Amados y Sanos

Dios nos hizo cuerpo, mente, espíritu y alma. Dios quiere que seamos

saludables y plenos. Por supuesto, no somos ni lo uno ni lo otro de manera natural. En muchas formas, experimentamos la fragilidad, el desorden y la desintegración que se encuentra en toda la creación. Pablo dice que la creación misma y el pueblo de Dios, que forma parte de la creación, gime en anticipación de la plena liberación y renovación (Romanos 8:21–23).

Mientras tanto, la sanidad y salvación de Jesús pueden traernos la sanidad interior que ordena apropiadamente nuestra mente y emociones. La forma precisa en la que Jesús pone orden puede variar de persona a persona. Aún así, todo lo que hace (y cómo lo hace) fluye del amor de Dios. Aquí tenemos algunos fundamentos para la sanidad y el bienestar emocional.

Dios nos ama sin importar nada, tal como somos. Jesús demuestra el amor de Dios entregando Su vida por nosotros y tomándola de nuevo al resucitar de los muertos. La vida que Dios ofrece es la vida del amor de Jesús que vive en nosotros. La invitación de Jesús a seguirlo, a caminar con Él, está reflejado en el amor de Jesús.

El Espíritu de Jesús y nuestro Padre Dios derrama en, — o inunda — nuestros corazones con el amor de Jesús. En ese amor, descansamos en el cuidado de Dios. Sabemos que no hemos hecho nada para merecer su amoroso cuidado, pero lo recibimos con gusto. Entendemos que somos amados, incluso antes de que pudiéramos saberlo, y ahora en la compañía de Jesús, ese mismo amor nos va a apoyar, cuidar y llevarnos hasta el final. Seguros en el amor de Dios, no tenemos ninguna necesidad de preocuparnos ni de tener temor.

Podemos ser lo que Dios quiere que seamos. Podemos experimentar la plenitud de la alegría, profundidades del contentamiento, y triunfos de amor en nuestras vidas cotidianas. Podemos conocer la paz que Jesús da. Dios nos ama muy profundamente. Su amor da, sustenta y llena esta vida de amor.

Jesús es el camino y nos muestra el camino. Nosotros confiamos y le seguimos. Nosotros descansamos en Él y recibimos su ayuda. Nosotros caminamos con Él en su amor, alegría y paz, incluso en tiempos de problemas, el estrés y el dolor. Jesús es nuestro aplomo y confianza. Jesús provee lo que necesitamos. Jesús puede hacerlo y lo hace. En Jesús, somos amados y bien.

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