está re enfocando en la noción de ser extranjeros que encuentran su identidad en pertenecer al único y verdadero Dios, no en nuestra ubicación o asociación.

Conseguimos nuestro propósito y sentido de seguridad enteramente en otro lugar. Sabemos quiénes somos y cuáles son nuestras prioridades—no de los mensajes con los que este mundo nos bombardea, sino de nuestra nueva ciudadanía en el reino de Dios. Somos esas personas de fe que ven hacia otro lugar al que llaman patria (Hebreos 11), aunque por lo pronto vivimos bien en esta. En nuestras almas, anhelamos y luchamos por el Jardín, mientras que la entropía trata de obstaculizárnoslo.

El Mundo los Aborrecerá

Esto funciona de varias maneras. Jesús prometió que, por un lado, el mundo aborrecería este estilo de vida centrada en la restauración. Algunos seguidores han tomado esto como una placa de honor, convirtiendo el rechazo de otros como una prueba de que ellos están haciendo las cosas “correctas” como creyentes. Ellos proclaman su conducta más piadosa en las redes sociales, en los anuncios de las iglesias, y en persona—y el mundo aborrece eso.

Sin embargo, esta mentalidad de “probar que somos santos” no se alinea con lo que Jesús dice que nos aparta. No ser de este mundo no es una particular adherencia a doctrina o conducta—Es una vida marcada por una nueva identidad y lealtad.

Los creyentes con una identidad del reino no temen (o desean) el juicio de los demás, porque su valor proviene de su relación con Dios. Esta clase de confianza interna hace que los demás se sientan incómodos, pues la mayoría de las personas aún están en la búsqueda de valor e identidad, y a menudo encuentran el desengaño. Una correcta y confiable evaluación de uno mismo, en medio de una cultura donde un movimiento en falso te puede llevar aromas “cancelados” de pertenencia totalmente a otro lugar.

Los creyentes que tienen una identidad de reino no temen (ni desean) los juicios de otros, porque su valor proviene de su relación con Dios. Esta clase de confianza interna hace que los demás se sientan incómodos, pues la mayoría de la gente sigue en la búsqueda de valor e identidad, y con frecuencia lo que encuentran es la desilusión. Una evaluación oonfiable y correcta de uno mismo, en medio de una cultura en la que un movimiento en falso podría “cancelarte”, tiene el aroma de que perteneces enteramente a otro lugar.

En nuestra negativa a permitir que las prioridades terrenales nos hagan volver a la búsqueda de esas tres características en 1 Juan—orgullo, posesiones y placeres—podemos seguir en la confusión y el escarnio del mundo. La fidelidad a las prioridades tan diferentes de las que esos tantos utilizan para llevarles seguridad sobresale como una pequeña niña estadounidense en la China rural.

De manera natural, a las personas les desagrada todo lo que las hace sentirse incómodas, y descubrir a alguien cuyo sentido de identidad es profundamente seguro en un mundo profundamente inseguro es muy desagradable. Que no nos uniremos en la búsqueda de nada por encima del amor de Dios y el prójimo es lo bastante extraño para hacer que otros te vean de reojo. Esta paz interior en un mundo turbado, sin embargo, es más difícil apegarse a una disyuntiva que a reglas y listas que nos digan que estamos “bien” al “no ser de este mundo”.

Lo que todo esto significa es que la declaración de Jesús sobre no ser del mundo tiene muy poco que ver con las diferencias externas de conducta que con frecuencia asociamos con el término. Él no dedica ni un minuto a pensar en las apariencias. Lo que ellas significan es que tenemos dicha certidumbre interna de nuestra ciudadanía, identidad, y propósito de que somos personas que en lo externo somos Shalom, y esa clase de personas no caben en este mundo. Las personas de Shalom demuestran paz, seguridad e integridad que no están a la venta fuera del reino de Dios. Así, tampoco dan lugar a pensar en apariencias o demostraciones externas. Ellas simplemente viven en esa plenitud que las personas reconocen.

¿Cómo se ve esto en términos reales? Por ejemplo:
• Las personas que no son de este mundo poseen una humildad que dice: “Puedo estar equivocado. Háblame más, te escucho” porque ellos no reciben esa identidad por estar convencidos o en lo correcto. La reciben por ser amados por Dios.
• Las personas que no son de este mundo ponen en primer lugar el bienestar de los demás, porque su seguridad no consiste en ninguna seguridad ofrecida por instituciones humanas.
• Las personas que no son de este mundo no tienen temor de no verse bien ante otras personas, porque saben que su lealtad es hacia un reino en el que las apariencias no importan, pero sí el corazón.
• Las personas que no son de este mundo viven con tanta paz como es posible con sus prójimos, familia, y consigo mismo, evitando dar o recibir ofensas, porque saben que su llamado es a shalom.
• Las personas que no son de este mundo exudan esperanza, sin altibajos. Ellas no se rinden ante el pensamiento del día final, porque conocen al Rey de un país eterno.

En el Mundo

Jesús también dice que Él nos está dejando en el mundo. Nos está dejando aquí para que podamos esparcir esa plenitud, para que esa Shalom pueda penetrar como levadura a nuestro derredor. Estamos en este mundo precisamente por la razón que Dios le dice a Abraham que él está en él, y por la razón por la que Jeremías explica más tarde—para bendecirlo. Para trabajar por su bienestar. Para amarlo como Jesús lo amó, Disfrutando plenamente sus alegrías y llorando totalmente sus luchas. Tratar a nuestros prójimos como nos gustaría ser tratados. Recordar que somos extranjeros que no pertenecemos, y, por tanto, tener en poco estas cosas que no pueden darnos verdadera seguridad o felicidad.
Vivimos para ser aquellos cristianos que impactan a otros por su apariencia, de modo que ellos van a querer atraernos a ellos (figurativamente, espero) y estar cerca de nosotros. Ellos quedan fascinados por Jesús en nosotros, como la mujer del salón de la estética lo estaba con mi hija.

Jill Richardson, D. Min., es pastora de la Iglesia de la Comunidad Esperanza Verdadera, cerca de Chicago. Ella es oradora nacional y autora de seis libros. Acaba de terminar su doctorado en liderazgo eclesiástico en un contexto cambiante. Se describe como “Reformada: Pintando la Fe con la Siguiente Generación”. Visita jillmrichardson.com para más detalles sobre su trabajo.

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