¿Cómo lo Supiste?

“Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido. Queridos hermanos, les ruego como a extranjeros y peregrinos de este mundo que se aparten de los deseos pecaminosos que se combaten contra la vida. Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación” (1 Pedro 2:9-12).
Hay una mezcla indescriptible de emociones que llenan una habitación como el incienso cuando alguien está a punto de pasar por la puerta de la muerte hacia la eternidad. ¿Puedo ser honesto por un momento? En mis años de ministerio pastoral, nunca he visto que sea fácil o agradable estar presente en esos momentos. Sin saber qué decir, con el temor de decir lo que se espera que les diga a los que pasan por una pena, o simplemente estar en el camino de momentos profundamente personales no es fácil para mí pasar por ellos. Pero me ha sucedido algunas veces.

Una noche ya tarde me encontraba en un hospital con una familia en esta triste situación. La madre y esposa estaba a punto de morir, y la familia no estaba preparada para lidiar con ello. Yo estaba de pie en el cuarto del hospital experimentando cualquier sentimiento incómodo descrito arriba, cuando entró una de las enfermeras y me preguntó: “¿Usted es el pastor, verdad?” Estoy seguro que no podía ocultar mi sorpresa y mirada de confusión en mi rostro cuando respondí: “Sí, lo soy, pero ¿cómo lo supiste?”. “No me lo tienen qué decir, yo siempre me doy cuenta de quién es el pastor”. Respondió con esa mirada que te deja preguntándote cómo alguien puede tener esa información que es reservada.

Mi sentimiento personal de incomodidad no podía ocultar la presencia de Dios en mi persona en aquel momento, y, no solo yo, sino muchos otros pastores que han estado en aquel mismo lugar de ministerio. Parte de ser un extraño en el mundo es aprender que podemos despedir un aroma distinto como de Cristo, aunque nos sentimos totalmente inadecuados. Pablo describió este misterio a los colosenses de esta manera: “Cristo en ustedes, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27b)”. La presencia de Cristo en mí – en ti – revela la gloria de Dios al mundo. Aquí están las buenas nuevas. Esta dinámica no es solo para pastores, sino para todos los que se abran a la obra del Señor en su vida.
El mundo podría usar la esperanza que sólo la Gloria de Dios puede dar. Recuerda, la pandemia de coronavirus sigue siendo una realidad, y las muertes de Ahmaud Arbery y George Floyd siguen doliendo, ahondando las heridas en nuestra sociedad que ha dado paso a las protestas nacionales. Posiblemente todos nos sentimos un poco como yo cuando estoy de pie incómodamente en un cuarto de hospital. Permíteme ser franco, cuando llegamos a enfrentarnos con la muerte de Ahmaud Arbery y George Floyd nos estamos enfrentando con toda una familia de estadounidenses negros que han tenido que vivir la mayor parte de sus vidas en ese “cuarto de hospital”. Debemos sentirnos incómodos en este momento y rehusarnos a evadir o a decir frases acartonadas a la familia que llora y sufre.

En lugar de actuar como actúa el mundo, debemos ser extranjeros en el mundo. Por tener a Cristo en nosotros, el pueblo de Dios, podemos estar seguros de que su presencia está con nosotros. Muchos de nosotros sentimos como si hubiéramos quedado a nuestras expensas para figurar todo lo que está mal en el mundo, ¡pero no estamos solos!

Pero, por favor no me malentiendas. Esta no es una excusa para ocultarnos. Al contrario, necesitamos estar presentes en los lugares en los que se están dando las conversaciones con relación a la raza, las enfermedades y la ansiedad. Necesitamos pasar más tiempo en el lugar secreto a fin de estar preparados para la arena pública. La transformación que se te imparte en la cámara de oración será el aroma que tú expelas en la arena pública.

El mundo necesita que seamos los “extranjeros”. Pablo nos dice que no nos conformemos a las maneras del mundo, sino que seamos transformados por la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2). Apartémonos como santos para el Señor.

Brett Heintzman es el editor general de LUZ Y VIDA gracias a su rol como director de comunicaciones de la Iglesia Metodista Libre – USA, a la que sirve también como vice-director del Ministerio Nacional de Oración. Visita freemethodistbooks.com para ordenar sus libros: “Llegando a ser una Persona de Oración”, “Pueblo Santo” (Volumen 1 de la serie “Vital”), “Jericó: Tu Peregrinaje a la Liberación y Libertad”, y “La Encrucijada: Preguntando por las Sendas Antiguas”.

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