Cristo, la Cruz y el Cambio

Mientras escribo este artículo, reflexiono acerca del momento de cambio más grande en la historia de la humanidad, la resurrección de Jesucristo. Creo que este es el más grande momento en nuestra historia porque los efectos de sus ondas nos afectan de tal manera que requieren que nosotros hagamos también un cambio sustancial en nuestras vidas. Si Jesús murió y no resucitó, habría sido un desperdicio, una mentira. Sin embargo, como yo creo que Jesús es mi Salvador personal y Rey, se me permite y requiere también morir y nacer de nuevo en obediencia a Dios.

Mi hija, Ariana, es inteligente y analítica. Incluso a su tierna edad con frecuencia tiene una gran comprensión. Hace algún tiempo, bromeé con ella, “Ari, ¿puedes dejar de crecer?” Sin entender mi humor, pareció desconcertada ante mi pregunta. Respondió, “Papi, si dejo de crecer, entonces significa que moriré.” Sin dejar de ser un momento y respuesta lindos, esta no pudo ser más correcta. Ella morirá si no crece.

Ari continuó explicándome que si deja de comer y dormir, entonces no será capaz de continuar viva. Tomando esta ilustración como un empuje, analicemos nuestro propio crecimiento espiritual como cuerpo de creyentes en Cristo (Quien nos llamó a cambiar nuestras vidas), nos arriesgamos a estar peligrosamente cerca a un estilo de vida en la tierra si no estamos creciendo.

Las maravillosas Buenas Nuevas son que tenemos acceso a derrotar la muerte. La razón de que el cambio más grande en la historia ocurrió con la resurrección de Jesús es porque Él nos prometió el mismo poder que lo resucitó de la muerte. El mismo Espíritu Santo puede vivir dentro y entre nosotros. El mismo Padre está buscándonos.

En mi trabajo y en mi vida, en ocasiones encuentro personas que son enemigas del cambio. Con frecuencia dicen cosas como: “Es sólo que no me gusta el cambio” o, “no manejo bien el cambio”. Si somos creyentes de las Buenas Nuevas y seguidores de Cristo, somos llamados a cambiar todos los días. El cambio cotidiano es la realidad de la santificación.

Me gusta leer las historias del Nuevo Testamento donde Jesús llama a individuos a cambiar sus vidas. Mis historias favoritas son aquellas donde Jesús incluso no pregunta; la persona sola lo ofrece. Me gustaría ser así. Me gustaría que mi vida cambiase tan rápidamente sin haber una petición de terceros.

¿Puedes imaginar lo que este tipo de vida haría por tu matrimonio, tu familia o tu iglesia? Estas palabras de Romanos 12:2 vienen a mi mente: “Dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta” (NTV).

El mandamiento aquí es ofrecernos a Dios. Somos ofrecidos como personas que han sido traídas de la muerte a la vida. Romanos 6:13 sigue llamándonos a darnos por entero a Dios—usar nuestro cuerpos como sacrificios vivos para hacer lo que es correcto para la gloria de Dios.

Por medio de estos estándares, somos llamados a ser un cuerpo que está siempre cambiando. Algunos de nosotros somos veteranos en el mundo de aplicar cambios, pero eso no hace que el cambio sea menos aterrador. La experiencia sólo lo hace un poco más cómodo. De hecho, para mí, que no estoy en un estado de perpetuo cambio es más incómodo.

La mayoría de los miembros de mi generación aceptamos el cambio. Recientemente leí en la revista Fast Company que actualmente el nuevo estándar para mantenerse en el mismo trabajo es de ¡tres años! Lo importante a considerar en nuestra vida es no sólo hacer cambios por el cambio mismo, sino hacer cambios que reflejen el crecimiento y multiplicación del movimiento de Jesús en nuestra vida.

El cambio casi siempre es temible si es el cambio correcto. Mi buen amigo Rob McKenna, director ejecutivo del Centro para el liderazgo, la Investigación y Desarrollo de la Universidad de Seattle Pacific, me desafió a leer algunos versículos bajo un enfoque diferente.

En Marcos 10:32-34, Jesús se dirige a Jerusalén. Camina encabezando al grupo (caminaba por delante) y los discípulos estaban llenos de asombro y abrumados de temor. Escucharon la predicción de Jesús e iban en camino hacia la cruz.

No puedo imaginar el temor que yo sentiría si supiera los momentos que vendrían, con todo, ellos fueron fieles y siguieron. No siempre conozco el plan de Dios. De hecho, casi nunca lo conozco, pero de una cosa estoy seguro. Debo prepararme para acomodar mis planes y cambiar mi camino para seguir al Espíritu Santo.

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