El Tiro al Blanco de Dios

Cuando Jesús tenía 30 años y comenzaba Su ministerio público, asistió a la sinagoga en Su aldea natal de Nazaret y recibió el rollo de Isaías para leer. Lo abrió en Isaías 61:1-2 y comenzó a leer: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18-19). Y siguió diciendo: “Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes” (4:21).

Algunos han llamado a este pasaje: “El Reino Manifiesto” de Jesús. Al leer de Isaías 61 y luego afirmar que era el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento, Él conectó su identidad y la obra que estaba a punto de comenzar con todo lo que Dios había hecho a través de la historia de Su pueblo, y todo lo que había profetizado para el futuro.

Jesús vino a demostrar la pasión de Dios y a vivir las prioridades de Dios en presencia de su propio pueblo y al mundo que los observaba. ¿Dónde estaban sus prioridades? ¿Quiénes eran los recipientes de esa Su pasión?

Los pobres. Los cautivos. Los ciegos. Los oprimidos. Estos son los recipientes de la buenas nuevas de Jesús y los beneficiarios de estos actos de liberación y sanidad. Él proclamó el favor de Dios sobre ellos—los últimos, los menos importantes, y los olvidados. No nos extraña que algunos hayan llamado a esto el “Reino puesto de cabeza”.

Si continuamos leyendo Isaías 61 donde Jesús se detuvo, podríamos ver más sorpresas. Después de proclamar el año del favor del Señor el profeta continúa: “y el día de la venganza de nuestro Dios, a consolar a todos los que están de duelo… Serán llamados robles de justicia, plantío del Señor, para mostrar su gloria” (Isaías 61:2-3). Nuestro Dios no solo declara Su favor y bendición sobre estos atribulados (los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos); Él también ejecuta venganza en contra de los impíos y consuela a los que lloran.

Estas personas están familiarizadas con el lloro. La vida no les ha sonreído. Pueden sentirse abandonados por Dios y carentes de valor. Probablemente se han apropiado de este mensaje negativo que la Sociedad y sus propios infortunios han labrado en sus mentes y corazones: Son perdedores. Otros son poderosos; ellos son desvalidos. Otros van al frente: ellos se rezagan. Pueden creer la mentira religiosa de que tienen una maldición de Dios. Pueden creer las mentiras de Satanás de que no son amados ni dignos de ser amados. Probablemente ellos creen que sus vidas no servirán para nada.

Pero veamos lo que este grupo que suena patético llegará a ser cuando ellos reciban las buenas nuevas de sus beneficios: ¡robles de justicia! Ellos crecerán, echarán raíces, ensancharán sus ramas como torres; producirán hojas y frutos y se multiplicarán en árboles más fuertes, resistentes, llenos de vida. El Señor los está plantando, y ellos lo glorificarán.

Cuando viajo a otros países donde se ha establecido el evangelio y se ha convertido en un gran bosque, con frecuencia pienso en este pasaje. Cuando el misionero John Wesley Haley siguió el llamado de ir a Burundi: ¿Se habrá imaginado que la iglesia que estaba plantando, un día llegaría a tener más miembros que la iglesia “de casa” en Canadá y los Estados Unidos?

Algunos de nuestros más grandes y fructíferos campos misioneros inicialmente comenzaron o prosperaron en sus primeros años con muchachas misioneras, trabajando con muy poca ayuda financiera y casi sin esperar regresar con vida a sus países. En su tiempo, para algunos, podían haber sido consideradas el sexo débil, embajadoras de segunda clase, pero la tremenda productividad de las iglesias que plantaron pone las cosas en su justa dimensión.

Muchos de nuestros misioneros globales viven y trabajan en lugares de gran pobreza y con necesidades casi inacabables. Muchos de ellos son pobres y trabajan entre gente pobre. Cuando el Obispo Elie Buconyori de Burundi vivía, yo le pregunté sobre el ingreso per cápita de Burundi. Me respondió: “Bueno, son dos dólares estadounidenses al día en los campos de siembra en total, ¡pero los Metodistas Libres trabajamos con la gente pobre!”

¿Qué pensamos sobre las capacidades innatas y evolutivas de nuestros hermanos en contextos de pobreza? ¿Podemos aprender a verlos como nuestros iguales, colegas que con mucho nos sobrepasan en el entendimiento de su propia cultura y con frecuencia tienen ideas de la Palabra de Dios con las que nosotros seríamos unos iluminados si pudiéramos escuchar? ¿Qué han descubierto al martillear la teología en las encrucijadas de culturas que nos recuerda el contexto del Antiguo Testamento mucho más que lo que nosotros lo hacemos? ¿Nos tomamos el tiempo para investigar sus puntos de vista?

Me temo que muchas veces vivimos exclusivamente con nuestras propias suposiciones culturales y violamos los valores de nuestros amigos. Mi lección de “kindergarten” en esta realidad me llegó cuando una familia africana se unió a la iglesia que yo pastoreo en Rochester, Nueva York. Envié a Alex, un muchacho de 15 años a un encargo en la tienda de la esquina a comprar provisiones con valor de $13 Dlls., de modo que le di un billete de $20. Cuando regresó, le pregunté por el cambio. Me miró como si le hubiera propinado un golpe. Me miró a los ojos, y luego desganadamente metió la mano en el bolsillo y me dio los $7. Yo estaba un poco disgustado, pensando que había intentado verme la cara al no regresarme el cambio. Luego leí un libro cuyo título era: “Nuestros Amigos Africanos y las Cuestiones de Dinero”. Uno de los primeros contrastes entre la manera que tienen los africanos y los americanos de ver el dinero es: “¿A quién le pertenece el cambio? El autor dice que, en África, si tú le haces un encargo a alguien, el cambio es su propina. De tal manera que Alex, en lugar de estarme despojando, ¡Yo me estaba quedando corto con él! Él pensó que le habían caído $7. Dlls. del cielo, pero yo se los había quitado. ¡Cómo había cosas que yo tenía que aprender! Ese libro literalmente me enseñó otros 98 contrastes, la mayor parte de ellos fueron una verdadera sorpresa. Mi manera “correcta” no es la única manera, debo convertirme en aprendiz de la manera de pensar de otros”.

Volviendo a la profecía de Isaías, el siguiente versículo lleva a la Gran Inversa a otro nivel: Reconstruirán las ruinas antiguas, y restaurarán los escombros de antaño; repararán las ciudades en ruinas, y los escombros de muchas generaciones” (Isaías 61:4).

¿Quiénes son los poderosos actores redentores en esta profecía?  ¿Actores cuya iniciativa y colaboración con Dios reedificará las ruinas antiguas, repondrá antiguas devastaciones y reparará ciudades en ruinas? Los recipientes de las buenas nuevas: los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos” ¡“Ellos” lo harán! La obra salvadora de Dios sobre las vidas de estas personas las transforma en agentes del shalom, trayendo paz y sanidad al mundo, restaurando lo que ha sido roto.

¿Podrán seguir siendo pobres? Probablemente. ¿Podrán vivir en cautividad en sistemas económicos injustos? Sin duda. ¿Podrán sus ojos seguir sin ver el entorno físico? Quizá. ¿Podrán operar bajo regímenes opresores? Muchas veces.

Sin embargo, son robles de justicia, el plantío del Señor, y ellos le traen gloria a Él. Ellos exudan vida y fecundidad, ellos anuncian el reino de Dios y trabajan para sus manifestaciones en la vida y sociedad humanas.

Semillas que fueron una vez plantadas en los campos misioneros del mundo en muchos lugares han crecido para producir bosques con innumerables árboles. La naturaleza del evangelio es que contiene en su interior el potencial de multiplicarse de manera exponencial. Vivimos un momento oportuno en la historia humana, cuando podemos unir fuerzas con la iglesia global para transformar las sociedades enteras y bendecir la creación entera para la gloria de Dios.

Linda Adams, D. Min., es la directora de Ministerio Internacional de Cuidado Infantil (ICCM)—el programa patrocinador de niños de la Iglesia Metodista Libre global. Antes de servir como directora de ICCM, ella sirvió como pastora en Michigan, Illinois y Nueva York. Este artículo es un fragmento de “Go Global” (Seamos Globales), un libro que Adams escribió en colaboración con al Obispo de la Iglesia Metodista Libre – USA, David Roller, y el director de Defensoría de la Iglesia Global  de Misiones Mundiales Metodistas Libres. Visita Librería Luz y Vida (Light + Life Bookstore) en freemethodistbooks.com para ordenar este libro y otros recursos.

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