Cristo Ama a los Niñitos…

Crecí cantando este coro infantil:

Cristo ama a los niñitos,

Todos que en el mundo estén,

No importa su color,

a Jesús el Salvador.

Cristo ama a los niñitos por igual

Cuando escribo este artículo, ha pasado mucho tiempo desde que comencé a cantar este coro. Creo, sin embargo, que todos nos beneficiamos al cantarlo de manera periódica. Por lo menos, nos recuerda que Jesús considera a los niños pequeños como especialmente dignos de atención y cuidado. Igualmente nos invita a una confesión común: El amor de Jesús se extiende a todos los niñitos del mundo — de todo el mundo — sin importar los rasgos que de otra manera los distingan. Y para aquellos que recuerdan la historia bíblica, este hermoso coro infantil puede ofrecernos muchas más cosas.

El coro nos regresa a cuestiones de la edad de piedra que lleva consigo nuestra identidad como seres humanos. En el principio, el Señor Dios diseñó y formó a una criatura única, utilizando Su persona como el patrón. El Hacedor de todos se hizo el Modelo y el Molde para estas criaturas únicas; las criaturas que en las páginas de la historia en desarrollo llegaron a ser conocidos como la simiente y los hijos de Dios, una de las criaturas únicas hechas con un diseño especial para un propósito especial en el mundo de Dios, los niñitos hechos con amor y para el amor—no menor que el amor celebrado en este pequeño coro.

Pero, estoy consciente de que los “exégetas profesionales” entre nosotros actuarán en forma rápida para hacer notar que son precisamente los pequeños niños a quienes Jesús ama, y, por supuesto, ¡tienen razón! Eso es exactamente lo que dice el texto del coro.

¿Pero esto implica que Jesús ya no los ama por que dejaron de ser niños? ¿o sobrepasaron su necesidad del amor de Jesús? ¿o ese “crecimiento” complica el amor que Jesús tiene por ellos? Todas estas son buenas preguntas.

Aquí hay otra pregunta: ¿tiene algún sentido en el que los niños pequeños que “crecen” sigan siendo pequeños?

Algunos expertos también observarán que las criaturas únicas, los amados niños de Dios, rechazaron el amor de Dios, se apartaron de la comunión de Dios, y sufrieron muchas dolorosas y fatales consecuencias. Indudablemente, los padres humanos de “todos que en el mundo están”, a su vez, también fallaron en la formación de estos pequeños amados. Sin duda, algunas veces esto ha sucedido a tales extremos, que sólo quedaron vestigios de su maravilla y gloria primera.

Además, los entusiastas observadores de la humanidad nos recuerdan que los pequeños y amados niños crecieron y tomaron su propio camino, formando sus propios grupos, sociedades y culturas. Se relocalizaron en otros lugares, saqueando territorios, reclamando sus propias esferas, desarrollándolas, protegiéndolas, expandiéndolas, defendiéndolas. Eventualmente, los que una vez fueron pequeños se hicieron grandes y fuertes, capaces y hábiles, lograron hacerse y moldearse a sí mismos.

A lo largo del camino, en el nombre del avance, o progreso, o destino, aquellos que una vez fueron pequeños sufrieron penas y se ofendieron unos a otros—con frecuencia de una manera débil grabaron en sus corazones como semillas que ensucian el aire que respiran o contaminan el agua que beben. Hasta que, finalmente, la familia de pequeños hechos a la imagen de Dios—por amor y para el amor—ya no recuerdan quiénes son, por qué son, y cómo son “pequeños”, “niños”, o “amados”. En lugar de eso, los pequeños se imaginan que son grandes, más grandes y mejores; inteligentes y astutos; competentes, superiores y autosuficientes…

Hasta que, inevitablemente, ya no están. Hasta que aquellos que más sienten su ausencia, y aquellos que sienten su ausencia sólo saben culpar y envidiar a otros. Hasta que aquellos que una vez fueron pequeños, pero qua ya han crecido, solo puede regresar a los apodos infantiles, echar culpas, tirar piedras—no para reclamar lo que han perdido, sino para afirmar y reforzar su derecho imaginario a más cosas, aunque sea a expensas de otros, aunque resulte que son todos los demás. Hasta que muy pocos sientan el amor y muchos se pregunten si alguna vez hubo tal cosa. Lastimosamente, este fue el camino incluso de los que especialmente fueron llamados por Dios desde niños cuya vocación era mostrar el camino mejor de Dios.

El niño entra, concebido por una virgen, mecido en una Cueva, removido de casa como refugiado, creciendo tranquilamente en sabiduría y favor con Dios y con los hombres, bajando a las aguas del Jordán, saliendo con unción del Espíritu, y llamado por su Abba: “Mi Hijo Amado”.

Viajó por los campos anunciando: “¡Reino!” Él invitó a todos los curiosos, los confundidos y maltratados, y a todos los que han visto esfumarse toda esperanza, y sienten su necesidad de ayuda: “Vengan y síganme”. Luego los sorprende al insistir que ellos deben volverse como niños, recibirlo como niños, ser vueltos a nacer como niños. ¡Tienen qué hacerlo!

Los exégetas profesionales observarán que el Amado Hijo de Dios no alteró la invitación para acomodarla a cualquier interés particular para distinguirlo, Él llamó a quien fuera y todos los que pudieran haber estado allí: rojos, amarillos y blancos, a todos por igual. Él llamó a quien fuera y a todos por igual y les dijo por igual:

El Mesías ama a los niñitos,

Todos que en el mundo estén,

no importa su color:

Rojos y amarillos, temerosos de Dios y paganos,

Brillantes e ignorantes; ricos y pobres,

Desde acá y desde allá, De Jerusalén

a Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra;

Siglo primero, Siglo veintiuno. Los siglos intermedios y ahora, y más adelante,

Todos, todos por igual, pasados, presentes y futuros)

Son preciosos a Sus ojos,

Cristo ama a los niñitos,

todos que en el mundo estén.

Nuestros amigos exégetas harán una observación final: Cantar este coro no lo hará viral, pero sí violento por Jesús. Precisamente la insistencia por el amor por todos—no importa qué individuos que los divide y los distingue — y precisamente el anuncio de que este amor por todos expresa el corazón de Dios inspiró a multitudes de personas a ahogar el coro del amor de Jesús con otro coro: “¡Crucífícale!”

Pero aún así:

Cristo ama a los niñitos,

Todos que en el mundo estén,

no importa su color,

a Jesús el Salvador.

Cristo ama a los niñitos por igual.

Los más astutos exégetas profesionales entre nosotros no pueden ayudarse a sí mismos. Ellos alzan la mano para declarar la verdad en la plenitud de la luz del tercer día: Todos nosotros seguimos siendo niños delante de Dios que es Amor, quien nos ha amado a todos hasta la muerte, y luego más allá. Por tanto, Dios llega a todas las personas como hijos amados. Dios los creó como tales. Se negó a rendirse con ellos como tales. Murió por ellos como tales, y se levantó por ellos como tales. Dios redime a todos los niñitos—todos ellos—lo que significa que todos son preciosos a los ojos de Dios, y a los ojos de todos los hijos de Dios.

¡Así que deberíamos cantar este coro con frecuencia!

David Kendall es presbítero ordenado en la Conferencia Great Plains. Él se jubiló al finalizar el mes de septiembre del encargo de obispo Metodista Libre, al que fue electo la primera vez en 2005. Es el autor de “Siguiendo Sus Pasos” (fmchr.ch/dkfollow) y “El llamado de Dios a ser como Jesús”  (fmchr.ch/godscalldk).

 

 

 

 

 

 

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