Bienviniendo a los Inmigrantes y Sumisión al Estado

En los argumentos en torno al tema de inmigración, existe una tensión fundamental entre nuestro deseo de atender a todas las personas y nuestro respeto por los derechos que tiene el estado de establecer leyes y políticas económicas. Esta tensión se incrementa por la creencia judeo-cristiana de que todos los seres humanos son creados a imagen de Dios. Mientras que el estado tiende a proteger los intereses económicos de sus ciudadanos, la iglesia tiende a hacerse al lado de la protección de los intereses económicos de todas las personas.

El evangelio revela importantes principios que tienen que ver con esta tensión. Los principios escriturales incluyen la manera en que tratamos a los extranjeros, el aspecto nivelador del evangelio, las instrucciones de ser hospitalarios, la exhortación al trabajo y la exhortación a someterse al estado.

El Trato

Dios ha ordenado consistente y persistentemente a Su pueblo tratar a visitantes y extranjeros con justicia y compasión. Desde los mandamientos mosaicos hasta el Nuevo Testamento, Dios quiere que Su pueblo cuide de aquellos que no “pertenecen”.

El les recuerda a los hebreos que una vez fueron inmigrantes sin hogar y, por tanto, deben sentir empatía con otros. La historia hebraica incluye grandes períodos como inmigrantes: 430 años en Egipto y años de exilio en Babilonia y Asiria.

A partir de esa memoria colectiva, Dios da instrucciones de tratar a los extranjeros con justicia: “No maltrates ni oprimas a los extranjeros, pues también tú y tu pueblo fueron extranjeros en Egipto” (Éxodo 22:21).

Al extranjero que vive entre ustedes,” trátenlo como si fuera uno de ustedes. Ámenlo como a ustedes mismos, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor y Dios de Israel”
(Levítico 19:34).

“En la comunidad regirá un solo estatuto para ti y para el extranjero que viva en tus ciudades. Sera un estatuto perpetuo para todos tus descendientes. Tú y el extranjero son iguales ante el Señor, así que la misma ley y el mismo derecho regirán, tanto para ti  como para el extranjero que viva contigo” (Números 15:15–16).

El evangelio nos lleva mas allá de los movimientos de causas económicas y políticas de la migración contemporánea para ver el plan de Dios para todos los pueblos y la manera en cómo los pueblos deben responder en servicio compasivo. En el sufrimiento y esperanzas de los migrantes y refugiados, descubrimos la unidad de la familia humana, la dignidad de toda persona y la presencia del Señor que se hizo uno con los migrantes cuando dijo: “Porque fui forastero, y me dieron alojamiento” (Mateo 25:35).

Los seguidores de este forastero, Jesús, se distinguían por el cuidado desproporcionado que tenían por otros forasteros y las clases vulnerables (viudas y huérfanos). Cuando nadie los defiende, la iglesia se levanta en su defensa.

Aspecto Nivelador

En la Gran Comisión Jesús envió a sus seguidores a hacer discípulos de todas las etnias. Aunque rutinariamente esto es mal entendido tomándose como una orden solo para los misioneros, esta orden se aplica a la iglesia que es enviada a todos los pueblos del mundo.

Jesús mandata que la iglesia haga discípulos a través de todas nuestras/sus fronteras. Esta es una cuestión básica de identidad. Ninguna iglesia legítima evade romper las fronteras de la etnicidad porque así es como nuestro Señor nos definió a nosotros y al lugar al que nos envía.

Los intereses sobre ciudadanía son de importancia secundaria debido a que los cristianos están en una misión que funciona por encima de las fronteras temporales de los estados y de la economía. La misión sobrepasa a los intereses menores como la condición migratoria, y eleva el cuidado por las personas (hacer discípulos).

Hospitalidad

Pedro, Pablo y Juan nos exhortan a ser hospitalarios (Romanos 12:13; 1 Timoteo 5:10; Hebreos 13:2; 1 Pedro 4:9; 3 Juan 1:8) tanto a los extranjeros como a los domésticos de la fe.

La iglesia históricamente ha enfatizado el papel de la hospitalidad con el dicho: “Cuando llega un visitante, llega Cristo”. Le damos la bienvenida a todo visitante que llega a nuestra puerta, nuestra iglesia y nuestro país con la misma hospitalidad con la que le daríamos la bienvenida a Cristo.

La hospitalidad es más que solo atender a los nuevos amigos. Es una ofrenda para aquellos que no pueden corresponder. Como dijo Jesús: “Entonces serás dichoso, pues aunque
ellos no tienen con qué recompensarte, serás recompensado en la resurrección de los justos” (Lucas 14:14).

La hospitalidad tiene connotación de lo que es la palabra hospital; el cuidado por los débiles, los quebrantados o los enfermos, como dijo Cristo: “estuve enfermo, y me atendieron” (Mateo 25:36).

Hospitalidad significa servir a los demás, no el servirse a uno mismo, e involucra sacrificio, riesgos e identificación con los extranjeros. Nosotros traducimos “hospitalidad” de la palabra griega philoxenia, que lite-ralmente significa “amor de extranjeros”. La hospitalidad bíblica tiene que ver con la manera en que tratamos a los extranjeros.

Trabajo

Desde el tiempo de Adán y Eva y sus deberes de trabajar y cuidar del jardín hemos recibido el encargo de vivir vidas productivas. El gobierno debe permitir y estimular el trabajo de mantener el propósito de Dios para la humanidad.

Los obstáculos  para trabajar contradicen el deseo de Dios de que nosotros trabajemos. Si hay puestos disponibles en un país y en otro no, deseamos las políticas  migratorias que permitan el acceso a los puestos de trabajo.

Invitar a extranjeros a trabajar es parte de la experiencia nortea-mericana. La historia de los Estados Unidos también está llena de reacciones en contra de los migrantes sobre cuyas espaldas se construyó este país. Desde las leyes migratorias “exclusivistas” en 1875 hasta el Acta de la Frontera Segura de 2006 la nación frecuentemente ha restringido la inmigración de ciertos segmentos de extranjeros.

Los Estados Unidos incluyen una gran cantidad (unos once millones, probablemente) de inmigrantes indocumentados, principalmente a causa del sistema de “cuotas”, que limita las visas para jornaleros por su país de procedencia.  A pesar de algunos delincuentes y personas inescrupulosas, la gran mayoría de trabajadores indocumentados valientemente han dispuesto de sus magros ahorros y corrido peligros indecibles para venir a los Estados Unidos a trabajar para nosotros. Ellos han sido sorprendidos en las inconsistencias de las leyes de migración, que los criminalizan, y de la economía estadounidense que depende de ellos como proveedores de mano de obra. Son forzados a vivir en un mundo invisible en el que las familias tienen temor de acudir a los sistemas de salud, protección policíaca, escuelas, programas de retiro, sistema de bienestar e iglesias. En este mundo prospera el tráfico de personas.

Ha habido proposiciones legislativas algunas veces durante la década pasada para diseñar un programa de trabajadores invitados legalmente con una amplia gama de trabajos temporales (como el programa bracero de 1942 a 1964), pero las propuestas no han prosperado. Los trabajadores indocumentados continúan llenando muchos de nuestros empleos menos deseados que los ciudadanos por derecho de nacimiento no aceptan desempeñar a ningún precio.

Sumisión 

Los ciudadanos legales a menudo se sienten incómodos cuando son confrontados con obreros indocumentados, o animados a desafiar las políticas de migración. Algunos se sienten inseguros sobre cómo aplicar las exhortaciones sobre el cuidado a extranjeros cuando dicho cuidado entra en conflicto con las políticas públicas.

Pedro y Pablo  nos invitan a so-meternos al estado (1 Pedro 2:13–14; Romanos 3:1–2), pero ambos apóstoles desobedecieron al estado cuando entró en conflicto con los superiores principios de Dios. Ellos entendieron que nosotros siempre nos someteremos al estado, pero obedecemos al estado cuando las políticas entran en conflicto con principios más altos.

Para los cristianos, todas las leyes están sujetas a una ley superior entendida a través de las Escrituras. La historia del mundo contiene ejemplos de leyes injustas diseñadas para la explotación económica. El cristiano no acepta una ley sin antes analizarla. Nuestro concepto de lo bueno y lo malo corresponde con un conjunto de valores superiores que nos puede colocar en oposición a las leyes del estado.

El cristiano pertenece a la tradición hebraica que saluda y se preocupa por los inmigrantes. La Iglesia Metodista Libre reconoce que hay tensiones entre las políticas migratorias y la teología de la iglesia y la práctica histórica. Los ciudadanos cristianos a menudo sentirán la fricción y llamarán al gobierno a volver a los principios de Dios. Entretanto, ministramos a todas las personas, especialmente a los extranjeros que están entre nosotros.

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