En Él, Pero no de Él

“No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. Como tú me has enviado al mundo, y los envío también al mundo” (Juan 17:15.18).
“En el mundo, pero no de él” Desde entonces, los seguidores de Jesús han luchado con esta tensión desde que Él oró con estas palabras en Juan 17, Jesús hace una distinción entre Sus seguidores, quienes, como Él mismo, están del lado del Padre en contra del malo, y “el mundo”. Incluso Él declara que el mundo ha aborrecido a Sus seguidores del mismo modo como lo aborreció e Él (Juan 17:14), solo horas antes de que se desenvuelva el drama final de su crucifixión.

Los primeros Metodistas Libres lucharon duramente para evitar la “mundanalidad”. Este impulso central de no ser “del mundo” era parte de lo que definía nuestro movimiento. Algunas de las porciones de nuestra historia primitiva parecen casi extraños, ya que uno de los aspectos de ser separados del mundo se enfocaban en la claridad extrema del vestir (e. g. ni corbatas para los varones, collares para las mujeres, sin joyería para nadie, ni siquiera botones visibles en las camisas) Yo he leído diarios de las primeras predicadoras Metodistas Libres quienes sufrían por la lucha interna para renunciar a todo deseo de “adornos superfluos” y sólo usaban la ropa más sencilla.

Sin embargo, en otro nivel, su falta de conformidad al mundo demostraba su heroica valentía y fe. Las mismas mujeres que lucharon para rendir al Señor todo lo que disfrazara los botones de sus blusas, salieron resueltamente y entraron a las tabernas y burdeles para llevar las Buenas Nuevas y que las vidas fueran transformadas. Cuando las personas respondían al mensaje y se convertían, nuestros ancestros no dejaron a estos niños en la fe que se defendieran a ellos solos—tomaron el riesgo de abrir sus casas invitándolos a entrar. Con los nuevos convertidos formaron grupos para crecer en la gracia y reformar sus vidas. Los enseñaron a aprender oficios a fin de sostenerse, y les ayudaron a encontrar empleo. Organizaron misiones en el centro de las ciudades para que estos nuevos creyentes pudieran testificarles a otros, convertirse en evangelistas efectivos en las callejuelas de Buffalo y Chicago, entre otras ciudades.

Enfrentando una variedad de problemas sociales, nuestros ancestros abrieron orfanatos y escuelas para niños indígenas y asilos para ancianos desamparados. Enviaron misioneros a a India y a África para llevar el evangelio y establecer clínicas entre las personas sin acceso a la medicina. A fin de demostrar solidaridad con, y hospitalidad para los pobres. Los Metodistas Libres se exigieron que todos los edificios de sus iglesias fueran sencillos y sin ornamentos, con asientos libres para todos.

Sus acciones resueltas y a la luz pública partieron de su concepto de que Jesús envía a Sus seguidores al mundo, tal como el Padre envió a Jesús (Juan 17:18). ¿Qué harían los “enviados”? Llevaron el mandato al ministerio del propio discurso inaugural de Jesús en Lucas 4:18-19:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor”

Ellos sabían que Jesús estaba leyendo de Isaías 61. Todo el contexto de la profecía de Isaías va de acuerdo con el rechazo de Dios a la hipocresía. Isaías 58:6-7 demuestra la forma preferida de Dios de la observancia religiosa:

“El ayuno que yo he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correa
s del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres si techo, vestir al desnudo y no alejarte de los de tu propia carne y sangre?”

. Benjamín Titus (B. T.) y Ellen Roberts, la pareja de nuestros fundadores, entendían que el llamado de la Iglesia Metodista Libre era doble: “Mantener la norma bíblica de la Cristiandad y predicar el evangelio a los pobres” (fmchr.ch/populistsaints). Para ellos, la norma bíblica del cristianismo involucraba justicia bíblica y reforma social, “dándoles libertad a los oprimidos, rompiendo todo yugo”, como antes lo había incluido Juan Wesley y el avivamiento Metodista en Inglaterra. Wesley había escrito y vivido esta declaración: “Un esquema para reconstruir la sociedad que ignora la redención del individuo es impensable, y una doctrina para salvar a los pecadores, y que carece de un objetivo para transformarlos en unos cruzados en contra del pecado social, es igualmente impensable” (fmchr.ch/jwbreadu).

La crítica de B. T, Roberts en contra de la Iglesia Metodista Episcopal, de la que eventualmente fue expulsado, se centraba en la conformidad con el mundo. Una evidencia era su aceptación de la esclavitud, lo que él veía como una abominación. Aún en el Norte, en el tiempo en que B. T. Roberts alzó su voz, el abolicionismo era algo impopular, pero él escribió y predicó poderosamente en contra de mal de la esclavitud. Él también habló en contra de la adoración fría y muerta que carecía de la presencia vivificadora de Espíritu de Dios. Él acusó a la Iglesia Metodista Episcopal de dominar el liderazgo de la iglesia, no dándoles voz a los laicos, quienes también son llamados y dotados por el Espíritu.

Como los profetas y los escritores de Nuevo Testamento (e. g. Santiago 2:1-7), él acusó al pueblo de Dios de ser indulgente con los ricos y despojar a los pobres de su lugar central en el reino de Dios. Él consideraba todos estos como una grave enfermedad, una desviación de la norma bíblica del cristianismo. La recién formada Iglesia Metodista Libre no era unánime en el rechazo de cada injusticia que nuestro fundador deploraba, incluyendo la subyugación de las mujeres. B. T. Roberts mismo era un hombre de su propio contexto histórico, de modo que pudo no haber visto las grandes posibilidades de la igualdad racial, pero fue un campeón de “la igualdad del Nuevo Testamento”, y tomó a Gálatas 3:28 como un texto central: “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús”. Bajo su liderazgo, nuestro movimiento comenzó como una comunidad de cristianos fervientes con un ideal de unidad y una gran capacidad de expansión.

Protección y Propósito

La petición de Jesús por Sus discípulos en todos los contextos históricos es que Dios no nos sacaría del mundo, pero nos protegería del malo. Él nos enseñó a orar de esta manera por nosotros mismos en la Oración del Señor: “Y no nos dejes caer en tentación sino líbranos del maligno” (Mateo 6:13). Él entiende que nosotros algunas veces fallamos en comprender que todos estamos en la batalla en contra de las fuerzas de las que necesitamos la protección de Dios. Podemos tratar de protegernos a nosotros mismos evitando el conflicto y alejándonos de las costosas causad del reino, pero esa no es la intención de Jesús. Evitar el riesgo de la autoprotección sólo nos lleva a una forma de peligro diferente, la vida centrada y absorbida en el yo., lo que no es discipulado en absoluto. Los seguidores de Jesús están juntos en Su misión, y esta misión tiene una poderosa oposición.

En Su oración, Jesús también pide al Padre santificar a los seguidores de Jesús por la verdad que Él declara: “Tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Parte del significado de la santificación es el de apartarse para un propósito más elevado. La verdad de la Palabra de Dios, cuando permanecemos en ella y permitimos que transforme nuestras mentes nos impulsa hacia arriba a prioridades del reino y los valores del reino. Nuestras vidas ya no nos pertenecen. Mientras el Espíritu de Dios obtiene control de nuestras vidas, esta oración constantemente emana del centro de nuestro ser: “Venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10). Nosotros queremos la voluntad de Dios, en nuestras propias vidas y en nuestro mundo. Siempre que la injusticia ataque a las personas a quienes Dios ha hecho a Su imagen, anhelamos el cambio y trabajamos por él. Los creyentes santificados viven por el Espíritu y caminan en el Espíritu. La impactante verdad de Dios es su objetivo y su vereda.

Manifiesto del Reino

¿Qué de nosotros? Nuestro movimiento tiene 160 años. La tentación de conformarnos al mundo nunca se ha ido de nosotros. Cada generación ha cambiado su foco y redefinido lo que significa ser santificado, o quizá lo ha perdido todo de vista. Por un tiempo, hemos sido atrapados en la trampa del legalismo, haciendo una lista de prácticas pecaminosas para que cada individuo las evite, creando una lista mental que nunca puede resultar en un verdadero corazón santo. Nos hemos desviado en ocasiones, hemos sido sorbidos por los vientos de la controversia en la iglesia y la nación. En cada contexto cultural, la seducción del mundo toma una forma diferente. Pero todos los seguidores de Jesús deben vivir en la tensión de estar “en el mundo, pero no ser de él”.

¿Cómo discernimos la verdad de la Palabra de Dios para nuestro tiempo? Posiblemente los eventos tumultuosos del 2020 nos han despertado de una especie de sopor. El primer mes de la pandemia del COVID-19, alguien lo llamó “un proyectil que atravesó los huesos del cristianismo cultural”. Si hemos conformado toda nuestra identidad en torno a la calidad de nuestras reuniones dominicales en hermosos santuarios de alta tecnología, por al menos unos meses hemos perdido nuestra razón de ser. Sin embargo, después de un grito de desesperación, muchos de nuestros pastores e iglesias han descubierto una nueva pasión de servir al mundo en sus quebrantos, de compartir nuestra comida con los hambrientos, de vestir a los desnudos y levantar a los quebrantados.

Dejar nuestros edificios en algunos casos nos ha enviado al mundo con una nueva visión y una causa común con nuestras comunidades. ¿Por única vez presionaremos para reingresar en nuestros espacios de adoración? ¿Seguiremos la misión de Jesús de “proclamar las buenas nuevas a los pobres, libertad para los prisioneros y recuperación de la vista para los ciegos? ¿Comenzaremos finalmente a tomar como nuestro objetivo “dar libertad a los oprimidos”? ¿Podría ser este el año del favor del Señor? Si la iglesia de Jesucristo despierta a la misión del reino de Dios en nuestro momento desesperado en la historia, sin duda experimentará el favor del Señor.

Nuestro momento también ha capturado un Nuevo reconocimiento del pecado de racismo en nuestra cultura. Los Metodistas Libres afroamericanos y otros pueblos de color en nuestras iglesias han experimentado de primera mano la injusticia de nuestra sociedad estratificada, racializada a través de sus vidas. Los seguidores blancos de Cristo se están concientizando cada vez más y comienzan a unirse a la lucha por la justicia racial con lo que puede ser el mayor vigor que jamás hayamos visto. Este es un doloroso momento para muchos, a medida que nuevas revelaciones salen a la luz y nuestra sociedad se polariza como respuesta. Esto también puede ser un medio por el que Dios nos santifica por medio de la verdad.

Como Metodistas Libres, afirmamos creer que el racismo es un pecado al que estamos comprometidos a combatir. En la práctica, escuchar respetuosamente en este momento nos enseñará que no solo nuestro silencio ha contribuido al problema del racismo fuera de la iglesia, nuestra ceguera ha dañado también a nuestros hermanos y hermanas en la iglesia. Nosotros no tenemos que dañar intencionalmente a nadie, o ser personalmente ásperos en participar en patrones que perpetúen el daño y limiten las oportunidades. Estimulados por nuestra crisis presente, hay historias surgiendo de nuestros sufrimientos largamente ignorados y una discriminación largamente aceptada. Este puede ser un momento Kairos – una oportunidad divina para el cambio. El favor del Señor puede descansar en la iglesia que se humilla a sí misma para aprender, arrepentirnos por nuestra parte en sistemas destructivos. Dios ha visto este mal todo el tiempo. Al comprender las divisiones raciales por lo malas que ellas son y vencerlas por medio de la obra reconciliadora de la cruz, ingresamos en la obra del reino.
La lectura de Jesús, de Isaías a menudo ha sido llamada el manifiesto de Su reino. En él, Él declara que ha llegado el tiempo para la recuperación de la vista de los ciegos y de dar libertad a los cautivos. ¿Podrá ser que la ceguera que Jesús quiere sanar en 2020 en nuestros propios ojos? Es posible que Su corrección nos pueda dar una visión 20/20. Nuestros fundadores interpretaron “dándoles la libertad a los oprimidos” como un llamado a la emancipación de esclavos. Es tiempo que nosotros, sus descendientes blancos, invitemos y participemos en la total liberación de los oprimidos en nuestro propio tiempo y lugar.

Inspirados por la Palabra santificadora de Dios, podemos imaginar la gloriosa escena de una multitud totalmente diversa adorando en torno al trono de Jesús según se describe en Apocalipsis 7:9a: “Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos; era tan grande que nadie podía contarla, estaban de pie delante del trono y del Cordero”. Y restaurada nuestra visión, podemos vencer divisiones de raza y de clase en nuestras propias expresiones locales de la iglesia, experimentando una probadita de esa gloriosa escena.

El hermoso balance de Jesús de “en él, no de él”, necesitaremos ser llenos con el Espíritu, peleando la batalla con armas espirituales y corazones purificados. Que Dios nos guíe para ser una respuesta a Su oración.

La Obispa Linda Adams, D.Min, fue elegida a la Junta de Obispos en la Conferencia General de 2019 después de servir 11 años como directora de ICCM. Anteriormente ella sirvió como pastora en Nueva York, Illinois y Michigan. Como obispa, ella supervisa los ministerios Metodistas Libres en las porciones Norte y Norte Centro de los Estados Unidos, y también en Latinoamérica.

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