Discipulado Bíblico – Los Altos Costos de (No) hacer Discípulos

Recuerdo el tiempo cuando era muy raro encontrar una declaración de misión publicada en un ambiente corporativo, mucho menos en la iglesia. Hoy, las encontramos en todos lados, desde Compañías Fortune 500 hasta restaurantes de comida rápida, y más definidamente, en Iglesias. Una misión declarada puede ser una herramienta estratégicamente importante, que ayuda a crear cultura y proporciona una claridad muy necesaria, enfoque, y guía direccional. O puede ser nada más una herramienta de mercadeo que parece grande a la letra pero casi no tiene impacto sobre la compañía u organización.

La misión de la Iglesia Metodista Libre es “amar a Dios, amar al prójimo y hacer discípulos”. Es un llamado maravillosamente sencillo, pero profundo, arraigado en las palabras mismas de Jesús en Su Gran Mandamiento (Marcos 12:30-31). Es claro, conciso y sano.  Nuestro desafío es dedicarnos a vivirlo y no solo a estar hablando acerca de él.

Mis colegas nos han guiado a través de los primeros dos ingredientes de nuestra misión tripartita. Mi tarea es abordar la parte final: hacer discípulos. Infortunadamente, décadas de estudios nos proporcionan una abrumadora evidencia de que a la vez que no es escasa la cantidad de tinta derramada, o las ondas sonoras llenas del tema del discipulado, la iglesia ha sido pobre en la entrega de lo bueno. La asistencia a la iglesia está disminuyendo. El comportamiento y el estilo de vida de los que nos identificamos como cristianos evidentemente no es diferente a la de aquellos que afirman no creer en nada. Lo más preocupante, los mileniales y los posmileniales criados en la iglesia cada vez más reflejan un concepto del mundo que es decididamente más secular que bíblico.

Convencido de tales conclusiones, el investigador George Barna pasó seis años entrevistando a más de 15,000 estadounidenses en la esperanza de identificar tanto la naturaleza de la transformación y las dinámicas que impactan ese peregrinar positiva o negativamente. Él comparte sus conclusiones en su libro “Maximum Faith” (Máxima Fe), en el que identifica 10 “pausas” en el camino de la transformación (véase la gráfica que incluimos resumida de su libro, mismo que se puede obtener en fmchr.ch/barnafaith). También revela el porcentaje de estadounidenses que reportan progreso en cada pausa del camino. La conclusión más obvia del estudio de Barna es que los llamados cristianos en los Estados Unidos han avanzado muy poco en su conversión inicial, e incluso han avanzado menos más allá del involucramiento en las actividades de la iglesia.

De particular interés para los que somos de la tradición de Santidad Wesleyana es que las pausas 7-10 reflejan una cuidadosa comprensión wesleyana de la vida santificada, somos al final llamados a vivir como cristianos. Un pobre 11% de estadounidenses reportan movimiento hacia esa esfera y un irrisorio 1% dice haber progresado a la clase de vida que Barna describe como de “un profundo amor a Dios” y “un profundo amor por el prójimo”. ¿Te suena familiar? A menos que los Metodistas Libres formen una gran tajada de ese 1%, tenemos por delante un arduo trabajo qué hacer.

A la vez que seguramente podríamos considerar esta información como deprimente, prefiero verla como un llamado de alerta que nos da la oportunidad de reclamar un concepto cuidadosamente bíblico de la misma, y de compromiso con el discipulado bíblico. Los días cuando ere benéfico y hasta popular en nuestra sociedad ser identificado como Cristiano hace mucho que desaparecieron … y eso es bueno. La historia y las voces de nuestros hermanos y hermanas alrededor del mundo de hoy nos dicen que el cristianismo tiende a prosperar mejor cuando es impopular, y hasta de oposición. La iglesia tiene una manera de agudizar su enfoque y Fortalecer su resolución cuando la red protectora de la aceptación social es removida y la única opción es abrazar la senda peligrosa, pero dadora de vida del discipulado bíblico.

La Gran Comisión

Algunas veces un texto se vuelve tan familiar que pierde su impacto. Me temo que esto puede estar sucediendo con la Gran Comisión, así que detengámonos un momento para repasar los elementos críticos de esta escritura que es tan fundacional a nuestra comprensión del discipulado.

Primero: tenemos que labrar el concepto de siloé del evangelismo y del discipulado. El único verbo verdadero en la Gran Comisión es mathēteúō, lo que en griego es, sí, adivinaste. “hacer discípulos”. Este es el mandamiento central de Jesús, que por cierto, es muy diferente de la meta de solamente hacer convertidos o buenos miembros de la iglesia. Tenemos que invertir nuestras vidas en ayudar a otros a llegar a ser seguidores comprometidos

de Jesús, el fruto final del cual, es el profundo amor de Dios y de las personas.

La manera en que vamos a cumplir ese mandamiento se articula por tres participios que definen el medio del discipulado: yendo, bautizando y enseñando. El mandamiento “id” es el llamado al evangelismo. Como muchos lo han señalado, la mejor traducción es “mientras vas”. El evangelismo se cumple mejor por las personas ordinarias en los ritmos naturales de la vida diaria. Pero no se puede hacer discípulos sin el evangelismo, y todo el punto del evangelismo es hacer discípulos. El evangelismo sin discipulado es como dar a luz a un niño sin la intención de llevarlo a casa, cuidarlo, y nutritlo hasta la madurez. Barna lo llama “abuso espiritual”

Segundo, debemos entender el rol central de la comunidad en el discipulado.¿Por qué Jesús vincularía el bautismo y el discipulado en la Gran Comisión? Sin duda, el bautismo permite a un nuevo seguidor de Jesús profesar su fe y ser recibido como alguien que ahora pertenece al “Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Pero los estudiosos bíblicos también señalan que el bautismo era considerado como una iniciación en la comunidad de fe.

A algunos les puede sorprender que Jesús se enfoca en el bautismo y la iniciación a la comunidad Cristiana antes de ordenarnos enseñar, pero realmente no debería ser así. La historia de la creación revela que la misma naturaleza de Dios es inherentemente relacional—“Hagamos a los humanos a nuestra imagen” (Génesis 1;26, GW, traducción libre). Cuando Jesús lanza Su ministerio público, él no pidió a Sus discípulos que leyeran un libro o asistieran a una clase. Él los invita a “seguirme” y “vengan y vean”. El enfoque de Jesús al discipulado era conformar las vidas de Sus seguidores en el contexto de la vida integral de las relaciones personales.

Una de las implicaciones más desafiantes de esta idea es que vamos a invitar a las personas a una relación con Jesús y la comunidad de fe al principio de su peregrinaje espiritual, no después de que hayan demostrado suficiente conocimiento o la conducta correcta para garantizarlo. A la vez que tenemos que tener en tensión esta idea con otras referencias bíblicas que resaltan la importancia del arrepentimiento, obediencia y rendición de cuentas, debemos abrazar la verdad de que la transformación se ve mejor como el fruto, y no como una condición requerida de una comunidad Cristiana auténtica.

Es importante señalar, sin embargo, que “ir a la iglesia” y participar en la comunidad no son la misma cosa. De las muchas cualidades de la comunidad bíblica, me gustaría resaltar tres, que son críticas para el peregrinaje del discipulado. La primera es la autenticidad. El campo más fértil para el crecimiento en el discipulado es un ambiente lleno de gracia en la que la honestidad, la aperture y la transparencia son demostradas y estimuladas. La segunda es ministerio mutuo. La vida en comunidad provee la oportunidad de actualmente hacer las cosas de las que hablamos los domingos. Como creyentes “vivimos la vida juntos”, conceptos como amor, perdón y misericordia se hacen concretas, proveyendo los medios necesarios para formar el carácter. La tercera es diversidad, Mientras que la homogeneidad puede ser un buen principio eclesiástico, no es un buen principio de discipulado. Si pasamos todo nuestro tiempo con personas que son iguales a nosotros, no tenemos a nadie que nos muestre nuestros puntos ciegos. Sin embargo, cuando nos involucramos en una comunidad diversa, descubrimos el don desde diferentes perspectivas, trasfondos y experiencias de la vida que nos amolda y y nos desafía a ir más allá de lo que ya sabemos. Juntas, estas tres cualidades pueden acelerar significativamente el crecimiento en el discipulado.

Tercero, debemos recuperar un compromiso a la enseñanza transformacional. Una vez escuché a un autor popular y proponente del movimiento misional eclesiástico hacer la declaración: “Jesús no era un maestro”. ¿En serio? ¿No era ese uno de los nombres que le daban Sus discípulos? ¿No se maravillaban las personas y decían: “Nunca hemos escuchado a nadie enseñar con tal autoridad”? ¿No están los evangelios llenos con sus enseñanzas?

Por una parte, lo entiendo. Hemos presenciado un significativo retroceso a la enseñanza tradicional del estilo del salon de clase que a menudo logra poco más que la transferencia de información. Jesús lo puso bien en claro que nuestra meta en la enseñanza es la transformación, no la información, cuando Él nos mandó a “enseñarlos a obedecer” (Mateo 28:20, traducción libre). Pero a la luz de los estudios que llaman a esta generación de creyentes “los más iletrados de la historia”, ¿no deberíamos considerer la posibilidad de que el péndulo haya oscilado demasiado? En nuestros intentos de enfatizar la comunidad y misión, hemos descuidado el papel vital de la enseñanza de la Palabra de Dios de una manera transformacional? ¿Podría ser  que una de las razones de que tantas personas que se identifican como cristianos que se conforman al mundo se debe a que hemos fracasado en darles los medios necesarios con los cuales renovar sus mentes?

Nuestra desviación de la enseñanza de la Biblia ha dejado, particularmente a nuestros niños y jovenes altamente vulnerables al catecismo secular de Holywood, la industria de la música y las redes sociales. Existe un bombardeo para convertir los valores seculares la principal corriente en nuestra nación, y una de las maneras en que se está extendiendo, es calificando a los valores cristianos como pasados de moda cuando menos, y perniciosos cuando más. Muy francamente, el mundo está hacienda mejor su tarea en disciplinar a nuestros jóvenes con su ideología secular, que la iglesia proveyendo un fundamento bíblico fuerte. Es tiempo que la iglesia responda al llamado a despertar y tomar las cosas en serio acerca de la disciplina bíblica.

El Costo de no Discipular

En la década de 1930, Dietrich Bonhoeffer escribió sobre la plaga de la “gracia barata” que se había introducido en la iglesia de su tiempo. El libro recibió el título de “El Costo del Discipulado”, algo que Bonhoeffer defendía con la pluma, pero lo abrazaba en la vida. Él fue uno de los pocos teólogos alemanes que se atrevieron a tomar una posición en contra de Hitler, y al final le costó su vida. A continuación la manera en que él describió la gracia barata:

“La gracia barata es la predicación del perdón sin el requisito del arrepentimiento, el bautismo sin la disciplina de la iglesia, la Comunión sin la confesión, la absolución sin una confesión personal. La gracia barata es la gracia sin discipulado, la gracia sin la cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado” (fmchr.ch/cheapgrace).

Es interesante que el estudio de Barna apoya la idea de que nosotros no favorecemos a los creyentes cuando enfatizamos los beneficios pero minimizamos el costo del discipulado. Descubrió que solo aquellos creyentes que tienen el deseo de perseverar a través de “el quebranto espiritual” hasta el punto  crítico de “la rendición y sumisión” son los que alcanzan la meta final del amor profundo de Dios y el amor profundo a las personas. Infortunadamente, la mayoría de los cristianos en los Estados Unidos eligen la seguridad y al confort del cristianismo nominal, sin darse cuenta trágicamente de que evitar el costo significa que ellos también están haciendo a un lado el tesoro de la vida totalmente transformada.

En “el Espíritu de las Disciplinas” (fmchr.ch/dwillard), Dallas Willard argumenta que el costo del no discipulado es al menos tan grande como el costo del discipulado: “El no-discipulado es a costa la paz permanente, una vida permeada por el amor, la fe que lo ve todo en la más deprimente de las circunstancias, el poder de hacer lo que es correcto y resistir las fuerzas del mal. En pocas palabras, tiene el costo exactamente de la abundancia de vida que Jesús dijo que vino a traer (Juan 10:10)”.

A riesgo de parecer demasiado simplista, me parece que la obsesión de los estadounidenses con el crecimiento de la membresía y de la asistencia nos ha inducido a “bajar la vara” sobre el discipulado, con resultado de que mayormente los cristianos nominales terminan encontrando la tibieza espiritual totalmente no satisfactoria. Aquellos que siguen en la práctica de disfrutar de la vida permanecen en el rebaño pero no ofrecen una razón convincente para que sus hijos, vecinos o colegas los imiten.

¿Pero qué si fuéramos a volver de todo corazón a nuestra misión de hacer discípulos que amen a Dios con todo su corazón, alma, mente y fuerza, y demuestran su amor por el prójimo en modos tangibles y significativos? ¿Qué si nuestras mismas vidas, transformadas por el poder del Espíritu Santo, fueran nuestro más grande testimonio hacia un mundo que nos observa?

 

El Obispo Keith Cowart supervisa los ministerios Metodistas Libres a lo largo de la Costa Oriental en el Sur-Centro de los Estados Unidos y también en Europa, el Medio Oriente y Asia. Fue elegido como Obispo de la Iglesia Metodista Libre – USA en la Conferencia General de 2019. Anteriormente sirvió como superintendente de la Región Sureste después de 21 años como el pastor principal fundador de la Iglesia de la Comunidad Cristo, en Columbus, Georgia.

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