Amor que no te Dejará

En una película de 1975, Monty Python preparó una absurda búsqueda por algo que había cautivado la imaginación de los cristianos occidentales desde el Siglo 12, el Santo Grial. La historia de esta preciada y muy publicada reliquia en la historia de la cristiandad se originó en el año de 717, cuando un monje hermitaño afirmó que había tenido una visión sobre la copa que Jesús había usado en la Última Cena. Durante el período medieval, se expandió la mitología en torno al Santo Grial y llegó a ser reconocido como un objeto que podía traer sanidad, y aún la vida eterna. Según se dice, no solo fue la copa que Jesús usó en la Última Cena. Llegó a ser descrita más como un cáliz, y según se afirmaba, era el mismo cáliz en el que José de Arimatea (el hombre que sepultó a Jesús) había captado la sangre de Cristo al pie de la cruz.

Poco después de la muerte y resurrección de Jesús, se decía que José viajó a lo que hoy es la Gran Bretaña llevándose con él el cáliz. Pero resulta que el cáliz se perdió. Este fue un giro muy conveniente en los eventos para el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, porque su búsqueda del Santo Grial los mantuvo ocupados por un tiempo muy prolongado. De la misma manera, los verdaderos Cruzados que querían desterrar a los musulmanes de la Tierra Santa también iban en busca del Santo Grial en sus viajes, que irónicamente mezclaron la violencia con la fe. Junto con Monty Python en los tiempos modernos, los íconos culturales: Indiana Jones y su padre, el Dr. Henry Jones Sr., también obsesionados con la búsqueda del Santo Grial en la película de 1989: “Indiana Jones y la Última Cruzada”.

El Historiados Richard Barber, quien ha escrito un libro sobre el tema del Santo Grial,  dijo al National Geographic: “Hay tantas personas por ahí en la búsqueda del objeto. De hecho, es más emocionante que alguien pueda imaginar algo en el Siglo 12. . . .   y que 800 años más tarde siga siendo un tema interesante” (fmchr.ch/nggrail).

Mientras que en nuestros días casi todo mundo reconoce que el Santo Grial solo es un objeto mítico, aún nos sentimos cautivados con la idea del mismo—la idea de que pueda existir un objeto físico que fue utilizado en el sitio más sagrado de nuestra fe, en la cruz de Jesús nuestro Salvador,  quien murió para que nosotros pudiéramos vivir, y luego resucitó, mostrando así el poder último de Dios sobre la muerte. La búsqueda del Santo Grial simboliza nuestro esfuerzo en el tiempo y el espacio, de asirnos de algo, cualquier cosa que nos pueda relacionar con la muerte y resurrección de Jesús. Una reliquia física, un objeto, nos ayudaría a creer. Pero obviamente, en un mundo físico que se degrada y se desintegra, las probabilidades de que un objeto físico sobreviva a la muerte y resurrección de Jesús son  poco menos que imposibles.

Entonces ¿Qué nos queda? ¿Cuál es el elemento intangible que atraviesa los siglos y la geografía, que literalmente trasciende el tiempo  y el espacio desde hace unos 2,000 años, que atrapa nuestro ser y nos lleva a poseer la fe que gran parte del mundo posmoderno rechaza? El elemento tangible más importante que tiende un puente a través de la barrera de 2,000 años se describe en el Salmo 118:1-2, y es el amor—el amor de Dios. Este pasaje nos dice que “Su amor inquebrantable permanece para siempre” (Nueva Versión Standard Revisada).

El amor inquebrantable de Dios que se extiende a través de las generaciones y de la geografía es difícil de describir, ya que no existe ninguna palabra castellana que sea adecuada para traducir el término hebreo que se utiliza en el Salmo 118. Los traductores bíblicos han tenido grandes dificultades tratando de decidir cómo traducir la palabra hebrea que se traduce como “amor inquebrantable” en esa versión. La palabra aparece en algunas otras traducciones, como la inglesa New American Standard Bible en la que se traduce como “amar con ternura”. La “New Living Translation” utiliza la frase “amor fiel”. Los hebreos entendían que el amor de Dios era algo único, tan único que necesitamos una  explicación más prolongada para entenderlo que solo la palabra “amor”. La palabra hebrea que significa “amor” va acompañada con lealtad, persistencia, permanencia y confiabilidad. Aun así, todas estas palabras no son suficientes para describir por completo el amor de Dios.

De acuerdo con el erudito hebreo Norman Snaith, ir más allá de la lealtad y la persistencia, el término que nosotros traducimos como amor inquebrantable también significa que “Dios no te dejará”. Snaith dice: “a la vez que Dios requiere rectitud, debido a Su amor por nosotros, la misericordia de Dios tiene aún más fuerza que la demanda de que seamos justos. Dice Snaith: La demanda de rectitud [de parte de Dios] es insistente, y siempre es de la más alta intensidad. El tierno amor [o amor inquebrantable] de Dios significa que Su misericordia es aún más grande que eso (fmchr.ch/brchesed). Aunque el sentido de culpa nos puede atormentar por lo que haya sido nuestro pasado, el amor de Dios nunca nos abandona, así, Dios siempre tendrá misericordia de nosotros cuando nosotros le pidamos.

Es importante entender intelectualmente estas características del amor de Dios, porque cuando entendemos este amor de una manera personal, comenzamos a ser transformados. Pero el amor de Dios no solo se queda en nuestro cerebro o en nuestro ser. El poder de este amor es evidente por la manera en que el mundo ha cambiado por causa del mismo.

En mi clase de “Historia de la Civilización Occidental” en el Colegio Greenville, utilizo un libro de texto que enfoca la vida y ministerio de Jesús solamente desde un punto de vista secular, No presenta a Jesús como Hijo de Dios, ni reconoce los milagros que Él hace. Lo presenta como una amenaza política que socava los cimientos del gobierno de Galilea, y presenta la resurrección como una aserción de parte de Sus seguidores, más que un evento actual. Sin embargo, este libro no puede negar que el mundo entero cambió después de Jesús. La presencia de los cristianos en el Imperio Romano trastornó la cultura. Así como era de pequeño el grupo en un principio, resistió las normas culturales de una manera desconcertante. El poder del amor de Dios comenzó a permear la cultura romana de maneras atractivas y liberadoras.

El sociólogo Rodney Stark describe al Imperio Romano en el que nació el cristianismo como un “caos cultural producido por la cobija de la diversidad étnica de los odios incendiarios involucrados en el mismo”, dice: “gente de muchas culturas [que hablaba muchos idiomas] y [adoraba] a toda clase de dioses había sido lanzada en desorden” (fmchr.ch/starkth).

Amor Imparcial

El bálsamo sanador que los cristianos derramaron en este ambiente era el mensaje que Pablo  predicó a la familia del centurión Gentil Cornelio en Hechos 10. Antes de su encuentro con Cornelio, los discípulos y otros cristianos creían que Jesús, a quien ellos conocían como el Mesías, había venido para dar vida y salvación al pueblo judío—a los israelitas, pero Cornelio, que no era judío sino un centurión romano, buscaba más que lo que los dioses paganos le podían ofrecer; él deseaba una vida espiritual que fuera relevante en este mundo. Cuando Dios le dio a Pedro una vívida visión en la que le reveló que el cristianismo no era una fe limitada sólo al pueblo judío. Pedro fue compelido a hablarle a la familia de Cornelio en los siguientes términos (vv. 34-43):

“Ahora comprendo que en realidad para Dios no hay favoritismos, sino que en toda nación él ve con agrado a los que le temen y actúan con justicia. Dios envió su mensaje al pueblo de Israel, anunciando las buenas nuevas de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos. Ustedes conocen este mensaje que se difundió por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret: cómo lo ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder, y cómo anduvo haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

“Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. Lo mataron, colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y dispuso que se apareciera, no a todo el pueblo sino a nosotros, testigos previamente escogidos por Dios, que comimos y bebimos con él después de su resurrección. Él nos mandó a predicar al pueblo y a dar solemne testimonio de que ha sido nombrado por Dios como juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas, que todo el que cree en él recibe, por medio de su nombre, el perdón de los pecados”.

Pedro dijo que en Dios no hay parcialidad—no hay preferencias ni prejuicios. Pedro quería decir que Dios no tiene ningún prejuicio en contra de ninguna cultura o etnicidad.  No importa el idioma que hablamos o la herencia que traemos. El inquebrantable amor de Dios que no nos dejará está disponible para todos por medio de la muerte de Jesús en la cruz.

Otra postura radical que los primeros cristianos adoptaron es que les dieron un status igual en la iglesia a mujeres y esclavos. Este fue un desarrollo importante que puso a la cultura romana de cabeza. El sociólogo Stark añade: “El cristianismo provocó la liberación de las relaciones sociales entre uno y otro sexo, y dentro de las familias…. También le dio un lugar a la diferencia de clases—se involucró a algo más que retórica cuando esclavos y nobles compartían saludos como hermanos en Cristo”.

Este status igualitario hizo eco en la selección de Jesús de una mujer para un rol con la etiqueta de “la primera evangelista” por parte de un buen número de escritores. Después de Su resurrección, Jesús le apareció a María Magdalena en Juan 20, y le dijo: “Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis hermanos y diles: ´Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes´” (v. 17). Ella luego fue con los discípulos a darles la noticia: “He visto al Señor”, y les dijo que él le había dicho estas cosas” (v. 18).

Amor Transformador

Existe evidencia abrumadora del hecho de que el amor de Dios a través de Jesús fue poderoso y transformador en la iglesia primitiva y a través de la historia. El amor de Dios cambia las cosas, nos cambia a nosotros, y cambia al mundo. A falta de un objeto físico, como el Santo Grial. El amor de Dios ha trascendido la separación de 2,000 años entre la muerte y la resurrección de Jesús hasta el día de hoy. En todo ese tiempo, el amor de Dios ha sido inquebrantable, leal y persistente. Nunca nos ha dejado.

Mi oración es que cada iglesia continúe exhibiendo el amor de Dios, radicalmente liberador, en nuestra comunidad y nuestro mundo. En muchas maneras nuestro mundo es similar al mundo en el que la iglesia nació. El odio y la violencia étnicos y religiosos parecen haberse desatado por todo el mundo, aún aquí, en la más libre de todas las naciones que el mundo haya conocido. Justo como en la iglesia primitiva, nuestras acciones deben revelar los aspectos atractivos y radicalmente liberadores del amor de Cristo.

Después del ataque terrorista del 13 de noviembre de 2015 en París, el reportero del New York Times, Coscarelli, entrevistó a Bono, de U2. Grupo musical que se encontraba en París en el momento del ataque, preparándose para un concierto que fue pospuesto para diciembre del mismo año acerca de lo prudente que sería celebrar un concierto que atraería a tantas personas al mismo  sitio tan pronto después de que otro lugar de conciertos había sido bombardeado. La respuesta de Bono me hizo pensar en lo que los cristianos representan en un mundo de violencia. Dijo: “ISIS y toda esa clase de extremistas son un culto muerto. Nosotros somos un culto vivo. Somos un culto de vida” (fmchr.ch/bonoisis).

El amor de Dios que llevó a Jesús a la cruz y lo devolvió a la vida trae vida en lugar de muerte y destrucción al mundo en que vivimos.

¡Celebremos el amor de Dios! Sigamos adelante cada día, seamos como Pedro, sigamos la guía de Dios y activemos el amor de Dios en el mundo.

“Demos gracias al Señor, porque Él es bueno, porque su amor inquebrantable permanece para siempre” (Salmo 118:29, Nueva Versión Standard Revisada, traducción libre).

Teresa Holden, Doctorado en Filosofía, decano en la Escuela de Artes y Ciencias y profesora asistente de Historia/Ciencias Políticas y Educación en el Colegio Greenville. Este artículo es una adaptación de un sermón predicado por Holden en la Iglesia Metodista Libre St. Paul, en Greenville, Illinois.

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