Desangrando

El hombre es una máquina testigo. Casi todas las noches me llama o me envía mensajes de texto con historias de las increíbles “cosas de Jesús” que hizo ese día en el trabajo, en su barrio o en la tienda local. Su pasión por el reino despierta una hambre espiritual en lo más profundo de mi alma. Esto, sin embargo, no siempre fue el caso.

John Clutter entró por primera vez en la Iglesia Metodista Libre de Rivesville el Domingo de Resurrección de 2016. Puso su humanidad de de 6 pies y 5 pulgadas (más de 2 metros) cerca de la parte posterior del santuario mientras esperaba mezclarse entre la gente, pero mi radar se cerró con fuerza. Para mi sorpresa y deleite, el primer domingo de John se

convirtió en su segundo y tercero. En este punto, decidí que era hora de una conversación.

Él no era un creyente, pero no tenía idea de que estaba al borde de su propia destrucción.

Llegué al McDonald’s local en mi uniforme de hospital, el aroma de mi trabajo secular aún

persistía en mi cuerpo. John dejó su sándwich de pollo a medio consumir y me extendió su mano impregnada de grasa. Qué pareja hicimos: yo, un pastor bi-vocacional bien arreglado, de 36 años y padre de tres hijos; y un mecánico de 25 años, barbado, mecánico diesel que trabajaba duro y vivía con su novia. Era el destino.

Hablamos por dos horas. En la primera mitad de nuestra conversación, las palabras y las lágrimas brotaron de lo profundo del alma de este joven fuerte pero quebrantado. La segunda hora consistió en preguntas que él me lanzó sobre la Biblia, la teología y Jesús. Durante años, John se jactaba de su habilidad para reducir a pedazos la fe de los cristianos señalando los defectos en sus creencias. Ese día no fue así. Todas las preguntas fueron respondidas con la verdad, bañadas en amor y apoyadas por la Palabra. Al final de la noche, vi la humildad en sus ojos.

Le dije a mi nuevo amigo que, mientras continuara con su búsqueda de la verdad, podría llamarme a cualquier hora.

“Bud”, me dijo a la típica manera Clutter: “te voy a cansar”.

“John”, respondí con mi mirada fija en la de él, “me desangraré por ti si eso es lo que

se necesita”.

En esencia, el discipulado tiene que ver con la encarnación. Nunca olvidaré cuando le pedí a mi congregación que se imaginara la primera vez que el Hijo de Dios se hizo del baño. No se preocupen tenían la misma expresión que la que tienen ustedes en sus rostros. Pero sucedió. Cuando el Verbo se hizo carne (Juan 1: 1-18), Él vino a habitar entre nosotros, experimentó nuestra realidad, y vivió esto que llamamos humanidad en todo su poco atractivo desorden. Emanuel es “Dios con nosotros “(Mateo 1:23).

No había ninguna aureola flotando sobre la cabeza del bebé en el pesebre. La verdad es que Maria se tambaleó con los ojos somnolientos por el sucio suelo del establo, fue porque su

pequeño milagro estaba en un pañal sucio. Esa imagen de Jesús, aunque ofensiva al principio, es en realidad la razón por la que lo amamos.

La vida de Jesús, no solo su ministerio, o su trabajo en la cruz,  toda su vida, fue para reafirmar que Dios está con nosotros. “Dios con nosotros” se hizo del baño en su pañal y dependió de su madre para su supervivencia. Tocó el rostro del leproso– Dios con nosotros. Él ministró a la mujer Samaritana “mestiza”, que jugaba con niños acicalados,  y tal vez lanzó granos de maíz a un agujero con un tipo borracho en la casa del recaudador de impuestos–Dios con nosotros. Él desobedeció las reglas divisivas y culturales del día para llegar a las personas donde ellas estaban–Dios con nosotros.

Antes de que Jesús pudiera salvar nuestras almas, tenía que ganarse nuestros corazones. Lo amamos porque “él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

En verdad, me desangré por John. Este joven vino a Jesús con absoluta entrega. Estaba tan sediento del Espíritu Santo como hambriento de la Palabra. Pasé innumerables horas de mi vida respondiendo sus preguntas y alimentando su alma. Fueron mis manos las que lo colocaron a él y a su hermosa novia, Amanda, bajo el agua en el “nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y fue mi familia la que asistió a una fiesta en su casa unas semanas más tarde. Vi sus ojos llenos de lágrimas cuando hablamos sobre su necesidad de vivir separado de Amanda hasta que se casaran. Vi mis propios ojos llenarse de lágrimas cuando, en pleno invierno, se mudó a un pequeño remolque de acampar  porque amaba a Jesús más que a la comodidad o el placer. Y sentí mi corazón lleno de orgullo meses después cuando los declaré marido y mujer.

Mi desangrado vino en forma de riesgos cuando John comenzó a extender sus alas en el ministerio y en oraciones por su vida. Como su pastor y amigo, lo alenté cuando era débil, lo guié cuando se sentía confuso, lo alimenté cuando estaba hambriento (lo que sucedía y sigue sucediendo, todo el tiempo) y me maravillé por su pasión por Jesús.

Ahora, por favor no me malentiendas. No soy un mártir. Cada gota de mi vida gastada en nombre de John Clutter en realidad me trajo más vida. Ese es el reino en acción: “A menos que un grano de trigo caiga al suelo y muera …” (Juan 12:24). Así  funciona el discipulado: Jesús en mí se convierte en Jesús con los que me rodean (Dios con nosotros).

Un año y medio después, ahora es John quien  se desangra: en el trabajo, en su grupo de grupos pequeños, como el nuevo líder juvenil de la Iglesia Metodista Libres de Rivesville, y como mi asistente. Aunque él no es perfecto,“La vida de John es realmente una luz que clama al mundo: “¡Esto es lo que Jesús puede hacer!”. Yo seguiré disfrutando el privilegio de darle a John todo el tiempo que esté con él, pero la mayor alegría es ver otras vidas incontables cambiar a medida que John se derrama por ellos.

Adam Stuck es el pastor principal de la Iglesia Metodista Libre de Rivesville en West Virginia.

 

 

Written By
More from Adam Stuck

Música de Adoración en los Cines

Aún si el nombre Hillsong no te parece familiar, probablemente has pasado...
Read More

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *