El Espíritu Santo, lo Espectacular y lo Ordinario

por Jack Levison

El 24 de enero de 1885, la primera plana del New York Times publicó una historia increíble acerca de una evangelista poco conocida de raíces Wesleyanas que andaba de aquí para allá en los campos de establos pintados de rojo, casi a medio camino entre Indianápolis y Fort Wayne, Indiana.

Lo que atraía multitudes — y reporteros — a la ciudad de Hartford, Indiana, era el misterio y la magia de María Woodworth-Etter, la “evangelista en trance”. La asistencia a sus reuniones evangelísticas sobre-pasaba la capacidad de su gran carpa en la que podían caber 8,000 personas.

Woodworth-Etter se negaba a preparar sus sermones con anticipación, y una vez predicó por 75 minutos sin ningún apunte. Según ella, prefería “tomar un texto y confiar que Dios me guíe como él quiera”. Algunas veces, dependiendo de la Escritura: “Yo principiaba las reuniones y repetía el texto.

Cuando lo hacía caía el poder, y parecía que todo lo que tenía qué hacer era abrir mi boca”, según su autobiografía: “Vida y Experiencia de María B. Woodworth”. (Para más información sobre esta fascinante mujer, lee “Suelta el Púlpito: Dos siglos de Mujeres Evangelistas Estadounidenses” de Priscilla Pope-Levison.

¿Qué es?
Sin duda muchos Metodistas Libres han deseado una experiencia similar de parte del Espíritu — quedar en trance, o abrir su boca y que las palabras fluyan. Para algunos esto es el pináculo de la vitalidad espiritual.

Tampoco ponemos en duda que muchos Metodistas Libres han repudiado una experiencia así de parte del Espíritu. Ser puestos en trance o esperar una inspiración espontánea es para algunos una caricatura del Espíritu, que en primera instancia, y sobre todo inspira virtudes espirituales tales como el amor, el gozo y la paz.

Entonces ¿Qué es? ¿Inspira el Espíritu Santo lo espectacular, lo espontáneo, lo que llama la atención? El meteórico crecimiento del Pentecostalismo — con casi un billón de creyentes alrededor del mundo — sugiere que el Espíritu Santo inspira lo extraordinario.

¿O inspira el Espíritu Santo lo mundano, lo común, la rutina? La constante contribución del Metodismo a la abolición de la esclavitud — y ahora los dalits de la India, los minjung de Corea, y los que viven en los barrios pobres de Latinoamérica — sugieren que el Espíritu Santo inspira lo ordinario,

La Respuesta
La respuesta es ¡ambas!

Abre tu Biblia en la historia del nacimiento de la iglesia. Los primeros cristianos no menospreciaron lo espectacular, pero cimentaron sus experiencias en el rico suelo de la disciplina diaria. Allí, en la química de una tenaz disciplina, y una espontaneidad cautivadora, descansa el genio de la iglesia primitiva.

La historia del Pentecostés (Hechos 2) si no es espectacular entonces no es nada. Nos habla de un viento fuerte, lenguas como de fuego, la llenura del Espíritu Santo, lenguas desconocidas milagrosas, el espectáculo de una aparente borrachera y el exitoso debut de Pedro (3,000 convertidos en un solo día). Este no es un servicio de adoración, típico Metodista Libre.

Es lo espectacular de los esteroides.

Pero solo es una pequeña parte de la historia. Notemos qué fue lo que condujo al Pentecostés.

Ellos Esperaban
Jesús dio instrucciones claras: “No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del Padre, de la cual les he hablado” (Hechos 1:4). Luego se fue.

Así que los más cercanos seguidores de Jesús y sus familias, se tranquilizaron y esperaron la promesa de Dios — el don del
Espíritu Santo.

“Entonces regresaron a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, situado aproximadamente a un kilómetro de la ciudad. Cuando llegaron, subieron al lugar donde se alojaban” (Hechos 1:12-13)

Tomaron tan en serio el hecho de llevar la cruz de Jesús de acuerdo a Su palabra que ni siquiera se quedaron en el Monte de los Olivos, sino que caminaron la distancia que había hasta la ciudad de Jerusalén. Hubiera sido más fácil — y posiblemente más espiritual — romper las reglas y dormir en la sombra de la ascensión de Jesús. Pero no. Se regresaron a Jerusalén y espe-raron, alejados de la disputa de una fe alimentada con milagros.

Ellos Oraban
Ellos esperaron, pero no de una manera pasiva: “Todos, en un mismo espíritu, se dedicaban a la oración, junto con las mujeres y con los hermanos de Jesús y su madre María” (Hechos 1:14).

Los primeros seguidores de Jesús oraban. Oraban mucho. Ellos no llenaron a Jerusalén con actividades frenéticas, u obras de caridad. Si así lo hubieran hecho, no podían haber orado de manera tan substanciosa. La vida hubiera sido demasiado ocupada, demasiado frenética, y demasiado productiva.

 

Jack Levison es profesor de estudios del Nuevo Testamento en la Universidad Seattle Pacific. Los libros del prolífico autor incluyen: “Llenos del Espíritu”, y “Viento Fresco: El Espíritu Santo para una Vida Inspirada”.

Ellos Esperaban
Después de que los seguidores de Jesús esperaron y oraron, el Pentecostés se desató.

Los espectadores preguntaban: “¿Cómo es que cada uno de noso-tros los oye hablar en su lengua materna?” (Hechos 2:8-11)

Moisés animó a los israelitas a reconocer la majestad de Dios, “su gran despliegue de fuerza y de poder” (Deuteronomio 11:2).

Uno de los poetas de Israel nos anima: “Cántenle (a Dios), entónenle salmos; hablen de todas sus maravillas” (Salmo 105:2).

Quitemos lo espectacular y veremos que algo está pasando en aquel Aposento Alto antes del Pentecostés. Con todo lo que se decía en aquellas lenguas y fuego, y de “borrachos” a las 9 de la mañana, tendemos a perdernos esta parte. Lo que condujo a la experiencia espectacular del Espíritu Santo en el Pentecostés fue la práctica de disciplinas ordinarias: esperar, orar y estudiar. Sin estas tres, el viento no hubiera soplado, las lenguas de fuego no hubieran descendido y el Espíritu Santo no hubiera llenado a aquel pequeño número de creyentes.

Aún así, cuán emotivos deben haber sido los eventos del Pentecostés. ¿Qué emocionados deben haber parecido los discípulos de Jesús cuando sintieron millones de calosfríos aparecieron al ser bautizadas 3,000 personas en el lugar.

¿Cómo respondieron a la acción espectacular del Espíritu Santo? Volvieron al principio e inmediatamente pusieron salvaguardas, disciplinas que desviaron la atención del frenesí y la fiebre de aquellos emotivos primeros días “Ellos se consagraron”, nos dice Lucas: “… en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración” (Lucas 2:42).

Y siguieron estudiando algo más. Oraron aún más. Comían juntos, también, en una unidad poco común.

Vida en el Espíritu
Durante los últimos dos años, me he visto envuelto con un terrible grupo de estudiantes que discutían mi último libro: “Viento Fresco: El Espíritu Santo para una Vida Inspirada”, aún antes de que el libro tuviera un título. Desde entonces, todos ellos confesaron que habían asociado al Espíritu Santo con experiencias espirituales especiales — fogatas, retiros — pero no con partículas de la vida diaria.

El Pentecostés nos ofrece un vibrante modelo de vida en el Espíritu. Aquellos primeros eventos surgieron de una singular combinación de éxtasis y refreno, espontaneidad y sobriedad, abandono y claridad absoluta — ser embriagados con el Espíritu, y a la vez poder recitar los actos divinos con una exactitud asombrosa. Qué emocionante, practicar la determinación y la disciplina — esperando, orando, estudiando juntos — y, en medio de todo este arduo trabajo, experimentar a Dios de una manera tan profunda, recibir el Espíritu tan abundantemente y comunicar la verdad de manera tan vehemente.

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