Anunciando el Reino Puesto al Revés

El llamado al ministerio llegó tan pronto cumplí los 19 – Inequívoco y a la vez abrumador. Yo había sido un cristiano por siete años, me gustaba estudiar la Biblia y leer libros que nutrieran mi fe. A esa edad yo ya predicaba sermones en iglesias y asumía roles de liderazgo.        Sin embargo, mi amor por Dios parecía palidecer en comparación con mi pasión por la biología y el campo de la medicina. “Estoy haciendo lo mejor para ser un buen cristiano, así que seguramente Dios lo va a notar y bendecirá los planes de mi vida”, me atrevía a pensar.

Quizá sin percatarme de mis motivaciones, asumí de manera muy vaga, que la devoción a Dios lleva a una vida de éxito, desde que estaba en el cuarto grado yo quería llegar a ser un doctor en medicina—un deseo que sólo se fue fortaleciendo con los años—así que, para mí, el llamado al ministerio llegó como un golpe aplastante a la esperanza, hizo trizas mis sueños. ¿Cómo podía hacerme esto a mí el Dios a quien yo amaba y servía?

Yo resistí a mi llamado por cuatro años antes de eventualmente rendirme al plan de Dios. Al principio mi lucha vino al darme cuenta de que seguir a Jesús podía costar más de lo que yo estaba dispuesto a ofrecer. Obedecer a Dios significaba hacer a un lado mi sueño de llegar a ser un médico. Pero una vez que abracé mi llamado, Dios me dio una pasión más grande que mi amor por la medicina: estudiar de todo corazón, de modo que, en lugar de tratar de acomodar el plan de Dios a mis sueños, tuve que aprender a dejar que Dios conformara mi vida para acomodar Su visión.

Igual que yo, cuántas personas en la Biblia se sintieron descorazonados al no llegar las expectativas en algún momento de su peregrinar con Dios. Abraham tenía temor de que Dios no cumpliera Su promesa., así que, con la ayuda de su esposa tomó las cosas en sus manos (Génesis 16, compárese 17:17-22). Moisés confrontó al Faraón en obediencia a Dios, sin embargo, se sintió abandonado (Éxodo 5:15-23). Elías defendió a Dios en un alarde de poder, solo para sentirse engañado por Dios cuando corría por su vida (1 Reyes 19:1-5. 9-10, 14), Jeremías se deprimió y maldijo el día de su nacimiento cuando no podía sentir a Dios cerca (Jeremías 20:7. 14-18). Juan El Bautista que Jesús no podría vivir conforme a sus expectativas de la esperanza mesiánica (Mateo 11:1-6). Pedro objetó la idea de que el Mesías debía sufrir, basado en una falsa expectativa (Mateo 16:13-23). Así como estos creyentes sentían que Dios les había fallado, también los cristianos de hoy pueden sentirse desilusionados con Jesús cuando albergan falsas expectativas sobre Su reino.

El evangelio de Lucas captura este desencanto con el Mesías en una historia que presenta a Jesús y dos discípulos en el camino a Emaús.  Cuando Jesús les preguntó acerca de lo que discutían los viajeros tan intensamente: “Ellos se quedaron allí, con sus caras tristes, como si hubieran perdido a su mejor amigo” Lucas 24:17, traducción libre). Al igual que muchos, esperaban las poderosas palabras de los también poderosos actos de Jesús que resultarían en la liberación de Israel. “Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte, y lo crucificaron (a Jesús)”, lamentaron: “Pero nosotros abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel” (Lucas 24:20-21).

Ellos querían un Mesías militarizado que diera fin al dominio romano. Pero en lugar de eso, Jesús confrontó a Satanás (Mateo 4:1-11), sanó a los enfermos (Mateo 4:23-25) y echó fuera demonios (Mateo 8:16, 28-34). Ellos esperaban venganza contra sus enemigos, pero Jesús les dijo que amaran a sus enemigos (Mateo 5:43-48). En lugar de cumplir el sueño de ellos de un nuevo reino davídico, Jesús explicó a los discípulos que era necesario que Él sufriera, muriera y resucitara para la salvación del mundo. Este mensaje de un reino vuelto al revés no concordaba con las esperanzas de Sus seguidores de aquella época, y tenemos que preguntarnos si nuestra expectativa de hoy se alinea con la visión de sanidad de Dios para aquellos que sufren, y amor por nuestro prójimo.

Menos esperada era la proclamación de Jesús, de un reino en el que no habría personas con privilegios. Hombres o mujeres, ricos o pobre, esclavos o libres, educados o analfabetas, devotos o no religiosos, personas de noble estirpe o marginadas socialmente, ancianos o jóvenes, capaces o discapacitados, etc. Jesús llamó a todas las personas a ser hermanos y hermanas en la nueva familia de Dios. A los enfermos y los inmundos ceremonialmente, Jesús les extendió su mano cariñosa (Mateo 8:1-4, Marcos 5:25-33). La prostituta y la adúltera se encaminaron a Su santidad compasiva (Lucas 7:26-50, Juan 4:1-26). Incluso los “publicanos y pecadores) encontraban en Él a un amigo (Mateo 9:9-13).

Jesús trastornó las normas judías e invirtió la escala social cuando anunció el único requisito para la membresía en Su reino: “Pues mi hermano, mi hermana y mi madre son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 12:50). Él nos invita a evaluar nuestra percepción y tratamiento de otros, y hacer Su reino parte de nuestra cultura.

Es posible que las ramificaciones sociales de las enseñanzas de Jesús representen el aspecto más sorprendente de Su inversión de las dinámicas del poder. En una sociedad dominada por los varones que confinó a las mujeres a la esfera de la familia, Jesús incluyó a las mujeres en Su ministerio público (Lucas 2:36-38, 7:37-38, 8:1-3), Enseñó que Dios creó iguales a hombres y a mujeres (Mateo 19:4), y ordenó que los maridos vivieran el matrimonio tal como Dios lo diseñó (Mateo 19:5-6). Más tarde, los apóstoles repitieron el mismo mensaje en un uso subversivo del modelo de la familia grecorromana. Los maridos debían amar a sus mujeres; los amos debían tratar a los esclavos como a hermanos; y los líderes deben poseer el corazón de un siervo (Efesios 5:25-6:9; 1 Pedro 3:7, 5:1-4).

Para los discípulos que discutían sobre la posición de influencia, Jesús les hizo una severa advertencia: “Pero para ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos” (Marcos 10:43-44).

Casi al final de Su ministerio, Jesús vivió para sus seguidores el reino que Él proclamaba. Así, tomando el papel de un esclavo, lavó y limpió los pies de los discípulos y les exigió tratarse unos a otros de la misma manera. Como rey del reino puesto al revés, Jesús les dio la última parte de Su mensaje cuando murió en la cruz, porque Él vino no para ser servido sino para servir y dar Su vida por otros (Marcos 10:45). Él venció la muerte y abrió una nueva era del reino de Dios, marcado por corazones transformados y vidas llenas del Espíritu. Jesús nos llama a tomar el evangelio de libertad transformador de vidas, de perdón, de amor, justicia y servicio a todos los pueblos. ¿Estamos preparados para nuestras expectativas de ser puestos al revés? ¿Estamos listos para proclamar el reino puesto al revés?

Elisée Ouoba, Ph.D., es un profesor asociado de estudios bíblicos en la Universidad de Spring Arbor, y miembro de la Comisión de Estudio en Doctrina de la Iglesia Metodista Libre USA. Anteriormente sirvió como misionero en Bangui, la ciudad capital de la República de África Central, y como profesor y pastor en su país natal, Burkina Faso. Él y su familia son miembros activos de la Iglesia Metodista Libre de Spring Arbor.

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