De Paria a Presidenta

El Departamento de Policía en el centro del pueblo era un edificio de dos pisos, de ladrillo o tabique. Se veía como un edificio de oficinas. Pensé que estaba en el lugar correcto porque había patrullas en su estacionamiento. Trataba de aparentar una calma que no sentía. Caminé en torno al edificio y traté de abrir las puertas. Todas estaban cerradas con llave. Mi farsa solo podía durar lo mismo que el calor de agosto en Kentucky. Escuché una voz que me sonó familiar. Me dijo que estaba en el lugar correcto y me enseñó el camino hacia el lugar de reunión. Era el lugar de la reunión de la asociación ministerial en esta comunidad y mi primera reunión. Todo me parecía tan extraño.

Yo era una extraña, y me dolía reconocerlo. Aquella primera reunión en la estación de policía quedará en mi memoria para siempre. Yo tenía la esperanza de que aquel sería un lugar de camaradería y alegría. En lugar de eso, los pastores que estaban en el salón evitaban el contacto visual conmigo. Yo casi no hablaba, me limitaba a sonreír, pero mis sonrisas no eran correspondidas. La atmósfera era sombría. Había habido ambientes en mis años a lo largo de mis años de ministerio en los que reconozco que ser simplemente quien yo soy—una mujer, y pastora—me hacían quedar por fuera. En esta reunión, me sentí más que marginada, una impostora, una paria como nunca antes lo había sido. Los diez minutos manejando hacia mi casa los pasé derramando lágrimas, quejándome y clamando a Dios.

Las reuniones se celebraban solo una vez al mes. Le hablé a Dios acerca de mi necesidad de regresar el mes siguiente. No tenía ninguna razón para no asistir, de modo que asistí. En este momento, yo seguía asistiendo simplemente porque uno de mis mentores una vez me dijo: “Lo primero que harás cuando seas pastora en una comunidad si vas a conocer a otros pastores, será pedir a Dios que bendiga abundantemente sus ministerios”. Aquel mentor siempre me decía palabras en las que podía confiar, de modo que asistí.

Era costumbre de la asociación pedir a un pastor recién llegado a la comunidad que predicara en un servicio comunitario. Recuerdo una reunión especialmente dolorosa cuando escogieron a otro pastor del pueblo para que predicara en lugar de escogerme a mí. Una vez más lloré por todo el camino de regreso a casa. Me pareció extremadamente severo, dado que yo era la única pastora recién llegada que estaba asistiendo a las reuniones. Ninguno de los demás pastores cuyos nombres fueron mencionados estaba activo en la asociación. En medio de mis lamentos y quejas, Dios me habló de una manera suave. Mi manera de pensar acerca de este grupo había estado equivocada. Dios me había enviado allí para darle ánimo con mi presencia. Lo importante era mi ministerio para ellos, no el ministerio de ellos para mí. Dios me dio la seguridad de Su presencia conmigo. Yo era llamada a nuevas relaciones para bendecir. La incomodidad que yo sentía durante las reuniones no cambió de inmediato. Sin embargo, yo sabía que Dios me estaba llamando para bendecir a los demás pastores de mi comunidad. Yo lo podía hacer porque Él estaba conmigo.

Esta nueva misión en la que Dios y yo estábamos juntos también me obligó a reflexionar en asuntos de mucha más envergadura. Las iglesias y sus pastores con frecuencia se preguntan cuál es el costo de alcanzar a sus comunidades: “¿Cómo llegar a las personas de nuestra comunidad?”. Esta es una pregunta que tiene que ver con metodología. Esta molesta pregunta es especialmente urgente para iglesias que han dejado de crecer o que están perdiendo miembros.

Estoy convencida de que la pregunta sobre alcance se respondería por sí misma si las iglesias y pastores pensaran en otra pregunta más fundamental.

La pregunta fundamental es: ¿Estamos bendiciendo a otros y estamos convirtiéndonos en personas de bendición?

Este giro de pensamiento es similar a lo que a mí me sucedió en relación a la asociación ministerial. Mi pensamiento inicial era: ¿Qué voy a ganar con esto? ¿Cómo me voy a beneficiar con esto?

Las iglesias que están buscando cómo sacar provecho para calmar su ansiedad causada por su declive están propensas a un pensamiento similar. Buscamos métodos de alcance que alivien nuestro dolor.

Esta invitación a ser personas de bendición es fundamental y tiene raíces profundas en la Escritura. El pueblo de Israel recibió la misión de bendecir que fluía de su identidad como pueblo al que Dios había bendecido ricamente. Ellos eran un pueblo bendecido a fin de que todo el mundo fuera bendecido. El llamado de Abram (Abraham) muestra esto claramente en las palabras del Señor, que dijo: “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás una bendición” (Génesis 12:2; véase también Génesis 21:1-7).

El pueblo de Dios rutinaria y miserablemente ha fallado en ser un pueblo de bendición, pero la misión para ellos y nosotros nunca ha cambiado. Ciertamente, en la persona y obra de Jesús, vemos que toda la bendición de Dios está disponible para quien la reciba. Jesús mismo es el que exhorta a Su pueblo como Cuerpo Suyo en la tierra, a que sea sal y luz dondequiera que se encuentre.

Consideremos este proceso de ser bendición. No es necesariamente una fórmula, pero es un modelo que yo he practicado. Como verán en mi historia sobre aprender a bendecir a otros compañeros pastores en mi comunidad, se necesita intencionalidad y perseverancia. Es un proceso interactivo que significa que el aspecto más importante del mismo es el primer paso: La oración.  También se necesita práctica. Ser una persona de bendición es una jornada emocionante, y ha cambiado todas mis relaciones. Al colaborar con Dios en esta misión, mis interacciones del día a día con la familia, amigos, compañeros de trabajo, otros pastores, vecinos, e incluso personas desconocidas en mi comunidad se llenan de gozo. Estoy poniendo atención a la manera en que Dios bendecirá a otros.

BLESS (bendecir, en inglés) es un acróstico desarrollado por mi amigo Marlow Washington mientras dirigía a su congregación en el esfuerzo de alcance: B. Comienza con oración. L. Escucha a los demás. E. Coman juntos. S. Cuéntense historias. S. Sirvan a otros.

Comienza con Oración

Comienza con oración por otros. Inmediatamente después de escuchar el llamado de Dios para bendecir a los demás pastores de mi comunidad, me comprometí a orar fervientemente a su favor. Invité a otros en mi iglesia, la mayor parte de los cuales eran adolescentes para orar por las iglesias más cercanas a nosotros: Hicimos caminatas de oración por los edificios de otras iglesias. Pedimos a Dios las bendiciones más ricas para ellos. Oramos por poder y provisión. Oramos por un dulce sentido de unidad en el cuerpo. Oramos por ánimo, ayuda y sanidad para aquellos que lo necesitaran. En una de nuestras aventuras en la oración, las personas que habían asistido a la iglesia estaban saliendo. Nos invitaron a pasar y oramos por la congregación. Han pasado dos años de ese acontecimiento, y hasta el día de hoy sus miembros se acercan a mí con gratitud, y maravillados con Dios por habernos traído hacia ellos. Nosotros sabemos que cuando colaboramos con Dios la atmósfera cambia, y con nuestras oraciones por, y con muchas otras iglesias, vemos cómo Dios nos envía a donde se nos necesita.

Orar que Dios bendiga a otras iglesias también nos ayuda a ver el corazón de Dios para ellos. Las demás iglesias de nuestra calle no están en competencia, ni son nuestras enemigas. Las que se reúnen en edificios con diferentes tipos de nombre en sus anuncios, que entonan melodías diferentes a las nuestras, y que leen alguna versión de la Biblia diferente a la nuestra son nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

Otra percepción que me abrió los ojos al orar fervientemente por los de mi comunidad fue que si por mí fuera, puedo pedir que Dios “arregle” a esas personas. Puedo pensar en cientos de cosas en las que están equivocados y pedirle a Dios que se las enderece. Ahora estoy pidiéndole a Dios que le revele la verdad a todo aquel que se lo pida. Dios nos revela importantes necesidades de las demás personas, y tengo el privilegio de colaborar con Dios en la satisfacción de esas necesidades.

Escucha a los demás

El segundo paso va de la mano con el primero. Cuando podemos poner a las personas en la luz de Dios y captamos un pequeño resplandor de la manera en que nuestro Padre celestial se deleita en ellas, nos sentimos más inclinados a escucharlos. Después de comenzar a orar a Dios con vehemencia por los demás pastores de mi comunidad, me di cuenta que no era tan difícil como antes escucharlos. Me di cuenta que podía ver la vida desde su perspectiva, y pude ser honesta sobre lo que yo era sin encogerme del miedo.

Las reuniones de la asociación ministerial comenzaron a ser más agradables. Me sentí menos nerviosa y más participativa. Hace dos años durante la reunión de octubre, discutíamos sobre un intercambio de púlpitos. Yo recordaba lo infortunada que había sido una reunión anterior en la que surgió el tema. En esa ocasión estaba segura de que había algunas personas en el sitio que estaban en desacuerdo con el intercambio por el temor de que al introducir su mano en el sombrero, sacarían el nombre de “la mujer”. Había algunos rostros nuevos en esta reunión en particular, y cuando uno de los varones se presentó, inmediatamente supe que era el que a mí me gustaría escoger. Él dijo que había nacido y crecido en nuestro condado. Su gente había vivido aquí por muchas generaciones. Además, nos compartió que sentía que Dios lo estaba llamando a involucrarse más en nuestra asociación ministerial, de modo que había regresado en obediencia después de haberse ausentado por casi 10 años. Después de unos minutos de discusión con relación al intercambio, yo dije: “Esta es una gran idea. Realmente yo quiero que nuestra iglesia participe, de modo que lo que haré será escribir el nombre de nuestra iglesia en lugar del de mi persona. Esto significa que si a alguien le toca el nombre de nuestra iglesia y sabe que una mujer no sería bienvenida en ese púlpito, entonces con todo gusto enviaremos a otra persona para que predique en lugar mío”.

En el mismo instante, mi nuevo amigo se apresuró a la mesa, y extendiendo sus brazos sobre ella como si fuera un púlpito, exclamó dirigiéndose a mí: “Hermana, ¡Usted puede predicar en mi púlpito en cualquier momento!” Me quedé en shock y casi sin poder hablar”. Por fin me salieron las palabras: “¡Muchas gracias! Mi hermano. ¡Me siento muy honrada, y con gusto predicaré donde se me invite!”.

En ese momento el hielo se rompió. Los demás pastores rieron, todos dirigían sus miradas hacia mí y sonreían. Estaba siendo adoptada en el círculo.

Coman Juntos

Comer es una manera obvia de compartir relaciones y alimentos. Me he dado cuenta que Dios cambia mi corazón hacia otras personas. Estoy ansiosa por compartir con ellas lo que poseo. Dar y recibir alimentos bendice a todos los que participan. Unas semanas después del intercambio, visitamos la iglesia de nuestro nuevo amigo, y espontáneamente me invitó a predicar desde su púlpito. Mientras predicaba uno de mis mensajes que había estado incubando en mi corazón y mente durante esa temporada, hermosamente vi con claridad que en ese Domingo de Acción de Gracias en particular, estaba muy agradecida por los hermanos y hermanas de mi comunidad que recibían a los extraños como yo. Hemos comido con nuestros nuevos amigos en algunas ocasiones.

Compartan Historias

Compartir historias también fluye naturalmente de una vida cuya intención es bendecir. Oramos por otras personas. Nos preocupamos por los demás. Escuchamos lo que comparten y también lo hacemos con nuestras experiencias con ellos. Ahora que estoy en este peregrinar durante los últimos dos años con este grupo de personas, he crecido en mi habilidad para amarlos. He crecido en mi capacidad de participar con ellos en llevar las buenas nuevas a nuestra comunidad.

Sirvan a Otros

Unos meses atrás, se me pidió pensar en la posibilidad de servir como presidenta de este grupo de pastores. Accedí, no porque crea que soy la más calificada. Estoy sirviendo porque es una manera en la que puedo bendecir mejor a mi comunidad.

Servir a otros requiere tiempo y energía. Se acomoda mejor como paso final en el proceso porque servir es más efectivo cuando se hace de buen corazón. Por ejemplo: Si yo hubiera tratado de presidir la asociación ministerial sin antes orar y escuchar, hubiera sido frustrante e improductivo. Si hubiera tomado mi papel como algo que yo podía hacer de manera independiente. Sin depender totalmente de Dios para hacer posible lo que parece imposible, no hubiera sido todo lo hermoso y bueno que ahora es.

Estás invitado/a colaborar con Dios para bendecir a otros hoy.

Roberta Mosier-Peterson es pastora titular de la Iglesia Metodista Libre Oakdale, en Jackson, Kentucky. Su disertación doctoral del Seminario Northeastern está siendo adaptada para “Experiencias Vivas”, un documental fílmico que cubre las experiencias en el ministerio de mujeres pastoras. Visita pastortiedye.blogspot.com para otros escritos suyos.

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