¡Aún no Estamos allá, ¡Pero hacia Allá Vamos

La mentira, Materialismo. Lascivia. Orgullo. Pornografía, Chisme. Adulterio. Estas palabras (y otras parecidas) describen experiencias en las que muchas personas se involucran públicamente o en secreto. Incluso pueden expresar áreas en las que algunos de nosotros personalmente tenemos luchas, sea que lo admitamos o no. Pero a la vez, las Escrituras, e incluso las palabras de Jesús nos describen con la promesa profética: más que vencedores, una nueva creación, hijos de Dios, ciudadanos del cielo, santos, sal, luz. ¡Estas palabras describen a cualquiera que haya puesto su fe en Jesucristo como Salvador y Señor! Sin embargo, hay un contraste entre estas descripciones y la realidad, conocida, pero a menudo ignorada, de las luchas que una persona puede tener.

La tensión profética de lo ya, y de lo aún no, se ve muy claramente en la lucha por la justicia como en cualquier otro lugar.

Sal de la vergüenza a lo que es correcto

Como creyentes, recibimos el don de la justicia posicional cuando fuimos nacidos de nuevo. Y después de eso, nuestra justicia práctica es cuestión de las decisiones que tomamos, empoderados por la gracia de Dios y obediencia a la dirección del Espíritu Santo. Como un aspecto de nuestro discipulado, debemos aceptar la justicia posicional que ya es nuestra en Cristo Jesús, y pelear por la justicia práctica en Cristo al grado que aún no hemos obtenido. Necesitamos abrazar la invitación de Dios de ir hacia adelante hacia la justicia a la que Él nos invita – y no a la vergüenza y oscuridad del pecado que siguen siendo secretas.
El problema es que, si hemos estado en la iglesia lo suficiente, descubrimos que hay un juego al que jugamos. En lugar de vivir el imperativo bíblico de confesar nuestros pecados unos a otros para que podamos ser sanados (Santiago 5:16), en lugar de reconocer la tensión entre nuestra justicia posicional y nuestra falta práctica de ella, jugamos a fingir. Pretendemos una justicia que no está totalmente allí. A menudo somos lo suficientemente honestos como para ser igual de sinceros, pero no lo suficiente como para no ser expuestos. Entonces – en lugar de encontrar sanidad, libertad y crecimiento en santidad – encontramos más vergüenza y culpa, y terminamos alejándonos más de la justicia práctica a la que hemos sido llamados.

Hace unos días, recibí un mensaje de texto de Juan, uno de los hermanos de nuestra iglesia. Decía: “Estoy celebrando tres años de estar libre del pecado sexual, y quiero agradecerte a ti, y a los líderes de Centerpoint por crear un lugar donde pude sanar y ser libre. ¡Muchas gracias por llevar a Ted Roberts a CP!

Estos mensajes son las cosas que le dan energía a un pastor. John ahora es el líder de nuestros grupos de varones Conquer y Seven Pillars. Hace casi cuatro años, invitamos a Ted Roberts para hablar en nuestra iglesia (su nombre verdadero es Benjamin Theodor Roberts, y, en efecto, sus padres eran Metodistas Libres como lo fue él por algún tiempo). Ted es el fundador de Ministerios Pure Desire, y nosotros utilizamos sus recursos para ayudar a los varones cristianos a liberarse del pecado sexual. Sin embargo, a fin de cuentas, los recursos de Pure Desire son una invitación a abandonar la típica farsa cristiana de la seudo santidad en favor de lo que es verdadero.

Para pasar a lo que realmente es lo correcto, tenemos que reconocer la prisión de vergüenza de lo que es – y salir de ella. Los recursos de Pure Desire proporcionan sólo un ejemplo del reconocimiento de la vulnerabilidad, la transparencia y la confesión de pecados con la rendición de cuentas como el sendero hacia la verdadera justicia. Juan Wesley estableció este curso hace muchos años. Las “Preguntas del Club Santo” nos servirían a cualquier cantidad de nosotros para reconocer nuestra falta de rectitud.

“¿Estoy desobedeciendo a Dios en algo?” Esa pregunta sería un buen momento para comenzar, y esa es sólo una de 22 preguntas. Para ir más allá, pensemos en una de las preguntas de la reunión del club santo: “¿Qué pecados conocidos has cometido desde nuestra última reunión?”. La búsqueda de Wesley de la santidad asumía que probablemente habría pecado que confesar. Wesley parecía asumir que un camino apropiado para llegar a la rectitud necesitaba salir de la vergüenza por el reconocimiento honesto del pecado.

Abraza –y evita—nuestra historia

Hace unos quince años, en la recepción de un funeral, conocí a una mujer que andaba en sus 70 años más o menos. Ella compartió sobre su vida y fe mientras tomábamos una taza de té. Ella habló bien de las reuniones campestres a las que había asistido porque amaba los antiguos himnos. Ella habló también con amargura y en tono áspero sobre su desdén por la “nueva música”, cómo era que no soportaba a su nuevo pastor, cómo había sido mal guiada por el ministerio de mujeres, y cómo aún se sentía molesta de que también hubieran cancelado el coro de campanas sin su opinión, entre otras cosas. Le pregunté sobre si a lo mejor necesitaba orar más, y si ella necesitaba dar y pedir perdón. Ella respondió: “¡Oh no, yo no necesito eso! He sido enteramente santificada, y ya no tengo pecados, y no los he tenido en los últimos 50 años”.

¡No supe cómo responderle!

Nuestra historia Metodista Libre incluye épocas hermosas en las que la santidad personal fue afirmada profundamente. Como resultado, es claramente incubada en el mismo tejido de nuestra familia ministerial como parte clave de quiénes somos. Al mismo tiempo, algo de nuestro pasado incluye un fervor por la rectitud que nos llevó a algunos de nosotros a una creencia o entendimiento torcido de la entera santificación. Esto creó una norma no realista de perfección que no daba lugar para la calidad humana del pecado, la belleza de confesarlo, la gloria del arrepentimiento, y el verdadero poder de la gracia de Dios. Por fortuna, como movimiento, nos hemos retirado de la falacia teológica de la perfección sin pecado. Algunas veces nuestra historia debe ser abrazada de todo corazón como algo valioso que debe continuar. En otras ocasiones, se deben evitar elementos de nuestra historia, a fin de poder avanzar.

Amar la bondad, y odiar la impiedad.

Existe una constelación de palabras vinculadas con la justicia: piadosa, santa, virtuoso, sin mancha, inocente. Personalmente yo me tropiezo con las palabras sin mancha, e inocente, porque en cualquier honesta valoración, no soy, ninguna de las dos, y yo lo sé. Me consuelo con frases escritas en los márgenes de mi Biblia, cerca de versículos como Salmos 19:13 y Proverbios 21:8, que declaran que soy “inocente” … pero sólo en Cristo. También sé que soy llamado a algo más que sólo una justicia posicional. Soy llamado a luchar por la justicia práctica que es posible para mí en Cristo.

Proverbios 15:9 dice: “El Señor aborrece el camino de los malvados, pero ama a quienes siguen la justicia”.

La piedad es un gran sinónimo para la justicia práctica, porque habla de un modo de ser, no es una cuestión de revisar la caja de conductas correctas suficientes – aunque son importantes. Más bien, la posibilidad de ir tras la piedad tiene que ver con llegar a ser lo que realmente somos, proféticamente hablando. Criaturas hechas a la imagen de Dios. Hay tanta gracia en la invitación a seguir la piedad. Si la piedad es algo a lo que yo estoy llamado a seguir, luego es posible que sea un juego justo para reconocer maneras en las que todavía no estoy allí.

El salmista escribe: “El Señor ama a los que odian el mal…“ (Salmos 97:10). Es extraño, al principio te sonrojas al pensar que el amor puede resultar en odio. Pero el objeto que se va a odiar es aquel que corrompe, ensucia, daña y destruye. El mal y la impiedad son la antítesis de la justicia, y su daño y destrucción deben ser aborrecidos, Si tu amor por el Señor es verdadero, luego, ese afecto santo enmarcará para nosotros una perspectiva sobre la falta de justicia que nos permite verla por lo que es: la causa y efecto de separación de Dios. Porque el amor de Dios es tan bueno, que lo que aleja a cualquiera de la experiencia de Su amor debe ser odiado.

Restaura la justicia cívica y social

Hablando de ser odiados, sólo hemos soportado los tiempos de elección más divisivos en la memoria reciente. Mientras escribo este artículo, la elección presidencial aún está a un mes de distancia, y la contienda sube al nivel de una fiebre. Para el tiempo en que estés leyendo este artículo, los resultados serán conocidos – junto con un probable incremento de odio a través del espectro. Si “tu” candidato ganó, invariablemente habrá un continuo sentido de que esa persona y sus seguidores – incluyéndote a ti — son menospreciados. Si el candidato de “ellos” ganó, tú puedes ser el que luche por contener tu propia repulsión y aborrecimiento.

La vorágine de la negatividad y furia no ha sido limitada a la elección. Mientras continúe la pandemia del coronavirus, regularmente se organizan ataques sin control en contra de los que apoyan y participan en el uso de cubrebocas – y en contra de los que no lo hacen. Las personas siguen evitando desligarse totalmente, con fervor vitriólico en contra de aquellos que toman en serio la amenaza de COVID-19 – y hacia aquellos que no. Multitudes de estadounidenses son absolutamente desconectados de cualquier compasión o empatía en su respuesta hacia aquellos que quieren tomar una postura relativa a la tensión y la falta de igualdad racial – y hacia aquellos que no. Segmentos completos de la población están desatando fuerzas destructivas en contra de aquellos que apoyan a los oficiales que aplican la ley – y en contra de los que no. En pocas palabras, nos hemos convertido en una sociedad quebrantada y dividida por una pérdida casi total de justicia cívica y social básica.

No podemos permitirnos estar tan equivocados como para pensar que el interés de Dios por la justicia se limita a nuestra moralidad personal. Cuando el profeta Amós le dio voz al futuro que Dios visionaba para la humanidad, parecía algo demasiado lejano: “Pero que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24). Este era un clamor de que la justicia fluyera a la participación política, gobierno, participación cívica, liderazgo y el mismo tejido de la estructura social. Necesitamos ver que esta visión se realice ahora como nunca antes, pero se debe decidir.

Podremos tener que considerar las relaciones que hemos dañado o ignorado por la priorización de nuestras preferencias y opiniones. Si queremos que la justicia regrese a la esfera cívica y social, es posible que necesitemos ser los que la hagan regresar. Si hemos avanzado nuestras opiniones sobre los candidatos, cubrebocas, y respuestas a la pandemia a expensas de las relaciones y la amabilidad, necesitamos hacer enmiendas. Si hemos optado durante los últimos meses por una expresión libre de condenación para las personas con puntos de vista que difieren de los nuestros en lugar de tratar de entender de donde vienen otros, necesitamos rectificar eso.

Necesitamos restaurar la justicia hacia el contexto cívico y social de nuestro día. Necesitamos hacerlo escuchando activamente a las personas, optando por la empatía, y absteniéndonos de unificar a los que llegan a conclusiones diferentes. Lo hacemos al sostener nuestras propias convicciones con una resolución envuelta, tensada con amor. Sí, debemos ser libres de expresar nuestras convicciones propias y profundas.

Posiblemente “esos demócratas” tienen algunas perspectivas válidas, y mencionarlo podría ser una forma de justicia. Posiblemente “esos republicanos” tienen algunas propuestas significativas, y podría ser muy piadoso expresar eso. Posiblemente “esos BLM-ers” tienen un clamor del corazón garantizado, y pudiera ser una evidencia de santidad que debiera ser escuchada. Podría ser posible que esos “tipos vestidos de azul” – que honran y apoyan a los oficiales de policía – tengan buenas razones para hacerlo, y pudiera ser una virtud darle voz a eso. Sabemos que nuestra gran esperanza está en la “nueva tierra, donde habita la justicia (2 Pedro 3:13). Pero eso no nos absuelve del llamado de Dios para que todos nosotros hagamos todo lo posible para tratar de establecer esa justicia aquí y ahora al grado que sea posible.

Participa en la búsqueda correcta.

En 1 Timoteo tenemos una advertencia con relación a la impiedad y el mal, y también un requerimiento para Timoteo – y para cualquier mujer u hombre de Dios – de huir de la impiedad: “Mas tú, como persona dedicada a Dios, mantente alejado de todo eso. Más bien sigue la justicia, bondad, fidelidad, amor, resistencia, y amabilidad” (6:11, traducción libre) Existe una bondad y belleza a las que debemos seguir. La ausencia de este seguimiento crea toda clase de problemas y hace toda clase de daño a nosotros mismos y a otros.
Hay categorías de justicia – física, relacional, mental, verbal, espiritual, financiera y social. De hecho, todas las facetas de la vida ofrecen una oportunidad para la justicia. Pero no hay “piloto automático espiritual” que nos lleve hacia allá. Debemos reconocerlo: “Aún no estamos allá, ¡pero seguimos avanzando en esa dirección!”

Tenemos que decidir todos y cada uno de los días ejercitar este glorioso libre albedrío para seguir la justicia. En cada faceta de la vida, podemos perseguir fines egoístas o amorosos. Podemos perseguir placer físico a expensas de la bondad. Podemos perseguir la mentira y el chisme a expensas de la santidad. Podemos perseguir propósitos materialistas a expensas de la justicia. O podemos determinar vivir con la guía del Espíritu guiándonos y decidiendo seguir la justicia a expensas de la falta de amor y la vergüenza. Oh Dios, ayúdanos a involucrarnos en el propósito correcto.

Jesús dijo: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados” (Mateo 5:6. Normalmente no pensamos en hambre y sed como una bendición. Las consideramos como condiciones que van a ser inmediatamente aliviadas. En un sentido, posiblemente eso es exactamente lo que Jesús tiene en mente. Después de todo, el propósito del hambre y la sed es el de provocar o motivar lo que satisfaga nuestra necesidad. De hecho, Jesús está visionando la bendición que ha de venir a las vidas de cualquiera de nosotros que tome la acción de perseguir un estilo de vida de la justicia o la bondad prácticas. A ese fin, podemos despertar a la gloria y la bondad que Jesús ha visionado para nosotros – ¡y resueltamente determinar que seguimos avanzando en esa dirección!”

John Hansen es el pastor principal de la Iglesia Centerpoint, en Murrieta, California. Anteriormente sirvió como misionero en Asia por algunos años.

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