Como Abrir el Reino del Cielo en Tu Corazón

Estaba sudorosa, con prisas y retrasada.

Tenía prisa por llegar a un compromiso para compartir en el campus de un colegio local que me había invitado a escuchar mi historia. Originalmente, había aceptado el compromiso para predicar en un día cuando los polluelos de las aves estaban piando. Me sentía relajada, acababa de llegar después de pasar tiempo en la playa. Cuando recibí la invitación para predicar, inmediatamente acepté y pensé: “Dios ¡Eres tan bueno!”.

Regresando al día cuando debía compartir mi mensaje—Se me hizo tarde en un compromiso anterior. Necesitaba llegar a casa para cambiarme, y por si las cosas no pudieran ser más agitadas, mi anfitrión me envió un correo en el que me decía que podría haber problemas de estacionamiento, y que posiblemente me sería mejor llegar en Uber.

Veinte minutos después, me deslicé en el asiento trasero de un Uber. Llevaba mis audífonos, llaves, mi monedero, y una copia de mi libro: “Redemeed: The Power of a Single Story” (Redimidos: El Poder de una Historia Singular). Lo que no llevaba eran mis notas para el sermón. Las había dejado sobre la mesa.  Eché mi cabeza hacia atrás, cerré mis ojos, y traté de calmar la frustración y la ansiedad deslizarse hacia mi pecho. De repente, sentí que el taxi se detuvo. Estaba recogiendo otro pasajero. Accidentalmente yo había escogido la opción de auto compartido. Pensé: ¿Por qué me está pasando esto a mí? Pensé en bajarme en ese lugar y pedir un nuevo Uber. Pero pensé que no me iba a hacer ganar tiempo. Lo que hice fue ponerme mis audífonos y tratar de no hacer contacto visual con los demás pasajeros.

Uno de ellos notó mi libro sobre el asiento y comenzó a hacerme preguntas. Delante de mí se presentaba una increíble oportunidad de compartir mi historia, pero yo estaba tan enfocada en el lugar al que iba en lugar de aprovechar el momento que Dios me estaba concediendo. Para mi fortuna, el pasajero era persistente y mi resistencia cedió.

“¿Usted escribió ese libro? Me preguntó.

“Sí, lo hice” Respondí.

“¿De qué se trata?” añadió el pasajero.

“El libro trata sobre mis traumas personales” Le dije.

“¿Me permite preguntar qué son esos traumas?” preguntó el pasajero.

Le respondí: “Trato sobre muchas cosas, pero específicamente sobre los asaltos sexuales, el aborto, y los efectos del racismo sobre mi identidad—no necesariamente en ese orden”.

El operador del Uber apagó la radio.

Durante los siguientes 15 minutos, tuve la oportunidad de compartir mi historia sobre cómo es que amo a un Dios que me hizo sentirme completamente amada y plena en medio de mis peores sufrimientos. Si Jesús hizo eso por mí, lo hará por todos nosotros.

Construyendo Puentes

Dios no desperdicia nada. Nuestras historias construyen puentes. Cada vez que nosotros compartimos nuestras historias, hacemos el puente más largo para que alguien lo cruce en su búsqueda del reino de los cielos. Nuestras historias son muy valiosas para Dios. Podemos mover la atmósfera con nuestras historias.

Siempre que escribo una historia, me imagino que cada línea es una puntada de lo que eventualmente será una prenda de complejidad, dolor, amor y triunfo. Cada puntada será una historia de algo que hemos celebrado, sobre lo que hemos llorado, o vencido con Dios en el centro de nuestro gozo, sanidad y rescate.

Aquí tenemos la comisión de Jesús para nosotros en Mateo 28:18-20. “Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo: ´Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. .  les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo´”.

Cada uno de nosotros somos llamados a enseñar a otros lo que hemos aprendido a obedecer. Se nos ha ordenado. Todas nuestras historias empiezan de la misma manera—hemos nacido.  Sin embargo, el poder de nuestra historia sobre cómo hemos decidido vivir y la confianza de Dios, indeclinable y decidida, de que su amor nos salvará y nos hará volver a Él. Cuando nosotros compartimos nuestras historias, ofrecemos las llaves de nuestros corazones abriendo el reino del cielo aquí en la tierra. Con la operación de su amor, teniendo un deseo de compartir nuestras historias, y animando a otros, construimos la cultura de Cristo en un mundo que tiene sed de Su amor.

Hay ocasiones cuando no tenemos el deseo de compartir. Me siento demasiado vulnerable. Me pongo nerviosa. Pero Jesús hizo fácil el mandamiento para nosotros. Él vive en nuestras historias. Cada momento de nuestras vidas, Dios está con nosotros. El Espíritu Santo nos da exactamente lo que necesitamos para compartir con una convicción valiente.

La Biblia utiliza una colección de historias entretejidas para fines de transformar vidas. Leer las historias sobre Moisés, David, Rahab, Débora, Jesús, Pedro y los discípulos han traído el cielo a la tierra. Una de mis historias favoritas se encuentra en Hechos 4. Pedro y Juan estaban haciendo lo que siempre hacían—observar un increíble movimiento del Espíritu Santo cómo la gente creía en Cristo después de escuchar sus historias de lo que Jesús había hecho en sus vidas.

Hechos 4:31 dice: “Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos; todos fueron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno”.

El Efecto de la Ola

Algunas veces nosotros pensamos: “¿Cómo puede mi historia cambiar a alguien?”

¿Has notado en algún momento cómo incluso el objeto más pequeño arrojado a un cuerpo de agua causa olas? Cada vez que Pedro y Juan compartían, ellos causaban un efecto de olas.

Nuestras historias tienen el poder de causar el efecto de la ola. Si tú arrojas un objeto al agua, produces una ola.

Desde la primera gota, múltiples olas vienen a continuación haciéndose más y más anchas ¡a partir de una sola gota!

Recientemente, aprendí en la economía que el efecto de la ola describe algo que se multiplica.

Nuestras historias son los objetos que causan el efecto de la ola. El poder del Espíritu Santo en nuestras historias puede tomar una sola historia de nuestras vidas y multiplicarla en los corazones de la gente para que conozcan a Jesús. Las historias escritas permanecen mucho tiempo después de que han salido con el poder de influir en otros.  Cuando nosotros abrimos nuestros corazones para compartir por el bien de los demás, multiplicamos el amor de Dios aquí en la tierra.

La iglesia del primer siglo vio un gran movimiento del Espíritu Santo cuando la gente ordinaria era lo suficientemente valiente para compartir sus historias. Algunas veces nos sentimos mal equipados para servir a Dios, ¡pero tenemos nuestras historias! Nuestras historias traen sanidad al mundo. Contar historias, predicar y enseñar nos ofrecen esperanza de transformación por medio de Jesucristo.

La pregunta va desde ¿debemos contar nuestras historias a ¿cómo contamos nuestras historias? ¿Cómo iniciamos el efecto de la ola?

Primero, debemos considerar la motivación que nos mueve. Pedro y Juan eran apasionados y encendidos por el amor. Los movimientos de hoy a menudo son energizados e impulsados por la ira. Con demasiada frecuencia hacemos cambios en nuestras vidas, esperamos hasta que nos sentimos enfermos y cansados, lo que hace sentido cuando estamos sufriendo. Sin embargo, la ira y la fatiga son síntomas de nuestro mundo sufriente. A fin de ver el cielo en la tierra, no podemos comenzar con enojo un efecto de ola. Debemos efectuar el cambio por medio del amor.

Los héroes de nuestros días como Martin Luther King Jr., o la Madre Teresa, a la vez que se enfurecían con las injusticias, podían hacer y multiplicar el cambio por medio del amor. Compartir nuestras historias del amor de Dios es un recordatorio al mundo de que podemos vencer el dolor porque el amor—no la ira—nos traerá sanidad. El amor de Dios es la receta para sanar cualquier herida.

Vivimos en un mundo controlado por la ira, pero ¿qué si Dios nos está llamando a llevar nuestro dolor y experiencias y enjaezarlas en su amor redentor? Encontramos sanidad y poder cuando nos rendimos a Jesús. Al ser restaurados, vemos el amor de Dios en nuestras historias. Debemos usar nuestras historias para crear el efecto de una ola multiplicadora de amor en el mundo.

Romanos 12:2 dice: “No se amolden al mundo actual, seno sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”.

Yo había tenido gran cantidad de historias maravillosas de bondad y gozo de lo que tengo de tristeza o trauma. Sin embargo, por años yo estaba enojada calladamente. Estaba más enojada de lo que estaba preparada para amar. El enojo calienta por mucho tiempo antes de producir ebullición. Debemos revisar continuamente nuestros corazones y nuestros motivos.

El mundo nos va a amenazar con pena y dolor. Seremos invitados a conformarnos a los patrones de furia. Sin embargo, la oración es nuestra paz. En la oración, tenemos la oportunidad de hablar y de escuchar a Dios. En la oración, nos volvemos a centrar en el propósito para el que fuimos llamados—hacer discípulos. En la oración, el amor cubre la furia, y nuestra mente se renueva.

En Hechos 4:29-30, Pedro y Juan se niegan a conformarse a las maneras que tiene el mundo de ofrecer justicia. Ellos oraron: “Ahora, Señor, toma en cuenta sus amenazas, y concede a tus siervos el proclamar tu palabra sin temor alguno. Por eso, extiende tu mano para sanar y hacer señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús”.

Por medio de la oración y un corazón rendido, nuestra mente se renueva. Con una mentalidad conformada a Cristo, nosotros podemos ofrecer nuestras historias de paz que estremecerán el suelo. En Cristo, todo cambia. Como creyentes, hemos experimentado transformación, y hay personas que necesitan nuestras historias para llevar paz y amor a su ira. No podemos retener nuestras historias, o esperar otra oportunidad para compartir. Debemos insistir y pedir al Espíritu Santo que nos dé valor, unción y poder.

Todas las personas tienen una historia. Todas las historias son valiosas. Nuestras historias colectivas de vivir en ansiedad, infertilidad, abortos, divorcio, reconciliación, pena, pérdida, pérdida de peso, o vencer el endeudamiento son experiencias valiosas en las que Jesús libera de la ira y revive el amor. Cuando compartimos nuestras historias, las personas pueden verse no solamente a sí mismas en nosotros, pero ellas ven la esperanza de nuestro Salvador.

Nuestras historias son un ejemplo de lo que sucede cuando nosotros le bajamos a la ira e le aumentamos al amor. Cuando nosotros abrimos nuestros corazones, extendemos la comunión de Cristo que está disponible para todos nosotros en toda circunstancia—por tanto, edificamos el reino de Dios. Este es el efecto de la ola.

Pasos Para Compartir

Hay algunos pasos que podemos dar para ser personas que compartimos nuestros corazones en un esfuerzo de abrir el cielo para otros. Tenemos qué leer las Escrituras y ser inspirados por las historias de personas como Pedro y Juan. Debemos reconocer que, en nuestras vidas ordinarias, somos de hecho extraordinarios. Tenemos que aceptar que nuestras historias de todos los días son las historias que la gente necesita escuchar.

Tenemos que creer que Dios nos puede usar, y creer esto sin condición. Creer sin condición es fe. Aunque nuestra fe sea pequeña, nuestra fe tiene poder. Debemos vivir y operar según el conocimiento de que somos hechos a la imagen de Dios, y, con nuestras vidas, produciremos el efecto de la ola en los lugares en los que el agua necesita ser agitada. El día que creamos en nuestras historias y lo que Jesús ha hecho en nosotros, tenemos el poder de cambiar las vidas de otros.

Podemos prepararnos para que Dios use nuestra historia sumergiéndonos en Él. El Salmo 46:10 dice: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios ¡Yo seré exaltado entre las naciones! ¡Yo seré enaltecido en la tierra!”.

Podemos tomar la palabra sumergirse como un sinónimo de ahogarse. Sin embargo, sumergirse en Jesús significa que podemos respirar por primera vez. Nuestras historias ofrecen luz y aliento a otros.

No somos responsables de cambiar los corazones porque sólo Dios puede hacer eso en una persona rendida. Sin embargo, nos tenemos que comprometer a ofrecer amor. Hoy, comprometámonos a compartir nuestro corazón con alguien. Imagina compartir cómo soportamos el dolor y la pena en los tiernos brazos de Jesús. Debemos hablar de nuestras historias como de nuestras experiencias hablan de empatía, conexión, amor y autenticidad. Este proceso abre nuestros corazones e invita al cielo a venir a la tierra.

Hoy seamos desafiados en oración a pedirle a Dios darnos valor y valentía. Que Dios ponga a alguien en nuestros corazones y nos dé oportunidades de encontrar personas que necesitan escuchar nuestras historias.

Seamos valientes.

Seamos hacedores de olas.

Observemos al suelo estremecerse.

 

Kristy Hinds es superintendente asistente del desarrollo del ministerio de la Iglesia Metodista Libre del Sur de California. Visita  fmchr.ch/Redeemed para ordenar su libro: “Redeemed: The Power of a Single Story” (Redimidos: El Poder de una Historia Singular”.

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