Dos Maneras de Pescar

Haciendo fila para comprar gusanos en la Tienda de Carnadas, corrí para con mi amigo, Kenny. Él llevaba una canasta que contenía un pescado grande.

“¡Guau, Kenny, qué buen pescado! ¿Dónde lo conseguiste?

“Aquí mismo”, sonrió, “Lo acabo de comprar. Es mi carnada”

Sentí que mis gusanos de repente se hicieron muy pequeños.

En un intento por consolarme, Kenny agregó, “Pero si no pesco hoy un almizcle, voy a freír este amiguito para comer”.

Ese día me di cuenta que hay dos maneras de pescar.

También hay dos maneras diferentes de compartir el evangelio: el vendedor de perlas y el cazador de tesoros.

 

El Vendedor de Perlas

 

El vendedor de perlas dice, “Tengo algo grande que tú necesitas”.

Si la persona que escucha está en el mercado de perlas, entonces esta introducción funciona espléndidamente. Después de todo, todos hacen mejor cuando descubren la perla de gran valor (Mateo 13:45-46). La gente indudablemente necesita a Jesús, y conocerlo es el gozo más grande de la tierra.

Cuando nuestros corazones son cautivados por la gracia, naturalmente deseamos compartir a Cristo con otros. Sin embargo, el entusiasmo desmedido en tratar de vender perlas con frecuencia es contraproducente y aleja a las personas.

Una de las trampas del vendedor de perlas es la condescendencia — una actitud de superioridad: “Tengo la respuesta, y tú ni te la imaginas”. En casos extremos, los evangelistas de banqueta acribillan con mensajes de arrepentimiento por medio de megáfonos y se preguntan por qué nadie responde. Todos nos alejamos de los que nos hablan con actitud condescendiente, e inmediatamente buscamos una salida estratégica.

Otra trampa es la coerción. Algunos evangelistas vendedores de perlas son mezquinos. Son los que le dan mala fama al evangelismo, sufren de lo que B. T. Roberts llamó “santidad en disputa”. Estas personas se van con todo y no aceptan un no por respuesta: “Lo tendrás lo quieras o no”. El evangelismo sin amor es una coerción brutal. Estoy seguro que Jesús tiene una política anti acoso para sus hijos.

Durante mis días de pastor de jóvenes. Víctor, un liniero en el equipo de futbol de la universidad, llegó al grupo de jóvenes con un brillante reporte. “¡Qué creen! ¡Llevé a seis novatos a Jesús esta semana!”.

¡Guau!, eso es magnífico Víctor,” Le dije: “¿Cómo lo lograste?”

“¡Muy fácil!”, me explicó. “Los atrapé en el pasillo, los levanté por el cuello y los empujé contra el armario, y les pregunté qué prefieren, aceptar a Jesús, o un puñetazo”.

 

El Cazador de Tesoros

La segunda manera está más de acuerdo con esta frase: “¡Aquí estás! ¡Te he estado buscando!”

Así es cómo Jesús muestra su amor por los perdidos. Él los busca y les revela su valor verdadero. La compasión siempre se abre camino.

Una tarde de abril, nuestra familia peinó la Costa Norte del Lago Superior en busca de ágatas.

“Aquí está una, Papá,” dijo Wes detrás de mí. “¡Acabas de pisar una! — y mira hay más”.

Y en efecto, las ágatas estaban esparcidas a lo largo de la playa rocosa, pero parecían muy ordinarias, pasé sobre ellas. Estaba buscando algo con más brillo y chispa. Afortunadamente, Wes siguió con una actitud diferente. En la orilla de la playa, llenas de lodo, las ágatas se veían insignificantes. Sin embargo, cuando encontrábamos una la enjuagábamos en el agua y la veíamos contra la luz del sol, brillaba como una joya.

Nuestro trabajo, como cazadores de tesoros, es mirar dos veces — ver más allá de lo ordinario. “¡Regadas por las esquinas de las calles se han quedado las joyas sagradas!” (Lamentaciones 4:1). Los tesoros perdidos están por dondequiera.

Sumérgelas en la Gracia de Dios, déjalas en el Sol de la Justicia, y resplandecerán. Busca y hallarás.

 

Sé un Testigo

 

Una encuesta del Grupo Barna encontró que el 90 por ciento de los jóvenes no cristianos entre las edades de 16 y 29 años ven a los cristianos como jueces. Es posible que una de las razones de esto es que hemos asumido el rol equivocado en el tribunal. Jugamos la parte del juez, del jurado o del fiscal investigador, en lugar del de testigos.

Tu rol como un seguidor de Cristo es simplemente ser un testigo. Todo lo que necesitas hacer es compartir la historia de tu fe. Aquí presentamos algunas señales:

 

  1. Ora que Dios te abra puertas para compartir.
  2. Cuando la puerta se abra, ten el valor de hablar.
  3. Muéstrate humilde y nunca presentes una actitud de superioridad.
  4. Hazlo de forma simple y breve. No compartas más de lo que quieran saber.
  5. Diles lo que has experimentado, en lugar de lo que deberían hacer.
  6. Enfócate en el mensaje (Jesús) en lugar de en el desastre.
  7. No entres en argumentaciones. Si ellos protestan de lo que estás diciendo, aléjate y deja que el Espíritu Santo haga la obra.

 

PARA DISCUSIÓN

 

1 ¿Han sido tus esfuerzos evangelísticos como los de un vendedor de perlas o los de un cazador de tesoros?

 

2 ¿Cómo puedes discutir sobre el pecado y de la necesidad de salvación sin parecer un juez?

Mark O. Wilson es pastor en los bosques del Norte de Wisconsin. Este artículo es un extracto de “Purple Fish: A heart for Sharing Jesus” (“Pez Púrpura: Un Corazón para Compartir a Jesús”), disponible en idioma inglés, impreso, en audio o en formato de libro electrónico en wphstore.com. Copyright 2014, Wesleyan Publishing House. Usado con permiso.

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