Escape a Iowa

Todo comenzó con una extraña llamada telefónica en 1942: “¡Hola! Esta es una llamada a la Iglesia Metodista Libre. Yo soy el Pastor Williamson”.

Luego vino la inesperada respuesta: “Pastor, me llamo Hideo Aoki, son presbítero ordenado de la Conferencia Japonesa de la Costa del Pacífico de la Iglesia Metodista Libre. Me gustaría visitarlo si fuera posible”.

La Segunda Guerra Mundial estaba en su apogeo, el odio racial del pueblo japonés estaba en ebullición. Los “Japs”, como se les llamaba, eran ridiculizados en todos lados — en canciones, versos, libros, revistas y periódicos, en carteles y en la radio. ¿Cómo iba mi papá a manejar esta llamada? Con precaución, y sin estar seguro de que fuera una llamada genuina, respondió: “Por supuesto, me daría mucho gusto”. En el mismo momento, pidió al Señor que le diera sabiduría.

La visita se llevó a cabo esa noche cuando Hideo y Doris Aoki llamaron a la puerta de la casa pastoral y fueron recibidos por mamá. Papá nos indicó por señas a los chicos salir de la sala. Yo tenía 8 años y escuché por una hendedura de la puerta, y lo recuerdo muy bien.

Allí se reveló la increíble historia sobre cómo los Aoki habían escapado literalmente de ser arrestados en un campo de “reubicación”, de acuerdo a lo ordenado por el Presidente Franklin Roosevelt con su Orden Ejecutiva 9066. Esa orden requería el encarcelamiento de cualquier japonés en la Costa Oeste, sin importar su ciudadanía ni su lealtad. Había 10 de esos campamentos de reubicación a lo largo y ancho del país — barracas burdamente construidas eran rodeadas por un cerco de alambre de púas.

Los Aoki relataron cómo el Señor los había protegido en su peligroso viaje a través del país y los había llevado a un lugar que parecía haber sido escogido por Él. Hideo continuó: “Pastor Williamson, yo creo que es demasiado pronto para preguntar, pero, ¿hay alguna manera de que usted nos pueda ayudar a crear un lugar para nosotros en esta comunidad? Sólo traemos una maleta de ropa, nuestro viejo automóvil Chevy, y unos pocos de dólares, pero quisiéramos trabajar, hacer cualquier cosa que el Señor quiera que hagamos”.

La primera respuesta de mi padre fue que por supuesto, haría todo lo posible para ayudar a un hermano en Cristo en su hora de necesidad.

El otro lado de la moneda, sin embargo, no era tan atractivo. ¿Cuál sería la reacción de la congregación? Había mucha animosidad entre los miembros de la congregación por los “sucios Japs” que habían bombardeado Pearl Harbor.

Bueno”, dijo papa: “tenemos una habitación extra en la planta alta, misma que podrían ustedes usar hasta que podamos resolver bien esto, sólo tenemos un cuarto de baño”.

Se resolvió un problema, al menos por el momento. El problema mayor tenía que ver con actitudes dentro de la congregación. Papá sabía muy bien los amargos sentimientos en contra de los japoneses en todo el país, en la comunidad y en la iglesia. La situación podría tornarse muy fea.

Con esto en mente, llamó al Superintendente Conferencial, E. W. Walls para pedirle consejo. El consejo de Walls fue brillante, le dijo: “Quiero que llames a una sesión de la Junta Oficial de la iglesia. Yo estaré con ustedes”.

La noche siguiente, el Superintendente Walls dio inicio a la reunión con una oración muy sentida por reconciliación entre los hermanos. Luego preguntó: “Hermanos: Estamos aquí con una oportunidad única. Ustedes han recibido esa oportunidad para demostrar que el amor de nuestro Dios es más grande y más poderoso de cualquier fuerza en la tierra; que ese poder de cambiar corazones y vidas, es profundamente real — no sólo palabras de algún viejo libro de teología—sino algo real — en el centro de mi corazón y en el de ustedes”.

 

Luego Walls siguió describiendo el horror de un ministro Metodista Libre, un hermano en Cristo, quien escapó de la tiranía de una política de gobierno que se salió de control. Walls habló del escape de este hermano cristiano, su angustioso peregrinar por todo el país, y su aceptación por parte de un hermano pastor. Luego preguntó: “¿Hay alguien aquí que no pueda aceptar a un hermano en Cristo, y su esposa, como suyos?”

Algunos de los miembros de la junta eran miembros antiguos, duros, cuyos prejuicios y epítetos raciales en contra del pueblo japonés eran bien conocidos. Este era el momento de la verdad, y a la manera especial de Dios, la verdad prevaleció. Mientras papá conducía a Hideo y Doris hacia el cuarto, los ojos de aquellos viejos y duros miembros los saludaron con lágrimas y aplausos. ¡Dios es bueno!

La iglesia no solo aceptó a los Aoki, pronto fueron recibidos como parte de la familia de la iglesia. Hideo predicó más de una vez cuando papá estaba ausente. Los escépticos que aún quedaban en la congregación pronto se vieron abrumados por la presencia transformadora del Espíritu Santo. Fue una repetición de la parábola del Buen Samaritano, que mostró su amor y cuidó de su enemigo. ¡Sí!, ¡Dios es muy bueno!

La historia de los Aoki se regó por toda la conferencia. En el campamento anual, los Aoki fueron recibidos en amor cristiano. La foto habla por sí misma. Fue tomada en 1943 en la reunión del campamento Metodista Libre en Birmingham, Iowa, e incluye a los Aoki, una pareja cristiana radiante, amada por todos y abrazada cálidamente por una familia cristiana.

 

Richard Williamson es hijo de Glen y Corina Williamson. Él está jubilado después de 25 años de ministerio en congregaciones de la Iglesia Metodista Libre y de la Iglesia Metodista Unida. Él y su esposa, Cookie, viven en Greeley, Colorado.

 

 

 

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