Dos Ideas Equivocadas Sobre la Oración

He leído el estudio. Aparentemente, muchos pastores pasan menos de cinco minutos al día en oración. Esto, a su vez, sugiere que ¡algunos de sus seguidores pueden no estar orando nada absolutamente! Me gustaría pensar que el estudio no es correcto, pero eso sólo es un buen deseo. Más bien, quiero hacer notar dos ideas equivocadas que pueden hacer pensar que orar es algo difícil.

Primero, hay algunos que consideran que la oración es algo antinatural o extraño a los iluminados seres humanos actuales. Pero, ¿será verdad? Probemos un experimento de dos partes conmigo. Pronuncia las siguientes palabras en voz alta, con expresión:

“¡Sí!”

“¡No!”

“¿Por qué?”

“¡Auxilio!”

Ahora, imaginemos un conjunto de circunstancias que harían que tales palabras fueran apropiadas. Imaginemos circunstancias buenas, malas, circunstancias malignas y peligrosas que obligarían a la mayor parte de las personas a pronunciarlas.

Acabamos de imaginar oraciones primarias comunes que a menudo surgen del corazón humano cuando las circunstancias lo demandan—son tan primarias que muy pocos las podrían sofocar. Eso se debe a que somos programados por designio de la creación, para orar. Fuimos formados para estar en relación con Aquel que nos formó y nos ama. Fuimos hechos para clamar al Creador—en nuestros deleites, dolores y confusión.

Fuimos hechos para conexión o comunión, de modo que no “vivimos la vida” solos, sino juntos, la mayoría de nosotros con Aquel que nos hizo. En el jardín, la historia primaria, tenemos indicación de que los seres humanos y Dios disfrutaban haciendo caminatas juntos teniendo comunión y conversando (Génesis 3:8)

Esto es importante porque si tú y yo fuimos hechos para orar, luego la oración no es antinatural, sino algo natural. La oración es (sobre) natural para nosotros como hijos de Dios. Puede ser como pasear en bicicleta. Nunca se nos olvida. Puede ser como hablar en un idioma que alguna vez conociste bien pero que no lo has utilizado por años. Luego, si las circunstancias se presentan, sólo empiezas a escuchar y a hablar. Y es que está profundamente arraigado dentro de ti. En algún momento puedes clamar “de lo profundo” (Salmo 130).

Esto es importante porque los seguidores de Jesús pueden no estar conscientes o no estar bien informados en este punto. Ellos piensan que no es algo natural orar, especialmente “en voz alta”. De modo que asumen que debe haber una manera especial, un vocabulario o técnica.

Pero existe una verdad fundamental de la Palabra de Dios para el pueblo de Dios. Dios está dentro de ti porque el Espíritu de Dios mora en ti. Por tanto, no hay nada en tu experiencia (profunda o de otra manera) –nada de lo que ves o escuchas, o sientes — que Dios no lo experimente contigo. Dios está allí en el momento y lo comparte contigo. Y, si eso es así, ¿qué cosa puede ser más natural que hablar? De decir: “¡Cáspita!, ¿vieron eso?” “¡Oh, eso duele!” “¿Cómo podemos resolver eso?”

Imaginemos que vamos a recoger a alguien en el aeropuerto, y luego lo, o la llevamos a nuestra casa. Mientras vas en tránsito, otro automóvil casi te lanza fuera del camino. ¿Cuál será tu reacción? ¿Actuarías como si fueras solo? Posiblemente le gritarías algo al otro conductor. En tanto, tu amigo/a estaría reaccionando como lo hace cualquier otra persona — con sus propias exclamaciones, con gratitud de que ambos están vivos y seguros. ¿Pero saldrían ambos de esta experiencia sin hablar al respecto? Probablemente no. Sin embargo, así es como la mayoría de nosotros experimentamos nuestras vidas. Sabemos que Dios está allí, pero vivimos como si no estuviera y nosotros estuviéramos solos.

Por muchos años, mi esposa Lavone, me ha acusado de que hablo solo. Por mucho tiempo, he tratado de negarlo y vivir en esa negación. Pero más recientemente he dejado de negarlo. Yo hablo solo. Proceso las cosas en voz alta, usualmente en tono bajo, pero no siempre. Y estoy aprendiendo a actuar en la creencia de que no estoy solo. Emanuel es Su nombre. De modo que hablo de ello, de lo que sea, con el Único que está allí, conmigo—de hecho, el que está ahí, es más importante, porque es Él.

Una segunda idea equivocada muy común sobre la oración se relaciona con la primera. A saber, que la oración es una interrupción o pausa en la acción de nuestras vidas. La vida sigue. Sucede esto o aquello. Luego, nos detenemos a orar. De hecho, no es muy frecuente que yo diga: “Detengámonos a orar”.

Pero cuando se trata del reino de Dios, las cosas se encuentran invertidas. ¿Qué significa que la oración se encuentre invertida? ¿Pueden nuestras acciones, nuestras decisiones y nuestras reacciones ser las “pausas” en la acción principal, que es la participación y amorosa interacción con Dios—Padre, Hijo y Espíritu Santo?

Imagina que tú y tu mejor amigo, están reunidos alguna de estas noches. Se han conocido por un tiempo y tienen un número creciente de experiencias que han compartido juntos. Como en ocasiones anteriores, comparten eventos recientes y episodios en sus vidas—recordando cada uno lo que está sucediendo, discutiendo las opciones o respuestas mejores a esas circunstancias, posiblemente tomando decisiones o planes de lo que harán juntos. Están pasando un buen tiempo cuando suena el timbre de la puerta. Pueden estar esperando a alguien o no. Cuando escuchas el timbre, te disculpas y vas a ver quién está en la puerta. Te encuentras con otra persona, hablas con él o ella, respondes apropiadamente y cierras la puerta. Luego, regresas con tu amigo y retomas la conversación que había entrado “en pausa”. O quizá invitas a la persona recién llegada a entrar y unirse con ustedes que ya estaban antes allí para continuar con la conversación.

Ahora. ¿Cuál es la acción principal en este escenario? ¿Es compartir con tu buen amigo o vas a ver quién es la persona que está en la puerta?

¿Qué si la acción principal de la vida es la conversación que ahora tenemos con Jesús, misma que provee nuestro contexto, perspectiva y sabiduría para todos los demás eventos y encuentros que tenemos con otras personas? ¿Qué si realmente pudiéramos “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17)? ¿Y qué si nuestra certeza de que Jesús está con nosotros y participa en nuestras vidas fuera la realidad principal, o primaria, y que las situaciones y circunstancias que llenan nuestras vidas fueran oportunidad para “pausar” nuestra conversación primaria para responder con perspectiva de reino y con poder?

¿Qué si una de las cosas más naturales que más hacemos es orar? Así que hablamos de todo con Jesús.

¿Qué si la vida misma resulta en una interacción de oración que incluye a Dios, con y para otros? De modo que la oración no es la “pausa”—es la vida que hemos recibido la que se detiene para incluir todas las cosas que nosotros experimentamos.

El Obispo David Kendall es un presbítero ordenado en la Conferencia Great Plains (Grandes Llanuras). Fue elegido por primera vez al oficio de obispo Metodista Libre en 2005, y se jubilará al final de este mes, es el autor de “Follow Her Lead” (Sigamos Su Huella, fmchr.ch/dkfollow), y “God´s Call to Be Like Jesus” (El Llamado a ser Como Jesús, fmchr.ch/godscalldk)

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