De Trolls a Pacificadores

¿Qué está pasando con el mundo? ¿A dónde se ha ido la cortesía? ¿Por qué tanto grito y enojo? ¿Por qué las “noticias” están llenas de ira y miedo? ¿Por qué no hay paz?
Respuesta sencilla: porque el mundo está repleto de hijos que aún no son de Dios. No esperamos nada mejor de los hijos del maligno.

Aunque tendemos a pensar en las bienaventuranzas como frases dulces y amables, adecuadas para ser colgadas en las paredes de las guarderías infantiles, ésta hace una fuerte declaración: aquellos que no son pacificadores no son hijos de Dios. Esta bendición no es aspiracional; es una amenaza Esta bendición no es “deberías pensar en ser un pacificador”. Más bien es “si no traes paz, eres un hijo del diablo”. Posiblemente será una terrible premonición de que en el día del juicio no será muy bueno haber trabajado para una compañía de TV o haber sido incendiarios en Facebook.

Sin embargo, esta cuestión del establecimiento de la paz no es tan directa como se podría pensar. La fábrica de armas Colt hizo una pistola llamada Peacemaker (Pacificadora) en el siglo XIX. Cien años después, los Estados Unidos desplegaron un misil MX llamado Peacekeeper (Guardián de la paz). Pero antes de brincar a la obvia ironía de pistolas y misiles que traen paz, permíteme sugerir que no es totalmente una locura. De hecho, Jesús dijo algo sorprendente en el libro de Mateo: “No creas que he venido para traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada” (10:34).

¿Será que Jesús nos está animando a tomar las armas contra Roma, los inmigrantes o los zombies y hacer la paz mediante las armas? De lo contrario, ¿Cómo pueden estas dos declaraciones, “Bienaventurados los pacificadores” y “No vine a traer paz”, provenir de la misma boca, del Príncipe de la Paz? ¿No es esto un poco esquizofrénico? ¿De qué se trata? ¿de paz o de pistolas?

Respuesta sencilla: los pacificadores no siempre obtienen la paz. La bienaventuranza contiene nuestras instrucciones, pero Mateo 10:34 nos advierte que no siempre viviremos en paz ni seremos percibidos como pacíficos. Debido a que estamos alterando esta era actual, esta edad actual nos verá como si tuviéramos una espada en la mano. Jesús no tomó la espada físicamente, sino que atacó el reino del mal, anunciando la posibilidad del bienestar, “Shalom”, para todos. Él hizo la paz para todos nosotros y se convirtió en nuestra paz, pero solo a través de su conflicto, su camino y su eventual victoria, también a su manera. La paz llegará en su plenitud cuando Su reino venga en su plenitud. Y solo sus hijos vivirán en ese reino. Practica aquí y ahora para ese reino.

Mateo 10:34 no condona la agresión o el manejo de la espada de los seguidores de Jesús: la reprensión de Jesús por el golpe de la oreja del siervo en Getsemaní muestra cómo Él ve la violencia, incluso, en este caso, en defensa propia. En cambio, Jesús fue arrestado sin oponer un solo dedo de resistencia. Su agresión fue espiritual contra espiritual, sin pistolas Colt, sin misiles MX, sin Segunda Enmienda, sin espada. La espada era metafórica. Escuchen bien incendiarios de Facebook, trolls, tengan mucho cuidado, reporteros: Están ustedes servidos.

¿Cuál fue finalmente, la espada metafórica con la que Jesús trajo la paz? ¿No fue el sacrificio de sí mismo? ¿No fue cuando dejó de lado su propia gloria, sus derechos y sus privilegios? ¿No fue ese momento inimaginable cuando Aquel que tenía todo el poder se sometió a la muerte para derrotarla? La espada que Jesús empuñaba era mucho más grande y más efectiva que cualquier pieza de acero afilada. Fue un pacificador, incluso cuando se enfrentó a los poderes del mal con su sacrificio. ¿Sigues confundido?

Puede ser porque nosotros suponemos que los pacificadores tratarán de evitar el conflicto. Sin embargo, ese no es el significado de “shalom” (hebreo) o “eiréné” (griego). “Paz”, en la Biblia, no significa evitar el conflicto; es introducir en nuestros contextos el completo bienestar de Dios. Así que Jesús nos trae paz y hace la paz, pero lo hace paradójicamente al invadir el reino de las tinieblas y saquear ese reino, superando su poder con sacrificio. Nosotros, los que vivimos de esa manera, somos hijos de Dios. Se peleó la batalla, pero se peleó de maneras que se nos dificulta entender. Debemos luchar de la misma manera, no en nuestras formas predeterminadas, naturales y humanas.

Hacer la paz no es algo natural, así como ser un hijo de Dios no es algo natural. Nacimos retorcidos hacia el mal, la maldad y la actitud defensiva. En otras palabras, nacimos para pelear. Nacimos como antónimos de pacificadores: como personas conflictivas que tienden a las relaciones de confrontación, drenando lugares de bienestar. Esta es la naturaleza de la humanidad. Solo el trabajo de Dios en nuestras vidas nos transforma en pacificadores.

Aunque dudo en preguntar, debo hacerlo: ¿Cómo estamos en esta bienaventuranza? ¿El trabajo de Dios nos está transformando activamente de nuestras personalidades naturalmente conflictivas y agresivas en aquellos que trabajan para shalom (bienestar) en todas las áreas de nuestras vidas y relaciones? Podemos calificarnos por la ausencia de ciertas características y la presencia de otras:

No solo la ausencia de
• Un espíritu pendenciero sobre la política
• Conflicto racial en nuestra ciudad
• Una lengua incendiaria en casa
• Una defensa de nosotros mismos en el trabajo
• Creación de problemas en la iglesia
• Pecado en nuestras vidas

Sino la presencia de
• Invertir agresivamente en el discurso político civil
• Ser el portavoz y el invitado en nuestra ciudad
• Un sacrificio del egocentrismo en el hogar
• Una defensa ante los débiles en el trabajo
• Solucionar problemas en la iglesia
• Redención de otros a través de nuestras acciones

Tres “hurras” para nosotros si obtenemos un buen puntaje en la primera lista, pero se nos llamará “hijos de Dios” si calificamos bien en la segunda lista. Estos son los pacificadores. Y si no somos constructores de paz, esta bienaventuranza se convierte en una amenaza eterna, no en un encaje bordado.

El Obispo David Roller sirvió por 17 años como misionero de la Iglesia Metodista Libre en México y después por 10 años como Director del área de Misiones para Latinoamérica de la Iglesia Metodista Libre. Fue elegido como obispo en el 2007.

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